PRESENTACIÓN


Ya han ocurrido ocho números de Maguaré desde que empezamos a aprender a hacerla. En el transcurso, hemos postergado algunas expectativas; y otras, que se realizaron pronto, lucen a tramos descoloridas y a tramos brillantes. No podemos, todavía, mirarnos con distancia. Los principios, en cambio, guían nuestro quehacer; son una promesa que nos debemos y esperamos cumplir más pronto que tarde. Esa promesa tiene que ver con el lugar del trabajo de campo en el conocimiento antropológico. Tiene que ver con la relación entre la teoría social y los conocimientos locales. Tiene que ver con la búsqueda de las palabras precisas para decir los mundos que nos permiten y nos permitimos conocer. Y tiene que ver con la acción concreta y efectiva para evitar la desaparición de esos mundos, y para conseguir que sean respetados o lograr su transformación.

El camino es largo, y eso ya lo sabíamos. La reciente tradición de la novedad ha venido castrando ideas propias y poniendo en ese lugar pensamientos recién manufacturados para el consumo en masa de las elites intelectuales, aparentemente descolonizadas, o para el consumo de quienes creen que el conocimiento de lo social tiene su único depósito en las miríadas de publicaciones de última hora. El panorama puede ser un poco más desolador porque en el mercado de las publicaciones hay quienes, como buenos modernos, se encuentran en la difícil carrera del brillo intelectual. Eso hace que haya autores de primera, de segunda y de tercera. La explosión de maestrías y doctorados en Latinoamérica, es nuestra opinión, no ha mejorado el asunto. Recibimos textos que quieren justificarse por la recurrencia de las citas de moda y textos que no hacen más que referir trabajos previos del autor o autora, reciclando párrafos y párrafos con mínimas variaciones en la redacción. Sabemos que las prácticas preescolares de cortar y pegar no son ajenas al mundo universitario. Así que resulta difícil estar en el límite superior del conocimiento, aunque lo intentamos. El límite del conocimiento, por otra parte, es siempre cuestión de perspectiva.

Una de nuestras aspiraciones, que nada tiene de innovador, es la de poner el conocimiento patas arriba. Nos gustan los escritos que se encuentran con los problemas desde lo más concreto. No esperamos autores que agoten todo lo escrito, pero sí que intenten recorrer las paradojas que plantean lo que hace y dice la gente. Para esto muchos encuentran héroes del pensamiento y desde allí ven el mundo. Ese es el camino académico más corriente; hay quienes lo aprendieron en casa. Nosotros privilegiamos el campo, en donde todas las metodologías resbalan. Estamos convencidos de que en el mundo ocurre el conocimiento. No escribimos sin campo; no estudiamos sin campo; no pensamos sin campo. Y creemos que no todo está escrito. En Maguaré esperamos, por lo menos, hablar al respecto.

Eso de ver el mundo es parte del problema de la antropología. Antropología en imágenes es un espacio para cuestionarlo. Creemos que es posible hacerlo, aunque no sabemos cómo. Esperamos que, con las recientes tecnologías de la imagen, las personas que hacen antropología intenten algo más que el registro y la ilustración. Este espacio continúa aguardando imágenes en disputa.

Este número incluye en la sección En el campus un conjunto de textos presentados con ocasión del homenaje que le hiciera la Universidad Nacional de Colombia a la antropóloga Alicia Dussán. El texto del profesor Roberto Pineda, que abre la sección de artículos, es uno de ellos, pero lo presentamos aparte por ser fruto de una prolongada investigación sobre la historia de antropología colombiana.

Trabajamos en otros números y esperamos los frutos de la investigación en Colombia y América Latina. Seguimos desde esta orilla, por momentos estrechada por el agua y la manigua, oteando el horizonte, buscando señas en el color de las aguas.


LUIS ALBERTO SUÁREZ GUAVA
Editor