EL INTERÉS DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA EN EL PODERÍO MARÍTIMO: PRESENTE Y FUTURO

Capitán
Alfred T. Mahan
Marina de Estados Unidos de América

ISBN: 958-701-008-6

Nota de la Edición: Tomado de la Edición de la Universidad Nacional de Colombia, UNIBIBLOS. Bogotá, 2000. Traducido al español por Amparo Amézquita a partir de la séptima edición hecha por Sampson Low, Marston & Company (Londres, 1898) a la edición original de Houghton, Mifflin & Company, 1890.

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Presentación
Prólogo
Notas del editor (págs. 46, 52, 61, 66, 89)
Mapa (Ubicación de la isla de Hawai - págs. 45-46)
Mapa "EL GOLFO DE MÉXICO Y EL MAR CARIBE" (págs. 180-181)

Advertencia: El siguiente documento respeta la ortografía y tipografía original del texto.


TABLA DE CONTENIDO

PREFACIO
CAPÍTULO I
Visión de los Estados Unidos hacia el exterior

CAPÍTULO II
Hawai y nuestro poderío marítimo en el futuro

CAPÍTULO III
El istmo y el poder marítimo

CAPÍTULO IV
Posibilidades de una nueva unión anglo-americana

CAPÍTULO V
El futuro en relación con el poderío naval estadounidense

CAPÍTULO VI
Estado de preparación para la guerra naval

CAPÍTULO VII
Perspectiva del siglo XX

CAPÍTULO VIII
Características estratégicas del Golfo de México y del Mar Caribe



PREFACIO

   Cualquier interés que pueda tener una colección de escritos independientes, publicados a intervalos considerables en un período de varios años, y escritos sin especial referencia entre uno y otro, o al menos con alguna intención de publicarlos pronto, depende tanto de la fecha en que fueron compuestos, y de las condiciones de ese momento, como de la unidad esencial de tratamiento. Si por casualidad se encontrase en ellos tal unidad, no será porque haya existido un propósito preconcebido, sino por el hecho de que ellos comprenden el pensamiento de un individuo, consecuente en la línea de sus principales conceptos, pero continuamente ajustado el mismo a las condiciones cambiantes que ocasiona el progreso de los acontecimientos.

   El autor, por tanto, no ha aspirado a que estos escritos perduraran hasta el presente; a reconciliar contradicciones aparentes, si es que las hay; a suprimir repeticiones, o a integrar en un todo consistente las diferentes partes que fueron independientes en su origen. Los cambios que se han realizado, involucran sólo la fraseología, con modificaciones ocasionales de alguna expresión que parecía errada por defecto o por exceso. Las fechas que acompañan el encabezamiento de cada artículo indican cuando fueron escritos, no cuándo fueron publicados.

   El autor expresa sus agradecimientos a los propietarios de Atlantic Monthly, Forum, North American Review y Harper's New Monthly Magazine, quienes amablemente han permitido la nueva publicación de los artículos que originalmente contribuyeron a sus páginas.

Noviembre de 1897
CAPITÁN A. T. MAHAN

CAPÍTULO I
Visión de Estados Unidos hacia el exterior
AGOSTO, 1890

   Todo parece indicar que próximamente habrá un cambio en la filosofía y política de los estadounidenses en lo concerniente a sus relaciones con el mundo más allá de sus fronteras. Durante los últimos veinticinco años, la idea predominante, que se ha impuesto con éxito en los escrutinios y que ha determinado el curso del gobierno, ha sido la de preservar el mercado interno para la industria nacional. Tanto al empleador como al trabajador se les ha enseñado a mirar desde este punto de vista las medidas económicas que se proponen, a considerar con hostilidad cualquier medida que favorezca la intromisión de productores extranjeros en sus propios dominios, y preferiblemente a exigir medidas de exclusión cada vez más rigurosas antes de ceder en cualquier punto de la cadena que los une con el consumidor. Como en todos los casos en que la mente o la vista apuntan exclusivamente en una dirección, ha sobrevenido la consecuencia inevitable de que se pase por alto el peligro de pérdida o la perspectiva de estar en ventaja; y aunque los abundantes recursos del país han mantenido altas las cifras de exportación, este halagador resultado se ha debido más a la bondad de la naturaleza que a la demanda que otras naciones hacen de los productos favorecidos por nuestro régimen aduanero.

   Durante casi toda una generación, se ha protegido de esta manera a las industrias estadounidenses, hasta el punto de que la práctica ha adquirido la fuerza de una costumbre bajo la égida del conservatismo. En sus relaciones mutuas, estas industrias semejan las actividades de un acorazado moderno, con armadura pesada pero con motores y artillería de calidad inferior: fuertes para la defensa pero débiles en el ataque. En el interior, el mercado nacional está asegurado, pero en el exterior, allende los mares, están los mercados del mundo que sólo pueden ser penetrados y controlados por una competencia vigorosa, a la cual no se llega mediante la práctica de confiar en la protección que brindan los estatutos.

   En el fondo, sin embargo, el carácter del pueblo estadounidense es, en esencia ajeno a una actitud tan indolente. Independientemente de todos los prejuicios a favor o en contra de la protección, se puede predecir sin temor a equivocarse que cuando se comprendan las oportunidades de obtener ganancias en el exterior, las empresas estadounidenses forjarán un camino adecuado para aprovecharlas. Desde una perspectiva global, es muy grato y además significativo que un defensor prominente e influyente de la protección, un líder del grupo dedicado a apoyarla, un entusiasta intérprete de los signos de los tiempos y de los vaivenes de la opinión, se haya identificado con una línea política que se ocupa nada menos que de las modificaciones del arancel que puedan expandir el comercio de Estados Unidos a todos los lugares del globo. Hombres de todas las facciones pueden unirse orientados por las palabras del señor Blaine, citadas en un discurso reciente: "No es un destino ambicioso para un país tan grande como el nuestro fabricar sólo lo que podemos consumir o producir sólo lo que podemos comer". A la luz de este pronunciamiento de un hombre público tan perspicaz y competente, aun el carácter extremo del arancel reciente parece sólo un signo del cambio venidero, y trae a la mente aquel famoso Sistema Continental, del cual es análogo el nuestro, al que Napoleón adicionó legión por legión y empresa por empresa hasta que la estructura del imperio cedió bajo su peso.

   La característica interesante y significativa de esta actitud cambiante es el volver la mirada hacia el exterior y no sólo hacia el interior, en busca del bienestar del país. Reafirmar la importancia de mercados distantes y su relación con nuestra inmensa capacidad de producción, implica lógicamente el reconocimiento del enlace que une los productos y los mercados, esto es, el transporte comercial. Los tres puntos constituyen la cadena de poderío marítimo al que Gran Bretaña debe su riqueza y su grandeza. Más aún, ¿sería demasiado decir que ya que dos de tales eslabones, el embarque y el mercado, están fuera de nuestras fronteras, su reconocimiento conlleva una perspectiva de las relaciones de Estados Unidos con el mundo radicalmente distinta de la simple idea de autosuficiencia? No llegaremos muy lejos en esta línea de pensamiento antes de que descubramos la posición única de Norteamérica frente a los viejos mundos de Oriente y Occidente, consistente en el hecho e que las costas de este continente están bañadas por los océanos que tocan al uno y al otro, pero que le son comunes sólo a ella.

   Coincidente con estos síntomas de cambio en nuestra propia política, existe una inquietud en el mundo entero que resulta significativa si no ominosa. No es de nuestro interés extendernos sobre la situación interna de Europa, donde si surgen alteraciones sólo nos afectarán parcial e indirectamente. Pero allí las grandes potencias marítimas no sólo se mantienen en guardia contra sus rivales continentales; también acarician aspiraciones por la extensión comercial, por las colonias, y por la influencia en regiones distantes. Lo anterior les puede causar, y ya les ha causado —incluso bajo la política que han acordado con nosotros en el presente— pugnas con nuestro país. El incidente de las islas Samoa, aparentemente trivial, fue no obstante muy indicativo de las ambiciones europeas. Fue entonces cuando Estados Unidos despertó de su letargo en lo concerniente a intereses estrechamente relacionados con su futuro. En el momento hay problemas internos inminentes en las Islas Sandwich, en las que debería ser nuestra firme intención no permitir ninguna influencia extranjera que iguale a la nuestra. En el mundo entero el empuje comercial y colonial de los alemanes está creando choques con otras naciones: de ello dan testimonio el episodio con España en las Islas Carolinas; la ruptura de Nueva Guinea con Inglaterra; la aún más reciente negociación entre estas dos potencias, relacionada con su participación en África, y que Francia ve con profunda desconfianza y resentimiento; el episodio de Samoa; el conflicto entre el control alemán y los intereses estadounidenses en las islas del Pacífico occidental; y el supuesto avance de la influencia alemana en Centro y Suramérica. Cabe anotar que mientras estas variadas contiendas se apoyan en el espíritu militar agresivo característico del imperio alemán, es de creer que surgen más del carácter nacional que de la política deliberada del gobierno, que en esta materia no guía sino que sigue el sentimiento de su gente, lo que resulta mucho más impresionante.

   No existe fundamento sólido para creer que el mundo ha entrado en un período de paz verdadera al exterior de Europa. Cuando condiciones políticas alteradas tales como las existentes en Haití, América Central y muchas de las islas del Pacífico, especialmente el grupo hawaiano, se aúnan a una gran preponderancia militar o comercial, como es el caso en la mayoría de estos lugares, involucran, ahora como siempre, brotes peligrosos de pendencia, en contra de los cuales es prudente estar al menos preparados. En general, es indudable que la actitud de las naciones es más contraria a la guerra de lo que solía ser. Aunque seamos menos egoístas y acaparadores que nuestros predecesores, nosotros sentimos más aversión por las incomodidades y sufrimientos que se presentan cuando se quebranta la paz; pero el retener tan apreciado reposo y el disfrute incólume de los rendimientos del comercio hacen necesaria una discusión con el adversario, realizada en términos de un cierto grado de igualdad de fortaleza. Es la preparación del enemigo y no la conformidad con el estado de cosas existente lo que ahora detiene a los ejércitos de Europa.

   Por otra parte, no se puede depender de las sanciones del derecho internacional ni de la justicia de una causa para lograr una justa conciliación de diferencias, cuando éstas entran en conflicto con una fuerte necesidad política de una de las partes y una comparativa debilidad de la otra. En nuestra disputa aún pendiente sobre la caza de focas en el Mar de Bering —piénsese lo que se piense de la solidez de nuestras razones, y a la luz de los principios generalmente aceptados por el derecho internacional— no cabe duda de que nuestro punto de vista es razonable, justo y de interés para todo el mundo. Pero en nuestro intento por hacerlo valer hemos chocado no sólo con susceptibilidades nacionales en lo que respecta a hacer honores a la bandera, sentimiento que compartimos profundamente, sino también con un Estado gobernado por una gran necesidad, y extremadamente fuerte en puntos en los que nosotros estamos particularmente débiles y expuestos. No se trata sólo de que Gran Bretaña tenga una armada poderosa y nosotros un litoral largo e indefenso, sino que es una gran ventaja comercial y política para ella el que sus colonias, sobre todo Canadá, sientan que el vigor de la madre patria es algo que ellas necesitan y con lo que pueden contar. La disputa es entre Estados Unidos y Canadá, no entre Estados Unidos y Gran Bretaña, pero ha sido hábilmente usada por ésta para promover solidaridad con su colonia. Con la madre patria sola se podría lograr fácilmente un arreglo equitativo, conducente a intereses mutuos bien comprendidos; pero los deseos peculiarmente egoístas y puramente locales de los pescadores canadienses definen la política de Gran Bretaña, por ser Canadá su más importante lazo de unión con sus colonias e intereses marítimos en el Pacífico. En caso de una guerra europea, es posible que la armada británica no sea capaz de mantener abierta la ruta que atraviesa el Mediterráneo hacia el Oriente; pero por el hecho de tener una fuerte base naval en Halifax, y otra en Esquimalt, en el Pacífico, conectadas las dos por el Ferrocarril Pacífico Canadiense, Inglaterra posee una línea alterna de comunicación mucho menos expuesta a la agresión marítima que la ya mencionada, o que la tercera ruta por el Cabo de la Buena Esperanza, así como dos bases esenciales para el servicio de su comercio u otras operaciones navales en el Atlántico Norte y en el Pacífico. Independientemente de cualquier arreglo que se logre sobre esta cuestión, la actitud de Lord Salisbury no puede dejar de fortalecer los sentimientos de adhesión y confianza hacia la madre patria, no sólo en Canadá, sino en las demás colonias grandes. Estos sentimientos de adhesión y dependencia mutua nutren el espíritu viviente, sin el cual los esquemas nacientes a favor de la federación imperial son sólo artificios mecánicos muertos. Tampoco dejan de ejercer influencia sobre consideraciones tan poco sentimentales como lo son el vender y comprar y el curso del comercio.

   Esta disputa, en apariencia mezquina pero en realidad seria, precipitada en su aspecto y cuyo resultado depende de consideraciones diferentes de sus propios méritos, puede servir para convencernos de muchos peligros latentes y aún imprevistos, que amenazan la paz del hemisferio occidental y que son concomitantes con la apertura de un canal que atraviese el istmo centroamericano. En forma general, es muy evidente que este canal, al modificar la dirección de las rutas comerciales, ocasionará una gran actividad comercial y una gran corriente de comercio en todo el Mar Caribe. También es evidente que este rincón del océano, ahora comparativamente desierto, se convertirá, como el Mar Rojo, en una gran vía para la navegación, y atraerá, como nunca hasta ahora, el interés y la ambición de las naciones marítimas. Cada posición en ese mar poseerá un valor comercial y militar destacados y el canal mismo llegará a ser un centro estratégico de la más vital importancia. Al igual que el Ferrocarril Pacífico Canadiense, será un lazo de unión entre los dos océanos; pero a diferencia de éste, su uso, a menos que se lo proteja en forma cuidadosa por medio de tratados, pertenecerá por completo al beligerante que controle el mar con su poderío naval. En caso de guerra, Estados Unidos sin duda controlará el ferrocarril canadiense, pese a la fuerza disuasiva de las operaciones de la armada hostil sobre nuestro litoral; pero igualmente incuestionable será su impotencia para controlar el canal centroamericano frente a las potencias marítimas. Militarmente hablando, y con referencia sólo a las complicaciones europeas, el abrirse paso a través del istmo no es otra cosa que un desastre para Estados Unidos en su presente estado de preparación naval y militar. Lo anterior es especialmente peligroso para la costa Pacífica, pero la creciente vulnerabilidad de una parte de nuestro litoral causa una reacción desfavorable hacia nuestra situación militar en general.

   A pesar de cierta gran superioridad original conferida por nuestra proximidad geográfica y nuestros inmensos recursos —debidos en otras palabras a nuestras ventajas naturales y no a inteligentes preparativos— Estados Unidos está deplorablemente desprevenido, no sólo de hecho sino en su propósito, para hacer valer en el Caribe y Centroamérica el peso de una influencia proporcionada al alcance de sus intereses. No tenemos una armada que pese seriamente en cualquier disputa con aquellas naciones cuyos intereses puedan crear conflicto con los nuestros, y lo que es peor, no estamos deseosos de tenerla. No tenemos y no estamos ansiosos por crearla, una defensa del litoral que deje a la armada en libertad para su acción en el mar. Carecemos de posiciones en el interior y en los límites del Caribe, pero otras naciones no sólo disfrutan de grandes ventajas naturales para el control de ese mar, sino que han recibido y están recibiendo el poder artificial de fortificación y armamento que los harán prácticamente inexpugnables. Por otra parte, no tenemos en el Golfo de México ni siquiera el inicio de un arsenal naval que pueda servir como base para nuestras operaciones. Que no se me malinterprete. No lamento que no tengamos los medios para enfrentarnos en condiciones de igualdad a las grandes armadas del Viejo Mundo. Reconozco algo que dicen muy pocos, que a pesar de su gran excedente de ingresos, este país es pobre en proporción a la longitud de su litoral y a sus puntos vulnerables. Lo que deploro, y que causa preocupación grave, justa y razonable a nivel nacional, es que el país ni tiene ni está interesado en tener su frontera marítima protegida; tampoco está interesado en una armada fuerte que, habida cuenta de las ventajas de nuestra posición, cuente con el suficiente peso cuando surjan discusiones inevitables, tales como las que hemos tenido recientemente sobre Samoa y el Mar de Bering, y las que pueden surgir en cualquier momento sobre el Mar Caribe o sobre el canal. ¿Está Estados Unidos, por ejemplo, dispuesto a permitir que Alemania adquiera la fortaleza holandesa de Curazao, frente a la desembocadura en el Atlántico de los dos canales propuestos en Panamá y Nicaragua? ¿Está dispuesto a aceptar que cualquier potencia extranjera le compre a Haití una base naval en el Paso del Viento, a través del cual pasan nuestras rutas de vapores hacia el istmo? ¿Aceptaría un protectorado extranjero en las Islas Sandwich, esa gran base central del Pacífico, equidistante de San Francisco, Samoa y las Marquesas, e importante punto en nuestras líneas de comunicación tanto con Australia como con China? ¿O sostendrá que cualquiera de estos problemas, suponiendo que surgiera, es tan unilateral, con argumentos de política y derecho tan exclusivamente de nuestro lado, que la contraparte declinará rápidamente sus pretensiones y se retirará con elegancia? ¿Fue esto lo que ocurrió en Samoa? ¿Ocurre así en el Mar de Bering? El lema visto con tanta frecuencia en los cañones antiguos Ultima ratio regum, (argumento final de los reyes), no deja de ser una lección para las repúblicas.

   Al sopesar nuestras necesidades de preparación militar resulta perfectamente razonable y legítimo tener en cuenta la distancia de nuestras costas de las principales potencias navales y militares, y la consiguiente dificultad para mantener operaciones a tales distancias. Al formular nuestra política, es igualmente apropiado considerar los celos de la familia de estados europeos y su consiguiente indisposición a incurrir en enemistad con un pueblo tan fuerte como el nuestro; su temor por nuestra venganza en el futuro, y su incapacidad para destacar algo más que una parte de sus fuerzas en nuestras costas, sin perder mucho de su peso en las asambleas europeas. En realidad, un cuidadoso cálculo de la fuerza que Gran Bretaña o Francia puedan destacar para operaciones en nuestras costas, si éstas estuvieran adecuadamente protegidas, sin debilitar su posición europea o sin exponer excesivamente sus colonias y comercio, sería el punto de partida que permitiría calcular la fortaleza de nuestra propia armada. Si ésta es superior a la que puede ser enviada contra ella, y si la costa está defendida de manera que la armada quede libre para atacar donde lo desee, podremos mantener nuestros derechos; no sólo los que concede el derecho internacional, que en el presente se apoyan en el sentido moral de las naciones, sino también aquellos derechos igualmente reales, que, aunque no conferidos por la ley, dependen de una clara preponderancia de interés, y se refieren a políticas obviamente necesarias sobre la autopreservación, ya sea total o parcial. Si tal fuera nuestra presente posición en cuanto a poderío militar, podríamos asegurar nuestra justa exigencia al derecho a la caza de focas, no capturando barcos extranjeros en mar abierto, sino por el hecho evidente de tener nuestras ciudades protegidas de los ataques marítimos y por nuestra ubicación y superior número de población sobre el Pacífico canadiense, así como por la frontera del Dominion (Dominio de la Comunidad Británica de Naciones). Podríamos hacer lo que deseáramos. Los diplomáticos no esgrimen verdades tan desagradables uno frente a otro; su tarea consiste en lograr acuerdos.

   Por tanto, si bien es cierto que las ventajas de nuestra propia posición en el hemisferio occidental y las desventajas bajo las cuales actuaría un Estado europeo son elementos innegables y justos en los cálculos de un estadista, es insensato considerarlas suficientes para nuestra seguridad. Se requiere sopesar mucho más para que la balanza pueda inclinarse a favor de nuestro poderío. Nuestras ventajas y las desventajas europeas apenas son factores defensivos; es más, son parciales. Aunque distantes, nuestras costas pueden ser alcanzadas, y por estar indefensas pueden detener sólo por corto tiempo una fuerza bélica enviada contra ellas. Dada una probabilidad de tres meses de paz en Europa, ninguna potencia marítima tendría temor de apoyar sus requerimientos con un número de barcos que de hecho se sentiría renuente a tener alejados durante un año.

   Aun así, si nuestras fronteras marítimas fueran tan fuertes como débiles son ahora, la defensiva pasiva ya fuera en el comercio o en la guerra sería sólo un plan pobre mientras este mundo continuara siendo un mundo de lucha y vicisitudes. En el presente todo a nuestro alrededor es una contienda; "la lucha por la vida", "la competencia por la vida" son frases tan familiares que no sentimos su significado hasta que nos detenemos a pensar en ellas. En todas partes las naciones se organizan contra otras naciones, y la nuestra no lo hace menos que las demás. ¿Qué es nuestro sistema de protección si no una operación militar organizada? Es cierto que para llevarla a efecto sólo hemos de poner en práctica algunos procedimientos que en el momento son concebidos por todos los estados como ejercicios legales de poderío nacional, así resulten perjudiciales para ellos mismos. Es legal, dicen ellos, hacer lo que nos place con los nuestros. Sin embargo, ¿es nuestro pueblo tan poco enérgico como para no desear las cosas a su manera, en asuntos en los que sus intereses giran sobre puntos cuyo derecho está en disputa, o tan poco sensible como para someterse calladamente a que otros usurpen sus derechos en terrenos en los que por largo tiempo han considerado que su propia influencia debería prevalecer?

   El aislamiento autoimpuesto en materia de mercados y el deterioro de nuestros intereses de embarque en los últimos treinta años han coincidido, de manera singular, con un distanciamiento real de este continente de la vida del resto del mundo. Este escritor tiene ante sí un mapa de los océanos Atlántico norte y sur, que muestra la dirección de las principales rutas de comercio y la proporción de tonelaje que pasa por cada una de ellas. Resulta curioso anotar qué tan desiertas son, comparativamente, las regiones del Golfo de México, el Mar Caribe y los países e islas colindantes. Una amplia franja se extiende desde nuestras costas del Atlántico Norte hasta el Canal Inglés; otra tiene una extensión que va desde las Islas Británicas hasta el oriente a través del Mediterráneo y el Mar Rojo, rebasando los límites de este último y manifestando así el volumen de su comercio. Alrededor de ambos cabos, el de la Buena Esperanza y el de Hornos, pasan franjas de aproximadamente un cuarto de esta amplitud, que se unen cerca del ecuador, a mitad de camino entre África y Suramérica. De las Antillas sale una conexión que indica el comercio presente de Gran Bretaña con una región que, alguna vez, durante las guerras napoleónicas, abarcó un cuarto del comercio total del imperio. La significación es inequívoca: Europa tiene ahora poco interés mercantil en el Mar Caribe.

   Cuando se atraviese el istmo desaparecerá este aislamiento y con él la indiferencia de las naciones extranjeras. Independientemente de su procedencia y su destino, todos los barcos que usen el canal pasarán a través del Caribe. Cualquiera que sea el efecto producido por las miles de necesidades causadas por la actividad marítima a la prosperidad del continente y las islas adyacentes, alrededor de un foco tal de comercio se centrarán grandes intereses comerciales y políticos. Para proteger y desarrollar los suyos, cada nación buscará puntos de apoyo y maneras de ejercer influencia en un campo en el que Estados Unidos siempre ha sido celosamente sensible en lo que concierne a la intromisión de las potencias europeas. La mayoría de los estadounidenses entiende muy vagamente el valor de la Doctrina Monroe, pero el efecto de la misma se ha visto en el desarrollo de una sensibilidad nacional, causa más frecuente de guerras que los intereses materiales. Sobre las disputas causadas por tales sentimientos no prevalecerá en absoluto la influencia que emana de la autoridad moral del derecho internacional con sus reconocidos principios, ya que los puntos de disputa serán de sistema, de interés, y no de derecho concedido. Ya Francia e Inglaterra están dando a los puertos que controlan un grado de fortaleza artificial, innecesario si se considera su importancia presente. Ellos tienen visión del futuro inmediato. Entre las islas y el territorio continental existen muchas posiciones de gran importancia controladas en el momento por estados débiles e inestables. ¿Está Estados Unidos deseoso de verlas vendidas a una potencia rival? ¿Pero qué derecho invocará el país contra tal transferencia? Sólo puede alegar uno, el de una política razonable respaldada por su poderío.

   Quiéranlo o no, los estadounidenses deben mirar ahora hacia el exterior; la creciente producción del país así lo requiere, y un volumen en aumento del sentir del pueblo así lo reclama. La ubicación de Estados Unidos entre dos viejos mundos y dos grandes océanos hace la misma exigencia, exigencia que se fortalecerá pronto con la creación de la nueva conexión entre el Atlántico y el Pacífico. La tendencia se mantendrá y aumentará con el crecimiento de las colonias europeas en el Pacífico, con la progresista civilización de Japón, y por el hecho de que nuestros estados del Pacífico se están poblando rápidamente con hombres que poseen el espíritu emprendedor de la línea de avanzada del progreso nacional. En ningún lugar encuentra una política vigorosa hacia el extranjero mayor favor que entre los pobladores al oeste de las Montañas Rocosas.

   Se ha dicho que en nuestro presente estado de descuido un canal a través del Istmo sería un desastre militar para Estados Unidos y especialmente para la costa Pacífica. Cuando el canal esté terminado, el litoral Atlántico no estará ni más ni menos expuesto de lo que está ahora; sólo compartirá con el resto del país medios insuficientes para enfrentar el creciente peligro de complicaciones extranjeras. En la costa Pacífica éste será mayor en la medida en que la ruta entre ella y Europa se acorte a través de un pasaje que la potencia marítima más fuerte pueda controlar. Tal peligro radicará no sólo en la mayor facilidad de Europa para despachar escuadrones hostiles, sino también en el hecho de que una potencia europea pueda mantener en esa costa una flota más fuerte que las que hasta ahora haya mantenido, ya que, de ser necesario, estará en capacidad de llamar sus barcos a casa con mucha más presteza. Sin embargo, si nuestro gobierno maneja las cosas con sabiduría, las debilidades más grandes de nuestros puertos del Pacífico redundarán en beneficio de nuestra superioridad naval allí. Debido a su amplitud y gran profundidad de entrada, los dos centros principales, San Francisco y Puget Sound, no pueden ser efectivamente protegidos con torpedos, y en consecuencia, como las flotas están siempre en capacidad de pasar unidades de artillería a través de un canal sin obstáculos, no pueden lograr seguridad perfecta utilizando sólo fortificaciones. Éstas pueden resultarles muy valiosas, pero estos puertos deben además ser guarnecidos por barcos guardacostas cuya labor de repeler un enemigo será coordinada con la de la artillería. No se deberá permitir que el radio de acción de tales barcos vaya más allá de los puertos a los que sean asignados y de cuya defensa formen parte esencial; sin embargo, dentro de ese límite, ellos serán siempre un refuerzo poderoso para los barcos que navegan en alta mar, cuando las condiciones estratégicas de una guerra causen hostilidades centradas alrededor de su puerto. Sacrificando poder para viajar largas distancias, un barco guardacostas gana peso proporcionado por el blindaje y las piezas de artillería; en otras palabras, gana fuerza defensiva y ofensiva. Por tanto, agrega un elemento de valor único a la flota con la que actúa por un tiempo. Ningún Estado extranjero, excepto Gran Bretaña, tiene puertos tan cerca de nuestra costa Pacífica como para tenerla dentro del radio de acción de sus barcos guardacostas; y es muy dudoso que aun Gran Bretaña ponga tales barcos en la Isla de Vancouver, que perdería su principal valor si el Pacífico canadiense fuera puesto a prueba, acción que está permanentemente al alcance de nuestro país. Es a expensas de nuestro litoral atlántico, que la dueña y señora de Hálifax, Bermuda y Jamaica defenderá ahora a Vancouver en el Pacífico canadiense, y en el presente estado de defensa de nuestro litoral puede hacerlo sin restricciones. ¿Qué es todo el Canadá comparado con nuestras grandes ciudades desprotegidas? Podría hacerlo aun con la costa fortificada y si nuestra armada no fuera más fuerte de como se ha planeado hasta ahora. ¿Qué daño le haríamos a Canadá, comparado con los problemas que sufriríamos con la interrupción de nuestro comercio costero, y con el bloqueo de Boston, Nueva York, Delaware y Chesapeake? Gran Bretaña podría técnicamente hacer tal bloqueo en forma eficiente, amparada por las definiciones imprecisas del derecho internacional. Los neutrales lo aceptarían así.

   Las necesidades militares de los estados del Pacífico, así como su enorme importancia en el país, son aún un asunto del futuro, pero de un futuro tan cercano que el aprovisionamiento debería empezar de inmediato. El sopesar su importancia requiere considerar la influencia en el Pacífico que podría ser atribuida a una nación que comprendiera sólo los estados de Washington, Oregón y California poblados con hombres como los que ahora los habitan y continúan llegando en abundancia; una nación que controlara centros marítimos tales como San Francisco, Puget Sound y el río Columbia. ¿Puede esto resultarnos menos valioso por estar estos estados unidos por los lazos de la sangre y por la estrecha unión política con las grandes comunidades del Este? Pero para que tal influencia se haga efectiva, sin desavenencias ni fricciones, se requiere una presteza militar subyacente similar a la proverbial mano de hierro bajo el guante de terciopelo.

CAPÍTULO II
Hawai y nuestro poderío marítimo en el futuro

   El origen del presente artículo fue el siguiente: En tiempos de la revolución en Hawai, a comienzos de 1893, el autor dirigió a New York Times una carta que apareció en el periódico del 31 de enero. Su lectura sugirió al editor de Forum solicitarme un artículo sobre el valor militar —o naval— del archipiélago hawaiano. La carta a la que me refiero decía:

       Al editor de New York Times:

       Existe un aspecto de la reciente revolución en Hawai que parece no haberse tenido en cuenta; se trata de la relación de las islas, no sólo con nosotros y con los países europeos, sino con China. La importancia tan vital que puede tener esto en el futuro resulta obvia por el gran número de ciudadanos chinos establecido ahora en las islas, que resulta relativamente grande comparado con la población total.

       Para todo el mundo civilizado, y no sólo para Estados Unidos, se plantea el interrogante sobre si las Islas Sandwich con su importancia geográfica y militar, sin rival en ninguna otra posición del Pacífico Norte, serán en el futuro un fortín de la civilización europea o de la relativa barbarie china. Es ampliamente sabido, aunque tal vez no generalmente advertido en nuestro país, que muchos de los militares en el extranjero familiarizados con la condición y carácter orientales, ven con preocupación el día en que la vasta masa de China, ahora inerte, pueda ceder a alguno de aquellos impulsos que en épocas pasadas sepultaron a la civilización bajo una ola de invasión bárbara. Los grandes ejércitos de Europa, cuya existencia se deplora con tanta frecuencia, quizá estén destinados por la Providencia a impedir ese gran desplazamiento, si es que se da. Ciertamente, mientras China permanezca como está, no se puede imaginar nada más desastroso para el futuro del mundo que el desarme general de Europa, sueño utópico de algunos filántropos.

       Sin embargo, China puede destruir sus barreras tanto hacia el Oriente como hacia el Occidente, hacia el Pacífico como hacia el continente europeo. De ocurrir algo semejante, sería imposible exagerar los problemas trascendentales condicionados por un firme control de las Islas Sandwich por parte de una gran potencia marítima civilizada. Por su cercanía al lugar y por su decidida animosidad hacia el movimiento chino, nuestro estrecho contacto con su costa pacífica parece sugerir que nuestro propio país es el guardián apropiado para esta importantísima posición. Sin embargo, sostenerlo ya sea en el caso supuesto o en caso de guerra con un estado europeo, implica una gran expansión de nuestro poderío naval.

       ¿Estamos listos para enfrentar este compromiso?

A. T. MAHAN,
Capitán, Marina de Estados Unidos
Nueva York, enero 30 de 1893.

   La forma repentina, al menos en lo que concierne al público en general, en que los prolongados problemas en Hawai han llegado a extremos tan críticos, y el carácter de los avances que se reportan como dirigidos a Estados Unidos por el gobierno revolucionario (Sigue Nota del Editor), reconocido formalmente como de facto por nuestro representante en el lugar, agregan otra a las muchas instancias significativas suministradas por la historia, de que así como los hombres en la plenitud de la vida están en peligro de morir, las naciones que disfrutan de paz se ven enfrentadas a causas inesperadas de discordia, a conflictos de intereses cuyos resultados pueden ser por una parte la guerra o por otra el ceder ventajas nacionales claras e imperativas, con el fin de evitar conflictos para los cuales no están preparadas. Debido a un plan no premeditado de nuestra parte, y dada la concurrencia de una serie de eventos que aunque dependientes en parte de la actividad humana no estaban destinados a prepararnos para enfrentar la presente crisis, Estados Unidos se encuentra forzado a responder una pregunta —a tomar una decisión— no diferente y no menos trascendental que la requerida del senado romano cuando la guarnición mamertina lo invitó a ocupar Messina, y por tanto a abandonar la hasta entonces política tradicional que había confinado la expansión de Roma a la península italiana. No debemos permitir que se pase por alto que, querámoslo o no, debemos responder al reto, debemos tomar la decisión. El problema no se puede evadir. La falta total de acción en un caso así es una decisión tan real como la más vehemente de las acciones. Ahora podemos avanzar, pero siendo las condiciones del mundo como son, si no avanzamos retrocederemos, ya que lo que está en juego no es tanto una acción particular sino una cuestión de principios, cargada de grandes consecuencias en un sentido o en otro.

   No debería surgir aquí la posibilidad de dificultades serias. A diferencia del caso histórico que se acaba de citar, las dos naciones cuyos intereses se han puesto ahora en contacto —Gran Bretaña y Estados Unidos— son tan similares en sus tradiciones heredadas, formas de pensar y conceptos morales, que un agravio que se le cause a la una no tiene que considerarse como resultado de la dominación de la otra, en terrenos en que sus intereses también predominan. A pesar del carácter heterogéneo de la inmigración que los últimos pocos años han estado vertiendo en nuestro país, nuestras tradiciones políticas y nuestras características raciales aún continúan inglesas —el señor Douglas Campbell diría que holandesas, pero incluso así la estirpe es la misma. Aunque de este modo, en cierta forma harta de un alimento que no es del todo de su gusto, nuestra digestión política se las ha ingeniado hasta el momento para manejar la incongruente masa de ingredientes que no ha podido rechazar; y si la asimilación ha sido en ocasiones imperfecta, nuestra Constitución y espíritu políticos permanecen ingleses en sus características esenciales. Saturados de ideales similares de libertad, de ley y de derecho, ciertamente no menos progresistas que nuestros parientes allende el mar, somos, en lo que concierne a las garantías que sustentan nuestra ley, más conservadores aun que los ingleses. Hemos conservado lo que recibimos del verdadero espíritu de libertad —libertad y ley— no el uno o la otra, sino ambos. En ese espíritu hemos invertido no solo nuestra herencia original, sino también, paso a paso —así como Roma incorporó las otras naciones de la península— hemos aumentado, extendido y perpetuado en todas partes los mismos principios fundamentales de libertad y buen gobierno que, en su honor sea dicho, Gran Bretaña ha mantenido también a través de su trayectoria. Y ahora, detenidos en el sur por los derechos de una raza totalmente extranjera para nosotros, y en el norte por un grupo de estados de tradiciones similares a las nuestras, cuya libertad de escoger sus propias conexiones respetamos, hemos llegado al mar. En nuestra infancia sólo tuvimos linderos con el Atlántico; nuestra juventud llevó nuestros límites hasta el Golfo de México, hoy la madurez nos ve sobre el Pacífico. ¿No tenemos el derecho o el deseo de llegar más lejos en alguna dirección? ¿No existe para nosotros más allá del horizonte alguno de esos intereses esenciales, de esos peligros evidentes que imponen una política y confieren derechos?

   Esta es la cuestión que por largo tiempo se ha estado vislumbrando sobre un futuro que rápidamente se está convirtiendo en presente. El incidente hawaiano es parte de ella —intrínsecamente tal vez sólo en mínima parte—, pero en su relación con el todo tan vital que, como se ha dicho antes, una decisión errada no se sostiene por sí sola, sino que involucra la total retirada, no sólo en principio sino de hecho. En nuestra expansión natural, necesaria, incontenible, hemos entrado aquí en contacto con el progreso de otro gran pueblo cuyo precepto de vida le ha impreso un principio de crecimiento que ha trabajado extremadamente en el pasado, y es visible en el presente por manifestaciones recurrentes. De esta labor, Gibraltar, Malta, Chipre, Egipto, Adén e India en orden geográfico, que no en estricto orden cronológico, revelan una cadena completa, forjada eslabón por eslabón, abiertamente a la fuerza o por medio de negociaciones políticas, pero siempre resultante de la permanente presión de un instinto nacional, tan poderoso y tan preciso que los estadistas de todas las corrientes, voluntaria o involuntariamente, se han visto a sí mismos movidos por una tendencia que ninguna individualidad puede resistir o modificar en mayor grado. Tanto rumores sin fundamento como pronunciamientos personales imprudentes han indicado el deseo impaciente del señor Gladstone de liberarse de la ocupación de Egipto; pero escasamente ha terminado su prolongado retiro del servicio público cuando la ironía de los hechos indica su retorno ocasionado por un aumento en la fuerza de ocupación. Más aún, se puede notar como algo positivo de la cadena mencionada, que primero se tomó posesión de los dos puntos extremos —empezando por India, luego Gibraltar, más tarde Malta, Aden, Chipre y Egipto— y que con muy pocas excepciones, cada paso ha sido tomado a pesar del celoso disgusto de un rival. España nunca ha dejado de lamentarse furiosamente por Gibraltar. "Hubiera preferido ver a los ingleses en las alturas de Montmartre que en Malta", dijo el primer Napoleón. Los sentimientos de Francia hacia Egipto son tema comúnmente conocido, ni siquiera disimulado; y agréguese para advertencia nuestra, que su disgusto aumenta con el amargo sentimiento de la oportunidad desperdiciada.

   Es innecesario en este punto hacer algo diferente a referirnos a otra cadena de posesiones marítimas —Halifax, Bermuda, Santa Lucía, Jamaica— que fortalecen el dominio británico sobre el Atlántico, el Caribe y el Istmo de Panamá. Su posición en el Pacífico es mucho menos satisfactoria; tal vez en ningún lugar lo es menos, y por causas naturales obvias. El desarrollo comercial del Pacífico oriental ha sido mucho más tardío, y es aún mucho menos completo que el de sus orillas occidentales. Cuando estas últimas fueron abiertas a la aventura europea, eran ya asiento de economías antiguas en China y Japón, suministrando abundancia de productos curiosos y lujosos que tentaban a los comerciantes con grandes esperanzas de obtener utilidades. La costa occidental de América, habitada en su mayor parte por salvajes, ofrecía poco aparte del oro y la plata de México y Perú, y éstos fueron monopolizados celosamente por los españoles —que no eran una nación comerciante— durante su prolongada dominación. Estando tan lejos de Inglaterra y proporcionando tan poco material comerciable, la América Pacífica no despertó la iniciativa de un país cuyos marinos tenían como incentivo principal y claro la esperanza de utilidades. Para lograrlas colonizaron y anexaron punto tras punto las regiones que ellos penetraron, y las rutas que allí llegaban. Las costas occidentales de Norteamérica, por ser alcanzables sólo tras prolongado y peligroso viaje alrededor del Cabo de Hornos, o por un paso más fatigoso y peligroso a través del continente, estuvieron entre los últimos de los litorales productivos de clima templado de la tierra en ser poseídas por hombres blancos. Estados Unidos era ya una nación, tanto de hecho como en su forma, cuando Vancouver estuvo explorando Puget Sound y pasó por primera vez a través del canal que separa el territorio continental de la América Británica de la isla que lleva ahora su nombre. Por tanto, ha ocurrido que a causa del tardío progreso de Columbia británica en el Pacífico nororiental, y de Australia y Nueva Zelandia en el suroccidente, Gran Bretaña se encuentra de nuevo en dominio de los dos extremos de una línea, e inevitablemente debe desear los eslabones intermedios. No existe razón de peso para que no tenga estos deseos, salvo las necesidades más importantes, más urgentes, más vitales de otro pueblo, el nuestro. De entre estos eslabones, el grupo hawaiano tiene una importancia única, no por su valor comercial intrínseco, sino gracias a su favorable posición para ejercer control marítimo y militar.

   El valor militar o estratégico de una posición naval depende de su ubicación, de su fortaleza y de sus recursos. De estas tres condiciones, la primera tiene mayores consecuencias porque resulta de la naturaleza de las cosas; mientras que las dos últimas, cuando son deficientes, pueden ser total o parcialmente suplidas de manera artificial. Las fortificaciones remedian las debilidades de una posición, la perspicacia acumula de antemano los recursos que la naturaleza no ofrece en el lugar; pero no está al alcance del hombre cambiar la situación geográfica de un punto ubicado fuera del alcance del efecto estratégico. Es ilustrativo y hasta aparente en la lectura más superficial, notar cómo el primer Napoleón, al hacer comentarios sobre una región con probabilidades de convertirse en escenario de guerra, empieza considerando las características naturales más conspicuas, y luego enumera las posiciones de mando, las distancias entre una y otra, las direcciones relativas, o como dice el dicho de mar, sus "orientaciones", y los medios particulares que cada una ofrecía para realizar operaciones de guerra. Hacerlo suministra los planos del terreno; el esquema, desligado de consideraciones secundarias confusas, en el cual se puede uno basar para hacer un estimativo claro de los puntos decisivos. El número de tales puntos varía grandemente dependiendo del tipo de región. En un país montañoso y quebrado pueden existir muchos, mientras que en uno plano y desprovisto de obstáculos naturales pueden existir pocos o ninguno, a excepción de aquellos creados por el hombre. Cuando son pocos, cada uno vale mucho más que cuando son numerosos; y cuando no existe sino uno, su importancia es no sólo única sino extremada; ésta se calcula sólo por el tamaño del terreno sobre el cual se extienda su influencia no compartida.

   El mar, hasta el punto en que se acerca a la tierra, hace real el ideal de una vasta llanura ininterrumpida por obstáculos. En el mar, dice un eminente táctico francés, no existe campo de batalla, queriendo decir que no se da ninguna de las condiciones naturales que determinan y que a menudo obstaculizan los movimientos de un general. Pero en una llanura, no importa cuán plana y monótona, causas posiblemente insignificantes determinan la concentración de habitantes en poblaciones y villas, y las comunicaciones necesarias entre los centros dan origen a las carreteras. En los puntos en los que estas últimas convergen o se cruzan, la tenencia confiere control, dependiendo su importancia del número de rutas que de tal manera se encuentren, y de su valor individual. Lo mismo ocurre en el mar. Mientras que en sí mismo el océano no opone obstáculo a un navío que tome cualquiera de las numerosas rutas que pueden ser trazadas entre dos puntos sobre la superficie del globo, las condiciones de distancia o conveniencia, de tráfico o de viento, de hecho prescriben ciertos cursos usuales. En un lugar en el que éstas pasen cerca de una posición en el océano, más aún donde ellas lo usen, tal posición ejerce influencia sobre ellas; y cuando varias rutas se cruzan en su cercanía, tal influencia llega a ser muy grande, dominante.

   Apliquemos ahora estas condiciones al grupo hawaiano. Para cualquiera que mire un mapa que muestre toda la extensión del Océano Pacífico con sus costas en cualquiera de sus lados, dos circunstancias sorprendentes serán inmediatamente aparentes. Con una ojeada verá que las Islas Sandwich están solas, en estado de relativo aislamiento en medio de una vasta extensión de mar; y además, que ellas forman el centro de un gran círculo cuyo radio es aproximadamente —y por un margen estrecho— la distancia entre Honolulú y San Francisco. Se verá que la circunferencia de este círculo, si uno se toma el trabajo de describirla con un compás sobre el mapa, pasa en el occidente y en el sur a través del margen externo del sistema de archipiélagos que desde Australia y Nueva Zelanda se extienden al nororiente, hacia el continente americano. Dentro del círculo, unas pocas isletas dispersas, desprovistas y sin importancia, parecen sólo enfatizar la deficiencia de la naturaleza, al no salvar el espacio que separa a Hawai de sus compañeras del Pacífico Sur. Sin embargo, es de anotar que algunas de ellas, como las Fanning y las de Navidad, han sido tomadas en el término de unos pocos años como posesión británica. La distancia desde San Francisco hasta Honolulú, dos mil cien millas —distancia fácilmente navegable— es en esencia la misma existente entre Honolulú y los grupos Gilbert, Marshall, Samoa, Sociedad y Marquesas, todas bajo control europeo, excepto Samoa, en la cual tenemos influencia en parte (Sigue Nota del Editor).

   El tener una posición central como ésta, y el hecho de estar solas, sin rival y sin admitir alternativa a lo largo de un trecho extenso, son condiciones que atraen de inmediato la atención del estratega —y se puede agregar que atraen de la misma manera a los magnates del comercio. Pero a esta notable combinación hay que agregar las extraordinarias relaciones que sostienen estas islas, singularmente ubicadas con las rutas comerciales mayores que atraviesan la vasta expansión que nosotros conocemos como el Pacífico. No sólo, sin embargo, con las que están realmente en uso, tan importantes como son, sino también con aquellas que están necesariamente llamadas a aparecer a causa del futuro hacia el cual el incidente hawaiano atrae nuestra involuntaria atención. Como ya se ha dicho, las circunstancias crean centros entre los cuales es necesaria la comunicación; y en vista del futuro, todos discernimos, así sea en forma incierta, un nuevo y gran centro debe modificar en gran parte las rutas marítimas existentes, y además originar la existencia de otras. Que el canal del istmo centroamericano quede finalmente en Panamá o en Nicaragua tiene poca importancia cuando se considera el tema presente, aunque comparto con la mayoría de los estadounidenses que han reflexionado sobre el asunto la creencia de que debería estar en Nicaragua. Donde quiera que se abra, la convergencia allí de tantos barcos provenientes del Atlántico y del Pacífico constituirá un centro comercial interoceánico importante como pocos, tal vez como ninguno, cuyas vías de acceso serán observadas celosamente, y cuyas relaciones con los demás centros del Pacífico, creadas por las líneas que con ellos lo unen, deberán ser cuidadosamente examinadas. Tal estudio de las rutas comerciales y de sus relaciones con las islas hawaianas, sopesado junto con las demás consideraciones estratégicas previamente expuestas, completa la sinopsis de hechos que determinan el valor del grupo para conferirle control comercial o naval.

   Remitiéndonos de nuevo al mapa, se verá que mientras las rutas más cortas desde el Istmo hasta Australia y Nueva Zelanda, así como las que van a Suramérica, lo hacen sin ninguna conexión o interferencia probable que provenga de Hawai, aquellas que se dirigen hacia China y Japón pasan por entre el grupo o muy cerca de él. Los navíos provenientes de América Central con destino a puertos de Norteamérica quedan, por supuesto, bajo la influencia de nuestro propio litoral. Estas circunstancias y la existente y reconocida distribución de poder político en el Pacífico apuntan naturalmente a un acuerdo internacional en ciertas esferas definidas de influencia para nuestro propio país y para otros, tal como los que ya se han logrado entre Gran Bretaña, Alemania y Holanda en el Pacífico suroccidental, para evitar allí conflictos originados por sus respectivos derechos. Aunque artificial en forma, un reconocimiento tal en el caso aquí sugerido dependería de condiciones perfectamente naturales e indisputables. Estados Unidos es con mucho la mayor, en cifras, intereses y poder, de las comunidades que tienen límites sobre las costas orientales del Pacífico Norte; y naturalmente las relaciones de las islas hawaianas con esta nación serían, y de hecho son, más numerosas y más importantes de lo que puedan con cualquier otro Estado. Esto es cierto, aunque, infortunadamente para los deseos igualmente naturales de Gran Bretaña y sus colonias, las rutas que van directamente de Columbia Británica a Australia oriental y a Nueva Zelanda, para cuya existencia es importante que no se construya el futuro canal, pasan muy cerca de islas como las ya mencionadas. Un hecho tan importante como que esta gran vía adicional pase por cerca del grupo aumenta y enfatiza su importancia estratégica, pero no afecta lo que se acaba de afirmar: que el interés de Estados Unidos en ellas sobrepasa al de Gran Bretaña y que depende de una causa natural, la proximidad, que se ha admitido siempre como fundamento razonable para la autoafirmación nacional. Es sin duda infortunado para las aspiraciones de Columbia Británica y para las comunicaciones comerciales y militares que dependen del Ferrocarril Pacífico-Canadiense que Estados Unidos esté ubicado entre ellas y el Pacífico Sur, y que sea la nación más cercana a Hawai; pero siendo las cosas así, se debe admitir que los intereses de nuestros sesenta y cinco millones de habitantes tienen más peso que los de seis millones de canadienses, cuando se trata de una posición tan vital para nosotros en el Pacífico.

   De las consideraciones anteriores se puede deducir la importancia de las islas hawaianas como posición que ejerce influencia poderosa en el control comercial y militar del Pacífico, y especialmente en el Pacífico Norte, en el que Estados Unidos tiene, geográficamente hablando, el mayor derecho a obrar con firmeza. Éstas son las principales ventajas que se pueden señalar como positivas, es decir, aquellas que promueven directamente la seguridad comercial y el control naval. Se hará sólo alusión a las ventajas negativas de posesión, eliminando las condiciones que, si las islas estuvieran en las manos de cualquier otra potencia, constituirían desventajas y amenazas para nosotros. La amenaza seria para nuestro litoral Pacífico y nuestro comercio en ese mar, que sobrevendría en caso de que una posición de tal importancia estuviera en manos de un posible enemigo, ha sido tema frecuentemente discutido por la prensa y suficientemente debatido en los documentos diplomáticos que de tiempo en tiempo se dan a conocer al público. Se puede asumir que es un tema de dominio público. Existe, sin embargo, un punto sobre el cual no existe grado de énfasis que sea exagerado, y hacia el cual los oficiales navales no pueden hacer otra cosa que tener una actitud más sensible que la del público en general. Se trata de la desventaja inmensa para nosotros de que cualquier enemigo marítimo posea una estación carbonífera a una distancia de dos mil quinientas millas, como la presente, de cualquier punto de nuestra línea costera desde Puget Sound hasta México. Si existieran muchas otras disponibles sería difícil para nosotros excluirla; sin embargo, sólo existe ésta. Con la puerta de entrada a la base carbonífera de las Islas Sándwich cerrada, un enemigo se ve forzado a regresar para buscar suministros de combustible a distancias de tres mil quinientas o cuatro mil millas —o entre siete y ocho mil millas si el trayecto es de ida y regreso. Lo anterior constituye un impedimento casi prohibitivo para realizar operaciones marítimas permanentemente. Las minas de carbón de Columbia Británica modifican esta situación hasta cierto punto, por supuesto, pero si surgiera la necesidad, podríamos al menos imponer algunos obstáculos en ellas actuando desde tierra firme. Es poco frecuente que un factor tan importante en el ataque o defensa de una línea costera —de una frontera marítima— esté concentrado en una posición única; y las circunstancias hacen doblemente imperativo para nosotros el asegurarla, si en justicia podemos hacerlo.

   También es de esperar que la oportunidad que así se nos presenta no sea analizada con mente estrecha, como si sólo concerniera a un sector de nuestro país, o a una parte de su comercio o influencia exterior. No se trata de un hecho particular, para el cual posiblemente no se ha dado todavía la ocasión; se trata más bien de un principio, una política de la cual son fruto muchos actos futuros, y ha llegado el momento de incorporarlos a la plenitud de nuestro progreso nacional. El aceptar que este principio está condicionado por un respeto justo y cándido de los derechos y susceptibilidades razonables de otras naciones —ninguno de los cuales discrepa con la medida que aquí se discute— incluso la anexión de Hawai, irracional por no estar justificada con motivos adecuados, no sería un mero esfuerzo aislado, sino un primer fruto y símbolo de que la nación, en su evolución, ha llegado a necesitar conducir su vida, que ha representado la felicidad de quienes en el momento viven bajo su influencia, sobrepasando los límites que hasta ahora han sido suficientes para sus actividades. Es de admitir que las ostentosas bendiciones de nuestra economía no se les pueden imponer a aquellos que no las desean, pero el admitirlo no niega el derecho ni la sabiduría de aquellos que desean estar cobijados por ellas. La religión comparativa enseña que los credos que rechazan las empresas misioneras están destinados a decaer. ¿No es posible que ocurra lo mismo con las naciones? Es cierto que la gloriosa historia de Inglaterra es especialmente consecuente con su espíritu, y que sus orígenes se remontan al momento en que esta nación se lanzó al océano, sin una política formulada, es verdad, o sin prever el futuro al que su estrella la guiaba, sino obedeciendo al instinto que en la infancia de las naciones se antepone a los impulsos más racionales de la experiencia. Aprendamos también nosotros de ésta. Inglaterra no se convirtió de un momento a otro en la potencia marítima que es, sino paso a paso; a medida que ha tenido la oportunidad, ha ido ganando la preeminencia mundial de que ahora disfrutan su lengua y las instituciones de origen inglés. El mundo sería mucho más pobre si los ingleses hubieran prestado atención a la indecisión cautelosa que ahora nos induce a rechazar cualquier movimiento que sobrepase nuestras líneas costeras. ¿Y puede alguien dudar que un acuerdo cordial, aunque no formulado entre los dos principales estados de tradición inglesa, que de extenderse mutuo, sin recelo y bajo la presencia del mutuo apoyo, aumentaría enormemente el grado de felicidad en el mundo?

   Pero si el argumento del bienestar del mundo tiene la apariencia de un sospechoso encubrimiento del interés nacional, permitamos que éste sea abiertamente aceptado como el motivo apropiado que realmente es. No dejemos de oponer un gran interés propio contra el estrecho interés mínimo al que algunos nos quieren restringir. Las necesidades de nuestros tres grandes litorales, el Atlántico, el Golfo y el Pacífico —las de cada uno por separado, y las de todos juntos por la fortaleza que surge al estrechar los vínculos entre ellos— exigen la extensión, a través del canal ístmico, del amplio mar comunal a lo largo del cual, y en el cual solamente, ha avanzado la prosperidad en todos los tiempos. El transporte terrestre, siempre restringido y por tanto siempre lento, hace esfuerzos envidiosos pero desesperanzados, tratando en vano de remplazar y suplantar el camino real creado por la naturaleza. Los intereses colectivos, vigorosos en cuanto al poder de la concentración que representa la fortaleza de los ejércitos y de las minorías, pueden aquí oponerse por un tiempo a los esfuerzos desorganizados de una multitud apenas consciente de sus propios deseos. Sin embargo, esta última, por combatida y confusa que por un tiempo haya estado, seguramente terminará por aplastar, como las fuerzas ciegas de la naturaleza, todo lo que obstaculice su camino hacia el progreso. Por tanto, el canal ístmico es parte del futuro de Estados Unidos, aunque no podamos separarlo de otros incidentes ineluctables de una política que depende de él, y cuyos detalles no pueden ser previstos con exactitud. Pero el hecho de que los pasos precisos que de ahora en adelante puedan ser oportunos o necesarios no puedan aún predecirse con certeza, no constituye una razón de menos sino una razón de más para establecer un principio de acción que pueda servir como guía cuando surjan oportunidades. Partamos de la verdad fundamental, justificada por la historia, de que el control de los mares, especialmente a lo largo de las grandes rutas definidas por interés nacional o por comercio nacional, constituye el más importante entre los elementos meramente materiales en el poderío y prosperidad de las naciones. Esto es así debido a que el mar es el gran medio mundial de circulación. De aquí necesariamente se desprende el principio de que, como subsidiario a tal control, es imperativo tomar posesión, cuando se pueda hacer honradamente, de posiciones marítimas que contribuyan a un dominio seguro. Si se adopta este principio, no habrá vacilación en cuanto a tomar posiciones, —y existen muchas— en las vías de acceso al Istmo, cuyos intereses las inclinen a buscarnos. Este principio también se aplica al presente caso en Hawai.

   Existe, sin embargo, una precaución importante de tomar desde el punto de vista militar, más allá de cuya necesidad el mundo no ha pasado aún. Las posiciones militares, los puestos fortificados, en la tierra o en el mar, sin importar qué tan fuertes o admirablemente situados estén, no confieren control por sí mismos. Con frecuencia la gente dice que una isla o puerto de tal naturaleza confiere el control de la porción de mar correspondiente. Esto constituye un error extremo, deplorable y desastroso. La frase puede en realidad ser usada por algunos solamente en forma vaga, y sin olvidar otras condiciones implícitas de protección adecuada y de armadas adecuadas; pero la confianza de nuestra propia nación en su fortaleza natural, y su indiferencia hacia la defensa de sus puertos y la suficiencia de su flota, son razón para temer que todas las consecuencias de un movimiento de avanzada puedan no ser sopesadas con serenidad. Napoleón, quien tenía por qué saber que la realidad era diferente, dijo una vez: "Las islas de San Pietro, Corfu y Malta nos convertirán en amos de todo el Mediterráneo". ¡Alarde vano! Corfu en el término de un año y Malta en dos, le fueron arrebatados al Estado que no pudo darles apoyo con sus barcos. Más aún, si Bonaparte no hubiera tomado la segunda de estas fortalezas de las manos de su degenerado pero inocuo gobierno, esta ciudadela del Mediterráneo, tal vez nunca hubiera pasado a las de su principal enemigo. Este caso también representa una lección para nosotros.

   De ninguna manera es lógico pasar de esta aceptación de la necesidad de una fuerza naval adecuada para asegurar posesiones distantes, a la conclusión de que Estados Unidos requeriría para tal propósito de una armada igual a la más grande que ahora exista. Una nación que está tan distante como la nuestra de las bases del poderío naval extranjero, puede en forma razonable considerar la calidad que la distancia imprime al ejercicio de poderío naval por parte de las potencias europeas, para no mencionar los complejos intereses europeos más cercanos. El error se da cuando la distancia a la que estamos sujetos, y que carece del apoyo de una fuerza cuidadosamente calculada, es considerada como una armadura blindada bajo la cual se puede consentir sin riesgo cualquier grado de jactancia. Un estimativo de lo que es una fuerza naval adecuada para nuestro país puede con propiedad tener en cuenta el afortunado intervalo que separa tanto nuestro territorio actual como nuestras aspiraciones futuras de los centros de interés realmente vitales para los estados europeos. Si a estas salvaguardas se agrega, por parte nuestra, un sobrio reconocimiento de lo que es nuestra esfera razonable de influencia, y una franca imparcialidad en el trato con intereses extranjeros dentro de esa esfera, habrá poca disposición a cuestionar nuestra preponderancia en este aspecto.

   Nos es particularmente posible esperar, que de entre todos los estados extranjeros, cada año que pasa nos traiga las relaciones más cordiales con la gran nación de cuyo seno vinimos. Es seguro que la radical identidad de espíritu que subyace nuestras diferencias superficiales de organización política nos acercará más, si no nos oponemos en forma obstinada contra una tendencia que daría a nuestra estirpe el predominio sobre los mares del mundo. Forzar tal logro es imposible, y de darse la posibilidad no sería sabio hacerlo; pero con seguridad constituiría un objetivo elevado, pleno de beneficios inconmensurables desearlo y no suscitar obstáculos innecesarios, abogando por actos perfectamente apropiados, requeridos por nuestros intereses evidentes, en términos ofensivos o arrogantes.

CAPÍTULO III
El istmo y el poderío marítimo
JUNIO, 1.883

   Por más de cuatrocientos años la mente humana ha estado obsesionada con una gran idea que —aunque por su amplia difusión y naturaleza profética se asemeja a uno de aquellos impulsos básicos cuya existencia misma apunta a una realización necesaria— tomó forma por vez primera en la mente de Cristóbal Colón. Para él esta visión, vislumbrada a través del escaso e impreciso conocimiento de su época, estaba representada en una vía de comunicación fácil y disponible, el mar, ese gran enlace entre las naciones, entre dos civilizaciones antiguas y diversas que se centraban, la una alrededor del Mediterráneo, cuna del comercio, el refinamiento y la cultura europeos, la otra en las costas del distante Océano Oriental que cubrió los dominios del Gran Khan, y que tuvo en su seno la rica isla de Zipangu. Hasta entonces un envidiable desperdicio de tierra, causante de años de arduos y azarosos viajes, los había mantenido separados. De vez en cuando un viajero excepcional podía pasar del uno al otro, pero era imposible mantener por tierra el tráfico constante de influencias y beneficios que, aunque en escala reducida, había constituido una ventaja y había promovido el desarrollo de los pueblos del Mediterráneo. El microcosmos del mar circundado por tierra tipificaba en ese tiempo esa gran familia futura de naciones, que desde entonces una a una han conformado una asociación con intereses comunes unidas por el amplio y envolvente océano que las separa sólo para unirlas más estrechamente. Esto fue lo que vislumbró Colón con ojo de vidente, y aunque lo percibió como a través de un lente oscuro, se sintió persuadido, y acogió su certidumbre. Cuando el intrépido aventurero, llevado más por su fe que por su visión, inició viaje con su pequeño escuadrón, dando el primer paso en el gran movimiento que sobrevendría y que aún no ha terminado, ni siquiera soñó que el solo incidente de tropezarse con una región desconocida que se encontraba en su ruta, constituiría para la posteridad su principal derecho a la fama, opacando la verdadera gloria de su grandiosa teoría, y posponiendo su realización hacia un futuro lejano.

   La historia de su verdadero logro es suficientemente conocida por todos los lectores y no es necesario repetirla aquí. En medio de las muchas desilusiones y humillaciones que ocurrieron después del esplendoroso triunfo de su primer retorno, y que ensombrecieron los últimos años de su vida, Colón no tuvo que enfrentar el dolor de descubrir que el problema era insoluble en ese entonces. Como muchos profetas que lo precedieron, no supo qué premonición había realizado el genio que en él residía, ni la significación del momento, y murió más feliz por haberlo ignorado. La certidumbre de que un territorio selvático, poblado por salvajes y semibárbaros había sido anexado al mundo conocido, habría constituido un rudo despertar de los sueños dorados de gloria magna y de provecho que por tanto tiempo lo habían tentado. El hecho de que el territorio occidental por él descubierto interpusiera una barrera al ulterior avance de embarcaciones hacia su anhelada meta —tan inexorable como las cadenas de montañas y las vastas estepas de Asia— fue algo que misericordiosamente se ocultó a sus ojos; y el elusivo "secreto del estrecho", a través del cual esperó pasar hasta el último momento y tan tentador en su constante evasión, mantuvo en tensión su fuente de esperanza y valor moral, que podría haber sucumbido de haber conocido la verdad.

   Le correspondió al gran descubridor acercarse en su último viaje al continente y examinar sus costas a lo largo de la región donde se escondía el verdadero secreto del estrecho —el lugar en el que, si alguna vez ocurre, dejará de ser un sueño para convertirse en realidad, gracias a la acción del hombre—. En el otoño de 1502, después de muchos intentos y percances, Colón, habiendo bordeado el lado sur de Cuba, llegó a la costa norte de Honduras. Había poca razón, aparte de su inexplicable convicción, para decidirse allí por una dirección más que por otra; pero gracias a algún proceso de pensamiento se había convencido a sí mismo de que el tan anhelado estrecho se encontraba al sur y no al norte. Por consiguiente giró hacia el oriente, a pesar de que el viento le era contrario, y después de una ardua lucha dobló el Cabo Gracias a Dios, que aún conserva su significativo nombre, y que expresa su alivio al descubrir que el curso de la costa finalmente le permitía seguir el rumbo que deseaba, y con viento a favor. Durante los dos meses siguientes exploró el litoral entero hasta Portobelo, descubriendo y examinando varias entradas en la tierra que desde entonces han sido históricamente importantes, entre otras la boca del río San Juan y la laguna Chiriquí, una de cuyas divisiones principales todavía recuerda su visita por su nombre, la Bahía del Almirante. Un poco más lejos, hacia el oriente de Portobelo, llegó a un punto ya conocido para los españoles que habían llegado allí provenientes de Trinidad. De esta manera el explorador llegó a la certeza de que desde la isla de Trinidad hasta Yucatán no existía una abertura en la inexorable costa que impedía su acceso al Asia.

   Cualquier sitio que ofrezca posibilidades para un canal interoceánico se encuentra en la franja de tierra visitada en tales circunstancias por Colón poco antes de su muerte en 1504. Cuán estrecho es el infranqueable obstáculo, cuán tentador en las aparentes facilidades para abrir paso, ofrecidas por la forma del terreno, se supo sólo diez años más tarde, cuando Balboa, guiado por los informes de los nativos, llegó a la eminencia desde la cual él, primero entre los europeos, vio el Mar del Sur —nombre aplicado en forma vaga y prolongada al Pacífico, por la dirección desde la cual lo vio su descubridor— Durante estos primeros años de historia la región que ahora conocemos como Centroamérica fue de constante contienda entre los varios líderes españoles, alentados más que reprimidos por el celoso gobierno local; pero también fue una historia de exploración ininterrumpida y venturosa, una sana manifestación de la misma inquietud y audaz energía que provocó sus choques internos. En enero de 1522, un hombre llamado Gil González partió de Panamá hacia el norte por el lado del Pacífico con unas pocas y frágiles barcas, y en marzo descubrió el lago Nicaragua, que lleva el nombre del cacique Nicaragua o Nicarao, cuyo poblado estaba localizado en sus costas. Cinco años más tarde otro aventurero desarmó su embarcación en la costa, transportó sus partes hasta el lago y lo recorrió, descubriendo su desembocadura, el San Juan, justo un cuarto de siglo después de que Colón hubiera visitado la boca del río.

   La conquista de Perú, y la extensión gradual de la dominación y colonización españolas en Centroamérica y a lo largo de las costas del Pacífico, le confirieron pronto al Istmo una importancia que sugería en forma vivida su surgimiento como eminencia política, concomitante con la adquisición de California por parte de Estados Unidos, y con la expansión de este país a lo largo de la costa Pacífica. La duración e inclemencia del viaje alrededor del Cabo de Hornos, entonces como ahora, llevaba a los hombres a desear una ruta más corta y menos ardua; y tan molesto como era el transporte terrestre con su repetido cargue y descargue, representaba antes de los tiempos de los viajes en vapor una alternativa mejor, y hasta cierto punto sigue siéndolo. Fue así como el Istmo y las regiones adyacentes se convirtieron en un gran centro de comercio, un punto en donde muchos caminos convergían y desde el cual partían; un punto en donde Oriente y Occidente se encontraban para realizar intercambios, en ocasiones amistosos, pero las más de las veces hostiles. Así se hizo realidad, en forma parcial y bastante incompleta, la visión de Colón; y así, después de muchas fluctuaciones y a pesar de la inmensa expansión de estos últimos años, su gran concepción aún permanece parcial e inconclusa. El secreto del estrecho todavía constituye un problema y un motivo de ignominia para la humanidad.

   Donde existe un centro tal de comercio, cualesquiera que sean las causas que lo originaron, siempre se encontrará un punto de interés general para la humanidad, al menos para todos aquellos pueblos que siendo directa o indirectamente comerciales participen de los beneficios e inconvenientes de gran alcance que surgen de las fluctuaciones del comercio. Pero los países comercialmente emprendedores no se sienten satisfechos de ser meros receptores de estas variadas influencias. Debido a las características mismas que hacen de ellos lo que son, por fuerza se inclinan a desear y a buscar el control de esas regiones decisivas, ya que su tenencia, como la llave de una posesión militar, ejerce un efecto vital sobre el curso del comercio, y por ende en la lucha no sólo por la existencia misma, sino por el incremento de riquezas, de prosperidad y de aprecio general, que afecta tanto la buena fortuna como la dignidad de las naciones. En consecuencia, en cada época —dependiendo de su temperamento y de circunstancias particulares— este deseo de control se manifestará, algunas veces latente en una actitud de simple vigilancia, algunas veces entrando en intensa acción guiada por el ímpetu del celo nacional y trayendo como resultado rivalidades diplomáticas o encuentros hostiles.

   Tal ha sido en consecuencia la historia del Istmo centroamericano desde el momento en que fue reconocido como el centro natural hacia el cual debe inevitablemente tender la corriente de intercambio entre Oriente y Occidente, si no se presentan influencias adversas que lo impidan. Aquí la dirección de menor resistencia fue claramente indicada por la naturaleza; y una concurrencia de circunstancias, en parte inherentes al carácter general de la región, en parte extrañas o accidentales, contribuyeron en un principio, y hasta fecha muy reciente, a resaltar y aumentar la consecuente importancia de la situación geográfica y la conformación física de esta estrecha barrera entre los dos grandes mares. Por siglos, las islas de las Indias Occidentales que circundan el Caribe y que custodian los accesos externos al Istmo, continuaron siendo la mayor fuente de productos tropicales que se habían hecho cada vez más necesarios para las naciones civilizadas de Europa. En ellas, y en la porción de continente que se extendía a cada lado del Istmo, conocida con el vago apelativo de "Spanish Main" (Sigue Nota del Editor), durante su desesperada contienda con el primer Napoleón —contienda que se libró por la existencia misma— Gran Bretaña descubrió la principal fuente de apoyo para la fortaleza y crédito comercial que por sí solos la llevaron a su final triunfante. El Istmo y el Caribe eran elementos vitales para determinar las consecuencias de tan severo conflicto. También durante siglos, los tesoros mexicanos y peruanos —de los cuales dependía la vigorosa acción del grande aunque decadente reino militar de España— circularon y se acumularon alrededor del Istmo donde eran reforzados por los tributos de las Islas Filipinas, y desde ese entonces emprendieron camino en los pesados galeones hacia los puertos de la península. En aspectos en los que entraban en juego factores tan decisivos en la política europea, era inevitable que las naciones rivales, tanto las que estaban en paz como las que estaban en guerra declarada, llevaran sus ambiciones al teatro de los acontecimientos; y la incesante lucha por el dominio fluctuaba con el control de las aguas que, como en todas las regiones marítimas, debía depender principalmente del predominio naval, pero también en parte del dominio de determinadas posiciones. Refiriéndose a tal tenencia dijo Napoleón: "La guerra es un asunto de posiciones". Entre ellas el Istmo era la más importante.

   De lo anterior se deduce que las salvajes aventuras y sangrientas crueldades de los antiguos bucaneros no fueron una mera exhibición brutal de avidez inmisericorde, muestra de la escoria de las naciones que hasta ahora emergían de la barbarie. Sin duda eran bárbaras, pero eran algo más. En el curso de los acontecimientos y con relación a quienes los sucederían, estos primeros saqueadores desempeñaron el mismo papel que los rudos, inescrupulosos y desenfrenados aventureros que ahora preceden la insensible marcha del hombre civilizado, que sobrepasan los límites, ocupan los primeros puestos, y que a causa de sus excesos manchan la buena fama de la raza de la cual son ellos pioneros. Pero mientras de esa manera degradan y desacreditan a la masa, de todas maneras pertenecen a ella, comparten su carácter esencial, y presagian su rumbo inevitable. Como la basura que lleva la cresta de los raudales, ellos anuncian la pleamar que se avecina. Fue esto lo que ocurrió con los célebres saqueadores del "Spanish Main". Del mismo tipo en general, aunque muy diferentes en sus características individuales, en la amplitud de su visión y aun en lo elevado de sus propósitos, sus carreras de piratas no sólo evidenciaron la riqueza local de los lugares que explotaron, sino que dieron testimonio de la importancia comercial y estratégica de la posición de la que, de hecho, provino tal riqueza. La carroña estaba allí, y tanto las águilas como los buitres, las aves de visión aguda como las aves inmundas de rapiña se reunían en torno suyo. "La toma de Granada", dijo uno de estos caudillos mercenarios hace dos siglos, "para mí no es nada en comparación con el descubrimiento del lago Nicaragua y de la ruta entre los mares del norte y del sur que de él dependen".

   Gracias a una especie de selección natural, con el paso del tiempo la lucha por el dominio causó inevitablemente el creciente predominio de los pobladores de las Islas Británicas, que por fortuna para ellos reunían en sí iniciativa para el comercio e instinto político. La anarquía misma del período favoreció el incremento de su poder e influencia, ya que emancipó al libre funcionamiento de las facultades innatas de una nación de las cadenas que a nosotros nos impone nuestro actual complejo sistema de precedentes legales, constituciones y derecho internacional. Tan admirablemente como están adaptadas estas instituciones a la conservación y funcionamiento regular de un sistema político, son de todas maneras, independientemente de su sabiduría, en esencia artificiales, y por tanto están mal adaptadas a un estado de transición, a un período en el cual el orden se está originando en el caos, en el que la vigencia del resultado es exactamente proporcional a la libertad con que las fuerzas de la naturaleza puedan actuar y lograr su propio equilibrio sin interferencias extrañas. Tampoco están tales períodos confinados a los tiempos antiguos de total anarquía. Ellos se presentan siempre que se llega a una crisis en la vida de una nación; cuando las tradiciones antiguas, las máximas ratificadas o las constituciones escritas ya no son suficientes, sea total o parcialmente; cuando ha llegado el momento para que un pueblo reconozca que los límites impuestos a su expansión por el raciocinio político de sus antepasados han dejado de ser aplicables a sus propias condiciones modificadas y a las del mundo. El problema que surge entonces no es si la Constitución será respetada como está escrita. Se trata de lograr modificarla —y de hacerlo oportunamente— de manera que el ingenio y la inteligencia alerta del pueblo puedan actuar libremente, sin violar el respeto por las leyes fundamentales de las que depende en últimas la estabilidad nacional. En el momento nuestro periodismo tiene la curiosa característica de la perspicacia y la disposición para ver la infortunada represión en que los férreos dogmas impuestos por la generación pasada mantienen a algunas de nuestras congregaciones religiosas, mientras que al mismo tiempo los dogmas políticos, tan antiguos como los religiosos, e impuestos con una ignorancia semejante del futuro que es ahora nuestro presente, se invocan libremente para prohibirle a la nación expandir su poderío y la necesaria iniciativa en los mares y en los lugares que ha conquistado más allá de ellos.

   Durante los siglos críticos en los que Gran Bretaña estuvo pasando por esa prolongada fase de su historia en la cual, gracias a su dominio en el mar, dejó de ser uno de los estados más pequeños para convertirse en la piedra angular y cimiento en los que descansó la estructura comercial e incluso por un tiempo la estructura política de Europa, la libre actuación de sus estadistas y su pueblo nunca se vio estorbada por una molesta sensación de que el genio nacional estuviese en conflicto con restricciones artificiales autoimpuestas. Esta nación se sumergió, con un vigor y un entusiasmo que ganaron ímpetu y capacidad inagotables con el paso de los años, en la reyerta entre las naciones que sobrevino al descubrimiento de un nuevo mundo, y que fue motivada por una herencia no ocupada aunque no sin quienes la reclamaran. Sus colonizadores estaban en todas partes, en todos los mares, en todos los climas; pero mientras su ingenio y tradición política les permitían fundar colonias con gobierno propio que se han desarrollado hasta convertirse en uno de los más grandes estados libres en regiones favorables para el bienestar físico de la raza, no encontraron, y nunca han encontrado, que la posesión y regencia de comunidades bárbaras o semicivilizadas, o de comunidades tropicales pasivas fueran adversas a la preservación de la libertad política en la madre patria. El sólido vigor del amplio principio de libertad en la vida nacional ha sido suficientemente atestiguado por siglos de un crecimiento permanente que constituye evidencia cierta de sana vitalidad. Pero a pesar de estar la nación adaptada por largo tiempo a los preceptos de la justicia natural, ni el más leve escrúpulo impidió el avance hacia el poder que le permitió cumplir su misión y probar la legitimidad de su existencia. No se tramaron ataduras artificiales para inhibir la acción del Estado, ni se lo aletargó con narcóticos políticos para atrofiar su crecimiento.

   Gran Bretaña entró en competencia por la región que aquí se analiza en condiciones de seria desventaja. La gran explosión de proyectos marítimos y coloniales que marcó el reinado de Elizabeth, cuando asomaba la era durante la cual el país reconoció el alcance de su verdadera grandeza, fue confrontada por el máximo poderío de España, firme hasta entonces en apariencia, ya que disfrutaba de la tenencia real de las posiciones más importantes en el Caribe y en el Spanish Main y que reclamaba el derecho a excluir a todos los demás de esa parte del mundo. Es bien sabido que esta reclamación fue brillantemente rechazada, pero aun así, si éstas hubieran estado en boga, habría que haber esgrimido, para desviar a Inglaterra de la senda que la ha convertido en lo que es, los mismos argumentos que ahora se plantean con presteza para disuadir a nuestro propio país de tan siquiera aceptar tales ventajas como las que están por caer en su regazo. Si bien es cierto que la política marítima de Gran Bretaña es en el momento impuesta hasta cierto punto por las necesidades actuales del pequeño grupo de islas que constituyen el núcleo de su fortaleza, no es verdad que ninguna de tales necesidades la hayan forzado en primera instancia a reclamar sus derechos de ejercer influencia en el mundo, su parte en el gran drama de las naciones. No fueron esas las razones por las que se lanzó a una campaña que es quizá la más noble hasta ahora realizada por pueblo alguno. Podría entonces habérsele preguntado, como se nos pregunta a nosotros ahora: "¿Por qué sobrepasar sus propias fronteras? Ustedes tienen al interior de ellas todo lo necesario para satisfacer sus necesidades y las de su población. Al interior de ellas existen múltiples abusos que deben ser corregidos, y muchas miserias que necesitan ser aliviadas. Permitan que el mundo exterior se cuide a sí mismo. Defiéndanse si los atacan, cuidándose, eso sí, de dilatar los preparativos hasta llegar al límite extremo de la imprudencia. Esfera de influencia, 'parte en el mundo', 'prestigio nacional', tales cosas no existen, y si existen no vale la pena luchar por ellas". Qué hubiera sido de Inglaterra si hubiera razonado así, es motivo de especulación; lo que sí se puede afirmar con seguridad es que el mundo sería ahora más pobre.

   Cuando el poderío de España decayó durante la primera mitad del siglo xvn, los esfuerzos de Gran Bretaña en el exterior también decayeron debido a problemas internos que culminaron en la Gran Rebelión, y que absorbieron por ese entonces todas las energías del pueblo. El ímpetu que se desarrolló bajo Drake, Raleigh y sus asociados se perdió, y se perdió toda una ocasión que era favorable gracias al agotamiento del gran enemigo, España. Pero aunque refrenada temporalmente de esta manera, la tendencia nacional permaneció, y recuperó rápidamente su control cuando la poderosa mano de Cromwell hubo sosegado los desórdenes del "Commonwealth". Tanto su clarividente habilidad de estadista como las necesidades inmediatas de su política interna determinaron la enérgica reivindicación que de las exigencias de Gran Bretaña se realizaran en el mar, no sólo en lo concerniente al respeto en el exterior, que él exigió en forma rigurosa, sino también a su derecho a ejercer influencia en el mundo más allá de sus fronteras. La nación respondió rápidamente a su orgullosa solicitud, y cobró un nuevo ímpetu, en su lucha por lograr el poderío marítimo, que no ha disminuido desde entonces. A él se le debieron las medidas —tal vez no las más sabias económicamente hablando si se las juzga desde un punto de vista moderno, pero más que justificadas por las condiciones de su época— que pusieron en manos inglesas el transporte del mundo. Las glorias de la Marina inglesa como fuerza organizada datan también de su breve período de gobierno; y fue él quien en 1655 puso una base firme para el desarrollo del poderío marítimo de su país en el Caribe con la conquista de Jamaica, que desde un punto de vista militar es, para el control del Istmo, la más decisiva entre todas las posiciones individuales en ese mar. Es verdad que el exitoso ataque a esta isla fue consecuencia del fracaso de los líderes al querer lograr el objetivo más inmediato de Cromwell de someter a Santo Domingo, y que por esta razón este afortunado hecho tuvo apariencia de accidente; pero este suceso sirve sólo para ilustrar en forma más enfática que cuando un plan de acción general, sea militar o político, se ha diseñado en la forma correcta, basándolo en principios sólidos, ni los contratiempos fortuitos ni las decepciones anulan su planteamiento. El motivo perspicaz, previsor, que impulsó los desplazamientos de Cromwell contra las posesiones de España en las Indias Occidentales fue responder a las aspiraciones de los españoles con relación al monopolio de esa rica región; y su visión de la expansión británica en las islas fue la de un simple escalón que facilitaba el control del continente vecino. Es una singular prueba de la ceguera de los historiadores ante el verdadero secreto del surgimiento de Gran Bretaña entre las naciones, y ante la eminente posición que este país ha sostenido por tanto tiempo, que escritores tan diferentes unos de otros por sus características y por las épocas en que vivieron, como Hume y el fallecido J. R. Green, hayan detectado en este trascendente esfuerzo del Protector sólo la obtusa visión de "un carácter conservador y cauteloso, confundido por la intensidad del entusiasmo religioso". Según ellos, "un estadista con un sabio talento político" hubiera preferido fijar sus ojos en el creciente poderío francés, "y hubiera percibido el comienzo de esa gran contienda por la supremacía" que se libró bajo Luis XIV. Pero hacerlo hubiera sido limitarse a repetir, por anticipado, el fatal error de ese gran monarca que dejó perder para siempre el control de Francia sobre los mares, en los que se puede hallar la más estable prosperidad de las naciones; error que fue además mucho más funesto para el reino de la isla que para su rival continental, no obstante lo amargas que desde entonces han sido las secuelas para este último. Dice Hallam con mayor perspicacia: "Cuando Cromwell se declaró en contra de España, y atacó sus posesiones en las Indias Occidentales, ciertamente se dieron pocas muestras de justicia, pero como yo lo concibo, no fue sin razón que la imprudencia política lo atacó algunas veces. Su estrella era tan favorable, que el fracaso mismo de la expedición logró para Inglaterra una posesión más ventajosa que todos los triunfos de sus reyes anteriores". Muy cierto, pero esto se debió a que su estrella le era favorable para buscar fortuna en el mar, no en tierra firme.

   El gran proyecto del Protector fue frenado por su muerte intempestiva, que tal vez frustró también definitivamente la realización de la posesión real del Istmo, que en sus fuertes manos podría haber sido posible. Sin embargo, su plan siguió destacándose entre los proyectos del pueblo inglés, aunque no de sus mandatarios; y en ello, como se ha dicho antes, se debe reconocer la importancia de las proezas de los bucaneros durante el período de debilidad externa que caracterizó los reinados de los segundos Carlos y Jaime. Con Guillermo de Orange el gobierno se puso de nuevo a la cabeza de las aspiraciones nacionales, como su líder natural, y las operaciones irregulares de los saqueadores se fusionaron con una firme política nacional. Ésta, aunque desviada por un momento de su curso a causa de exigencias temporales, fue claramente formulada en los propósitos manifiestos con que el sabio holandés emprendió la Guerra de la Sucesión Española en 1702, el último gran acto de su vida política. Desde el Tratado de Utrecht, que concluyó esta guerra en 1713, se siguió el mismo planteamiento con intensidad siempre creciente, pero con éxito permanente, y con él se asoció gradualmente la idea de controlar también la comunicación entre los dos océanos por medio del Istmo. El ejemplo más conocido de esto, por su conexión con el gran nombre de Nelson, fue el esfuerzo que éste hizo, junto con un grupo de infantería, en 1780, siendo aún un simple capitán, para tomar posesión del curso del río San Juan, y por tanto de la ruta interoceánica a través del lago Nicaragua. El intento terminó en forma desastrosa, en parte a causa del clima y en parte por la potente serie de obras que ascendían a no menos de doce, que los españoles, comprensiblemente conscientes de la importancia de su posición, habían construido entre el lago y el mar.

   Dificultades como las que encontró Nelson obstaculizaron el avance de Gran Bretaña en toda esta región. Esta nación no era ciega ni indiferente a las ventajas que le confería la posesión real, de la cual se había beneficiado abundantemente en otros lugares; pero la precedente y por tanto tiempo establecida ocupación española le impidió obtener por tales métodos el control que con tanta pasión codiciaba, y que en gran medida ejerció en la realidad. El predominio que la hizo, y aún la hace, el factor dominante en el sistema político de las Indias Occidentales y el Istmo fue resultado de su poderío marítimo, comprendido en su más amplio sentido. Ella fue la gran comerciante, fuente de provisiones e intermediaria entre las varias colonias mismas y de ellas con el mundo exterior, durante el tiempo en que el capital y los barcos empleados en este tráfico estuvieron protegidos por una armada poderosa que, excepto en algunas contadas ocasiones, fue totalmente competente en su trabajo. Así, aunque incapaz de utilizar y dirigir los recursos de los países en —como habría podido hacerlo si éstos hubieran sido propiedad suya— Gran Bretaña se aseguró el usufructo y cosechó las ganancias de todas las transacciones comerciales que le fueron posibles bajo el pasivo y restringido régimen de los españoles. El hecho es ilustrativo, ya que las condiciones son hoy sustancialmente las mismas de hace un siglo. La posesión todavía confiere derechos sobre los estados y las razas que no han logrado aún la capacidad de desarrollar por sí mismas las ventajas que les ha brindado la naturaleza; y el control lo tienen aquellos cuyos barcos, cuyo capital y cuyos comerciantes apoyan el sistema industrial de la región, siempre y cuando estos factores estén respaldados por una fuerza naval adecuada a las exigencias de la situación militar, debidamente comprendida. Para cualquier Estado extranjero el control del Istmo centroamericano significa control naval, predominio naval, para el cual la tenencia de la tierra representa en el mejor de los casos sólo un incidente conveniente.

   Éste era, en pocas palabras, el rumbo general de los acontecimientos hasta el momento en que el imperio colonial español comenzó a resquebrajarse, entre 1808 y 1810, y el sistema industrial de las Indias Occidentales empezó a sucumbir ante la abolición de la esclavitud que se avecinaba. La concurrencia de estos dos hechos decisivos, y la resultante confusión que se presentó en las condiciones políticas y económicas, redujeron rápidamente al Istmo y sus vías de acceso a una insignificancia de la cual no se han recuperado todavía las islas. El Istmo está parcialmente restablecido. Sin embargo, en el orden natural de las cosas, su importancia depende de causas más permanentes que la de las islas, que bajo las circunstancias existentes, y bajo cualquier circunstancia que se pueda prever por ahora, deriva su significación principalmente del efecto que ellas puedan ejercer sobre la tenencia del Istmo. De aquí que este último, después de un período de oscuridad relativa, se hiciera notar de nuevo como factor político de vital importancia, cuando la expansión de Estados Unidos al Pacífico suscitó la necesidad de una rápida y segura comunicación entre nuestros dos grandes litorales. La Guerra Mexicana, la adquisición de California, el descubrimiento de oro y el consiguiente frenesí por buscarlo, precipitaron, pero de ninguna manera dieron origen,a la necesidad de una solución a los intrincados problemas involucrados, en los que Estados Unidos, dada su posición en los dos mares, tiene el interés predominante. Pero aunque predominante, nuestro interés no es el único; aunque menos vitales, los intereses de otros estados extranjeros son grandes y significativos; por consiguiente, ningún arreglo que no haga efectiva nuestra preponderante influencia, y que no asegure al mismo tiempo los derechos naturales de otros pueblos puede parecer justo, y mucho menos constituir en sí un objetivo. Hasta donde llega la diferencia lógica entre lo comercial y lo político; se puede decir que nuestro interés es tanto comercial como político, el de otros estados es casi totalmente comercial.

   Las mismas características nacionales que desde mucho tiempo atrás hacían de Gran Bretaña el principal competidor en todas los asuntos de importancia marítima —de los holandeses en el Mediterráneo, los franceses en las Indias Orientales, y los españoles en el Occidente— la han hecho también el exponente de la oposición extranjera a nuestro firme interés en el Istmo. La política iniciada por Cromwell, de agresión sistemática en el Caribe y de expansión naval y organización, ha dado como resultado una combinación de poderío naval con posiciones navales inigualadas, aunque no totalmente sin rival, en ese mar. Y ya que como gran transportador marítimo Gran Bretaña tiene un interés natural preponderante en cada nueva ruta abierta al comercio, es inevitable que examine con recelo cada proposición tendiente a la modificación de los convenios existentes, consciente como es de que el poder da firmeza a sus exigencias, en caso de que el asunto sea sometido a la última instancia.

   No obstante, aunque por la naturaleza de las posesiones que constituyen el bienestar de su pueblo, así como por las características de su poderío, Gran Bretaña tiene aparentemente los mayores intereses inmediatos en un canal interoceánico en perspectiva, ha reconocido tácitamente, así como nosotros lo hemos sostenido abiertamente, que la relación de todos los aspectos del tránsito ístmico con nuestro progreso, seguridad y honor nacionales es más directa y más urgente que la suya. Que así lo ha sentido se desprende de la manera en que ha cedido ante nuestras persistentes protestas, en momentos en que el control del Istmo era evidentemente el objeto de sus movimientos; tal fue el caso frente a los problemas relacionados con la tenencia de las Islas de la Bahía y el protectorado de la Costa de Mosquito. La superioridad de nuestro interés se pone de manifiesto por la naturaleza de las condiciones que se darán como resultado de la construcción de un canal. Mientras estos cambios sean puramente comerciales, hasta cierto punto ocasionarán desventajas a Gran Bretaña, ya que el resultado será que nuestro litoral Atlántico, frontera de un estado rival manufacturero y comerciante, estará mucho más cerca del Pacífico de lo que está ahora, y más cerca de muchos puntos de ese océano que Inglaterra. Para hacer una descripción general aproximada, que pueda ser fácilmente comprendida por un lector que no tenga frente a sí un mapa, Liverpool y Nueva York están en el momento más o menos equidistantes por mar, de todos los puntos en la costa occidental de América, desde Valparaíso hasta Columbia Británica. Esto se debe al hecho de que, para pasar a través del Estrecho de Magallanes, los navios provenientes de ambos puertos deben pasar cerca del Cabo San Roque, en la costa este del Brasil, que está casi a la misma distancia de ambos puntos. Si existiera el Canal de Nicaragua, la línea en el Pacífico equidistante de las dos ciudades mencionadas pasaría aproximadamente por Yokohama, Shanghai, Hong Kong y Melbourne, o a lo largo de las costas de Japón, China y la parte oriental de Australia; en este caso, Liverpool usaría el Canal de Suez y Nueva York el de Nicaragua. En resumen, la línea equidistante se desplazaría desde la costa oriental del Pacífico hasta su costa occidental, y todos los puntos de este océano al oriente de Japón, China y Australia —por ejemplo las islas hawaianas— estarían más cerca de Nueva York que de Liverpool.

   Un escritor británico moderno ha calculado que alrededor de una octava parte del mercado existente de las Islas Británicas se vería desfavorablemente afectada por la competencia así introducida. Pero aunque tal consecuencia es un asunto de interés nacional, es político sólo hasta el punto en que la prosperidad o la adversidad comercial modifiquen la historia actual de una nación; es decir, en forma indirecta. Los principales asuntos que afectan la integridad o seguridad del Imperio Británico no están seriamente involucrados, ya que casi todas sus partes componentes están ubicadas dentro de regiones cuyo vínculo mutuo de unión y más corta ruta de acceso es el Canal de Suez. En ninguna parte tiene Gran Bretaña comprometido un territorio tan pequeño, y en ninguna parte tiene posesiones tan reducidas como en el Pacífico oriental, sobre cuyas relaciones con el mundo en general, y con nosotros en particular, el canal ístmico ejercerá tan grande influencia.

   El principal efecto del canal ístmico será acercar nuestra costa pacífica, no sólo a nuestro litoral atlántico sino también a las grandes flotas navieras de Europa. Por tanto, mientras que, gracias a un ininterrumpido transporte marítimo los beneficios comerciales serán grandes —hecho claramente señalado por la acritud con que un periódico importante, aparentemente interesado en favorecer las grandes vías transcontinentales, ha mantenido recientemente la singular aseveración de que el tránsito marítimo es obsoleto comparado con el terrestre—, también es verdad que el canal representará un elemento de mucha debilidad desde el punto de vista militar. Excepto para aquellos optimistas cuya gran fe en la regeneración de la naturaleza humana rechaza la guerra como un evento imposible, esta consideración debe ocasionar una seria reflexión sobre la política que debe adoptar Estados Unidos.

   Hasta el momento el asunto sólo ha dado origen a acuerdos diplomáticos y a discusiones, y es de esperar que las cosas permanezcan siempre dentro de estos límites; pero los malos entendidos y las prolongadas disputas que siguieron al Tratado Clayton-Bulwer (Sigue Nota del Editor), y la insatisfacción con las condiciones existentes que aún prevalece entre muchos de nosotros, nos advierten que nuestros pasos como nación deberían estar regidos por conceptos tan firmes, tan fuertemente sustentados universalmente que no puedan ser revocados por un simple cambio de administración, o por el capricho de un deseo popular. La discusión razonable que tienda —ya sea por su veracidad o por sus errores evidentes— a aclarar y solidificar la opinión pública en un asunto tan importante, jamás puede ser errada.

   Tomado desde una fase abstracta y especulativa de la Doctrina Monroe, este asunto asumió la forma concreta y hasta cierto punto urgente de garantía para nuestras rutas transístmicas contra la interferencia extranjera hacia la mitad de este siglo, cuando se hizo el intento de solucionarlo por medio del tan mencionado Tratado Clayton-Bulwer, firmado el 19 de abril de 1850. Se descubrió entonces que Gran Bretaña estaba en posesión, real o implícita, de ciertas posiciones continentales y de algunas islas distantes, que facilitarían no sólo el control militar, sino aquella clase de interferencia política señalada por la experiencia como la consecuencia natural de la proximidad de una gran potencia a una posición débil. Estas posiciones dependían de la posesión de Jamaica; más aun, su tenencia se originaba en esa posesión, justificando así las predicciones de Cromwell. Entre tales posesiones, Belice, una franja costera de doscientas millas de largo en la bahía de Honduras, inmediatamente al sur de Yucatán, estaba tan apartada del Istmo mismo, y aparentemente tenía tan pocas posibilidades de afectar el asunto del canal, que el negociador estadounidense se sintió satisfecho al permitir que su tenencia no fuera cuestionada, al no aceptar ni negar nada en lo referente a los derechos que a ella tuviera Gran Bretaña. Saqueadores británicos que se "habían agazapado" allí por unos cuantos años después de la caída de Jamaica habían sido los primeros en tomar posesión del lugar. Habiendo ido allí a cortar palos de campeche, habían tenido éxito al mantenerse firmes contra los esfuerzos de los españoles para desalojarlos, y su derecho a la ocupación y a talar madera fue reconocido años más tarde por medio de un tratado. A partir de la firma del Tratado Clayton-Bulwer, este "asentamiento" —como era llamado en aquel instrumento— se convirtió en "posesión" británica, gracias a un convenio con Guatemala pactado en 1859. Posteriormente, en 1862, el otrora "asentamiento" y reciente "posesión" fue erigido en toda su extensión, y por comisión real, como colonia subordinada al gobierno de Jamaica. Siendo Guatemala un Estado centroamericano, esto constituyó un claro avance del dominio británico en Centroamérica, contrario a los términos de nuestro tratado.

   Gran Bretaña hizo una exigencia más importante cuando reclamó la posesión del protectorado de la Costa de Mosquito; la potencia asumía que ésta era una franja que se extendía desde el sur del Cabo Gracias a Dios hasta el río San Juan. En su origen, el derecho así declarado difería poco de transacciones similares entre hombres civilizados y salvajes, realizadas en cualquier momento y en cualquier lugar. En 1687, treinta años después de haber adquirido la isla, un jefe de los aborígenes allí establecidos fue llevado a Jamaica donde recibió algunos regalos mezquinos y aceptó la protección británica. Durante el tiempo en que perduró el control español ocurrieron algunas disputas y luchas entre las dos naciones, pero cuando surgieron los problemas entre Inglaterra y Estados Unidos, este último rehusó aceptar el llamado protectorado, que en su opinión no tenía ningún fundamento legal si se lo comparaba con el otrora derecho de España, que se decía había pasado a Nicaragua al lograr esta última su independencia. La Costa de Mosquito estaba demasiado cerca del anhelado canal como para considerar su posesión con indiferencia. Una posición similar se adoptó con respecto a las Islas de la Bahía, Ruatan y otras, que se expanden a lo largo del lado sur del Golfo de Honduras, cerca de la costa de la república que lleva este nombre, y que en esta forma unen bajo el control de la gran potencia naval, el territorio que va desde Belice hasta la Costa de Mosquito. Estados Unidos sostuvo que estas islas, ocupadas entonces por Gran Bretaña, pertenecían a Honduras por derecho pleno.

   Dadas estas condiciones de ocupación británica de facto, el negociador de Estados Unidos, en su afán por lograr la retirada de los puntos disputados a las repúblicas hispanoamericanas, parece haber puesto poca atención al rumbo que tomaría este asunto en el futuro. A pesar de que mediaba la experiencia de casi medio siglo, en ese entonces las mentes de los hombres estaban dominadas, como lo están hoy, por las máximas transmitidas tradicionalmente por los fundadores de la república, quienes desaprobaban las anexiones de territorios extranjeros. El resultado fue que, considerando el retiro de Gran Bretaña de Mosquitia y las Islas de la Bahía, a las que según nuestro punto de vista Gran Bretaña no tenía ningún derecho, y que en consecuencia no produjo en realidad nada excepto una disputa, nos comprometimos, como lo hizo esa nación, en forma indefinida, a no adquirir territorios en Centroamérica y a garantizar la neutralidad no sólo del canal planeado, sino de cualquier otro que pudiera construirse. Se incorporó un artículo especial, el octavo, en el respectivo tratado, declarando expresamente que el deseo de los dos gobiernos era "no sólo lograr un objetivo particular, sino establecer un principio general".

   Sobrevino un considerable retraso en la restitución de las islas y de la Costa de Mosquito a Honduras y Nicaragua, retraso que estuvo acompañado de un prolongado debate y de un serio malentendido entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Este último sostenía que, según los términos del tratado, se había privado a sí mismo solamente de realizar futuras adquisiciones de territorio en Centroamérica, mientras que nuestro gobierno aseguraba, y en forma persistente así lo decía a sus agentes, que según su modo de entender las cosas, la total cesión presente y futura de todas las posesiones había quedado garantizada en el acuerdo. Al leer el primer artículo es difícil no sentir que aunque la práctica puede haber sido quizás algo estricta, los términos pueden corroborar tanto la posición británica como la más ingenua presunción del negociador de Estados Unidos; observación interesante, principalmente porque muestra la avidez de una de las dos partes, cuyo punto de vista era más débil en todo excepto en sus derechos, y la cautela de la otra parte, a quien la presente posesión y poderío naval le conferían una marcada ventaja en el momento de hacer un arreglo. Hacia 1860, sin embargo, las restituciones se habían realizado, y desde entonces el tratado Clayton-Bulwer ha seguido siento un tratado internacional que define nuestras relaciones con Gran Bretaña en lo concerniente al Istmo.

   No es necesario dar cuenta detallada de la disputa suscitada por este infortunado tratado, si es que se puede aplicar un término tan denigrante a las serias manifestaciones de la diplomacia. Nuestro propio país no puede hacer otra cosa que lamentar y resentir cualquier estipulación formal que obstaculice la supremacía de su influencia y su control sobre el continente y los mares americanos; y las concesiones de principio realizadas con demasiada premura en 1850 para lograr ventajas compensatorias que nuestra debilidad no podía usurpar de otra manera, necesariamente nos irritan ahora que somos doblemente fuertes de lo que éramos entonces, aunque debamos aceptar con tristeza que lo somos sólo en potencia, no en la realidad. El interés de Gran Bretaña aún se centra, como se centraba entonces, en mantener el tratado. Hasta tanto Estados Unidos resienta celosamente cualquier interferencia extranjera en el Istmo, y al mismo tiempo deje de tomar medidas para formular una política o para desarrollar una solidez que pueda dar forma y fuerza a sus propias pretensiones, justo hasta entonces recaerá sobre Gran Bretaña el control absoluto sobre cualquier probable contingencia en el futuro, en virtud de sus posiciones navales, su poderío naval, y su omnipresente capital.

   Una reciente valoración extraoficial británica sobre la política británica en el Istmo, compendiado en el Tratado Clayton-Bulwer, puede resultar de interés aquí:

    Se reconoció en Estados Unidos un futuro formidable rival para el comercio británico. En vista de la desventaja que para el mercado europeo en general, y para el de Gran Bretaña en particular, supondría un canal centroamericano, los estadistas británicos, al ver frustrado su último intento de controlar la ruta más viable (por Nicaragua), hicieron realidad el objetivo que para Gran Bretaña representaba una segunda opción en lo referente a sus intereses comerciales. Dejaron la responsabilidad de la construcción del canal al pueblo que sacaría de él el mayor provecho y que estaría destinado a mantener a todos los demás alejados, pero que al mismo tiempo tenía pocas posibilidades de emprender tan gigantesca empresa lejos de su propio territorio que por muchos y largos años estuvo subdesarrollado; mientras que al mismo tiempo, hábilmente pusieron a aquel país en desventaja favoreciendo al poderío marítimo británico haciéndose partícipes de una garantía indivisa para acatar su neutralidad cuando fuera construido. Esto aseguró el aplazamiento de la construcción indefinidamente, y sin embargo no causó la pérdida de ninguna ventaja sustancial necesaria para establecer el control naval efectivo para los intereses del transporte británico.

   Puede parecer dudoso que el anterior episodio represente verdaderamente el propósito deliberado de los sucesivos gobiernos británicos, pero constituye una valoración suficientemente precisa del resultado real hasta tanto nuestro plan de acción siga siendo la de hablar en voz alta sin hacer nada, es decir, la de mantener a los demás alejados mientras rehusamos entrar nosotros mismos. Sin duda somos neutralizadores eficientes, ya que nos neutralizamos a nosotros mismos mientras permitimos que otras potencias actúen en forma eficiente cuando quiera que valga la pena hacerlo.

   En un Estado como el nuestro el término política nacional significa convicción pública; de no ser así, el término se convierte en un sonoro instrumento de viento y en un címbalo tintineante. Pero la convicción pública es algo muy diferente de la impresión popular; difiere en todo lo que delimita un proceso racional, resultante de la determinación resuelta, originada por un sentimiento enfermizo que ocasionalmente encuentra una expresión histérica. La Doctrina Monroe, como se la comprendía y respaldaba popularmente, es más que nada una nebulosa generalización acerca del Istmo, que se ha consolidado como un punto tenue de luminosidad más definida. Para aquellos a quienes les interese, es el presagio del día previsto en forma incompleta por el gran descubridor, en que el Oriente y el Occidente queden en comunicación estrecha gracias a la realización del estrecho que frustró su ansiosa búsqueda. Pero con el tiempo ésta ha introducido un factor que Colón no pudo soñar: una gran nación a mitad de camino entre el Occidente que él conocía y el Oriente que buscaba; que abarca en sí misma a los dos en el continente que encontró en forma inadvertida, el Oriente y el Occidente en uno. A tal nación, que en sí misma reúne las dos condiciones del problema de Colón, para la cual el control del estrecho es una necesidad, si no de existencia por lo menos de su desarrollo total y de su seguridad nacional, ¿quién puede negarle el derecho al predominio en influencia sobre una región tan vital para ella? Nadie puede negarlo salvo su propio pueblo, que de hecho lo hace, tal vez no con palabras, sino con sus acciones. Porque no olvidemos que dejar de actuar en un momento oportuno es una acción tan real como el esfuerzo más persistente y positivo, aunque menos loable.

   Sin embargo, para que la acción sea consistente y adecuada debe basarse en convicciones muy bien cimentadas; y si la convicción va a ser razonable y va a encontrar expresión en una política nacional sólida e ininterrumpida, debe ser el resultante de un cuidadoso análisis de las condiciones presentes realizado a la luz de las experiencias pasadas. Aquí,sin duda, en un principio se manifestarán diferencias extremas de opinión, tanto por el verdadero significado de las lecciones del pasado como por la manera de aplicarlas al presente. Tales diferencias no deben causar pesadumbre. Su presencia es señal de atención alerta, y cuando la polémica se haya generalizado y animado, podremos abrigar la esperanza de ver la gradual emergencia de un sentimiento público sólido y operante. Lo que se debe desaprobar y temer es la inercia indolente, fruto de la ceguera voluntaria cuando se aproxima el momento de actuar; las dilaciones negligentes para liberarnos de las cadenas, si éstas se encuentran en la Constitución o en los prejuicios tradicionales, cosa que puede obstaculizar nuestra oportunidad de tomar posesión cuando ésta llegue. Cualesquiera sean las bondades particulares del asunto hawaiano que está por resolverse, difícilmente se puede negar que este debate ha revelado la existencia, real o imaginaria, de tales impedimentos para que podamos actuar, y de la deplorable tendencia a considerar cada una de tales ocurrencias como un mero incidente aislado, en vez de tomarlos como lo que son, advertencias de que ha llegado el momento de decidirnos frente a un aspecto tan importante de nuestra política nacional. No es malo que existan opiniones diferentes, pero sí es perjudicial detenerse tanto tiempo a meditarlas.

   Existe una opinión —sobre la cual sobra aclarar que este autor no la comparte— de que debido a que han transcurrido muchos años sin que se dé un choque armado con una gran potencia, el pasado nos enseña que no va a ocurrir ninguno; y que de hecho, entre más débil sea nuestra fuerza militar organizada, más fácil será que nuestros opositores se rindan ante nosotros. Estrechamente relacionado con este punto de vista está el obstinado rechazo a cualquier acción política que involucre implícitamente la proyección de nuestra potencia física, si ésta se hace necesaria en lugares ubicados más allá de las aguas que circundan nuestras costas, ya que nuestra exigencia razonable y natural —también podría llamársela moral— que hasta el momento ha impuesto respeto así haya sido éste concedido con renuencia, asume que no existen circunstancias que puedan originar una firme negativa a concederlo.

    Es el parecer de este escritor —y el de muchos otros con quienes él está de acuerdo aunque sin el derecho a representarlos— que el verdadero estado del caso es más aproximadamente como sigue. Desde que nuestra nación empezó a existir hace un siglo, a excepción de una breve conmoción hacia el año 1850 —ocasionada por causas especiales que aunque significativas no eran suficientes, y resumidas en cuanto a resultados en el entorpecedor Tratado Clayton-Bulwer— la importancia del Istmo centroamericano ha sido meramente potencial y latente. Pero mientras que de esta manera ha permanecido temporalmente en la oscuridad, sus condiciones intrínsecas de posición y conformación le confieren importancia inalienable con relación al resto del mundo, y por lo tanto, para hacerse operativo sólo aguarda aquellos cambios en las condiciones externas que deben llegar con la plenitud de los tiempos. Las señales de tales cambios son ya suficientemente visibles como para llamar la atención. La rápida colonización de nuestro territorio ocasiona por lo menos dos de ellas. El crecimiento de los estados del Pacífico aumenta la importancia política y comercial del Océano Pacífico para el mundo en general y para nosotros en particular, mientras que las fuerzas productivas del país y su proximidad a los tres mares lo fuerzan necesariamente a buscar salidas por medio de ellos y acceso a las regiones más lejanas. En tales condiciones, que tal vez no se han dado pero que están por llegar, se hace demasiado evidente para insistir en ella la importancia de una vía marítima artificial que permitirá a la costa Atlántica competir con Europa, en igualdad de condiciones en lo que se refiere a distancia, por los mercados del Oriente asiático, y que acortará en dos tercios la ruta marítima de Nueva York a San Francisco, y en su mitad la que conduce a Valparaíso.

   Es en estas condiciones, y no en las necesidades de Europa, en donde radica la seguridad de que el canal será construido. Será muy importante cuando esté terminado, no sólo para nosotros, aunque sí principalmente para nosotros. Muchas causas se fusionarán para retener el comercio de Europa con Oriente en la línea del Canal de Suez; pero para las costas americanas del Pacífico, el canal ístmico representará una vía de acceso más corta y más fácil para un comercio que ya tiene proporciones notables. Una consideración también para destacar está implícita en el efecto que sobre la navegación británica tendría una guerra que debería poner en peligro su uso del Canal de Suez. El poder de Gran Bretaña para controlar la prolongada ruta que va de Gibraltar al Mar Rojo es seriamente cuestionado por un numeroso y reflexivo grupo de sus estadistas y hombres de mar, quienes opinan que en caso de guerra tal vía debe depender de la ruta que pasa por el Cabo de la Buena Esperanza. Sin embargo, la ruta sería más corta por Nicaragua que por el Cabo hacia muchos lugares de Oriente; y proteger el Caribe de los distantes estados europeos puede ser mucho más fácil que proteger la ruta que, atravesando el Mediterráneo, pasa cerca de sus puertos.

   Dada esta creciente importancia del Istmo, no podemos anticipar con seguridad para el futuro el fácil consentimiento que, en circunstancias bien diferentes, se ha concedido en el pasado a nuestros requerimientos. Ya es notorio que las potencias europeas están revelando síntomas de creciente entusiasmo con relación al valor de las posiciones en el Caribe, y que están fortaleciendo el control de las que ya tienen bajo su dominio. No cabe duda de que las consideraciones morales tienen ahora más peso del que solían tener en el pasado, y que las naciones son ahora más reacias a entrar en guerra; pero aun así, la política de los estados está determinada por la compensación de las ventajas, y a nosotros nos conviene saber cuál será nuestra política y qué ventajas necesitamos para inclinar a nuestro favor la balanza de las negociaciones y el curso general de los acontecimientos.

   Si la decisión de la nación sigue una corriente de pensamiento según la cual cuanto más débiles seamos, más probabilidades tendremos de hacer las cosas a nuestro modo, lo que resta por agregar es poco. Dejar las cosas al azar es un método posiblemente tan bueno como cualquier otro para alcanzar la meta anhelada. Si por el contrario, decidimos que nuestro interés y dignidad exigen que el hacer valer nuestros derechos no depende de la voluntad de ningún otro Estado sino de nuestra propia fortaleza, debemos estar dispuestos a admitir que la libertad del tránsito transoceánico depende del predominio en una región marítima —el Mar Caribe— a través del cual pasan todas las vías de acceso al Istmo. El control de una región marítima se asegura primordialmente por medio de una armada, y en segundo lugar gracias a posiciones cuidadosamente seleccionadas y espaciadas una de otra, que sirvan de apoyo a la armada y desde las cuales ésta pueda ejercer su poder. De momento, las posiciones en el Caribe están ocupadas por potencias extranjeras, y no podemos, aunque estemos muy dispuestos a lograrlo, obtenerlas por medios diferentes a los justos, pero habremos avanzado en forma decisiva cuando la opinión pública se haya convencido de que las necesitamos, y de que no tenemos que poner a funcionar nuestro máximo ingenio para esquivarlas cuando sean arrojados sobre nuestra cabeza. Si la Constitución realmente impone dificultades, también proporciona la manera de que la gente pueda liberarse de sus obstáculos cuando tiene el convencimiento de hacerlo. Sin embargo, se puede elevar una protesta contra una interpretación de la Constitución que es liberal porque incluye todo lo que ella por fuerza tenga que implicar, y que luego, en forma inmediata se hace estricta al imponer estas cadenas ingeniosamente entrelazadas.

   No existe entre tanto una obligación moral que prohiba desarrollar nuestra armada hasta los límites y proporciones adecuados al trabajo que pueda tener que realizar. Aquí, una vez más, la fuerza debilitadora es una impresión pública que limita nuestro poderío potencial a las necesidades de una situación que no ha sido bien comprendida. Una armada "sólo para la defensa" es un lema popular. Si algún día la gente se da cuenta de que tenemos tres litorales, y de que la comunicación marítima entre cada uno de ellos con los otros dos dependerá en un futuro no muy distante de una posición estratégica a millas de distancia de nuestro puerto más cercano —la boca del Mississippi— también verá que la palabra "defensa", comprendida por ahora en forma demasiado limitada, tiene aplicación en puntos distantes de nuestra propia costa.

   Pensar que la organización de una potencia militar involucra provocación a la guerra es una falacia que refuta la experiencia de cada año que ha transcurrido. Comparados con las frecuentes y devastadoras guerras que precedieron la era de la preparación militar generalizada, los inmensos armamentos de Europa son onerosos; pero de todas maneras, gracias al respeto y precauciones mutuas que ellos exigen, representan una alternativa que no causará mayor miseria y que probablemente ahorrará dinero. Nuestra propia impunidad ha sido resultado no de nuestra debilidad, sino de nuestra falta de importancia ante nuestros rivales por los puntos en disputa, si se la compara con los sus inmediatos intereses internos. Esta indiferencia disminuirá ante los cambios que pueda introducir el canal. Nosotros también estaremos involucrados en los asuntos de la gran familia de naciones, y tendremos que aceptar las obligaciones que ello conlleva. Por fortuna, en lo que toca a otras naciones, somos una potencia insular, y podemos encontrar nuestros mejores antecedentes en la historia del pueblo para el cual el mar ha representado una madre solícita.

CAPÍTULO IV
Posibilidades de una nueva unión anglo-americana
JULIO, 1894

   Las palabras "parentesco" y "alianza" expresan dos ideas radicalmente diferentes, y se apoyan, tanto en los privilegios como en las obligaciones que ambas involucran, en fundamentos esencialmente diferentes. La primera representa una relación natural; la segunda, una puramente convencional, aunque sea consecuencia de los sentimientos, los intereses mutuos y el sentido de obligación forzosa hacia el otro. Por consiguiente, en su etimología misma se encuentra implícito aquel sentido de obligación, de un lazo artificial que puede constituir una fuente, no sólo de solidez sino también de molestia. Su análogo en nuestras condiciones sociales es el vínculo matrimonial, la más fuerte, sin duda, de todas las uniones cuando en un caso particular hace realidad el máximo afecto de que la naturaleza humana sea capaz; pero de la misma manera, como lo muestra la experiencia diaria, la más molesta cuando, a causa de un error verdadero o de un motivo frívolo, el amor fracasa y sólo queda la obligación.

   Personalmente me siento satisfecho al pensar que el desarrollo gradual, pero a mi modo de ver inequívoco de los mutuos sentimientos cordiales entre Gran Bretaña y Estados Unidos durante estos últimos años —y de los cuales los artículos recientes de Sir George Clark y Mr. Arthur Silva White en el North American Review son gratas demostraciones— es una clara evidencia de que una lengua común y un origen común se están haciendo sentir, y de que se están derrumbando las barreras que por demasiado tiempo han distanciado a hombres que llevan la misma sangre. Se ve aquí la manifestación del parentesco, resultado totalmente normal de un origen común, el afecto natural de hijos de la misma descendencia que han reñido y han estado alejados por el proverbial resentimiento que causan las contiendas civiles, pero que durante todo el tiempo se han dado cuenta —o al menos han estado vagamente conscientes— de que tal estado de cosas es erróneo y perjudicial. Como mera cuestión de sentimientos, este afecto restablecido bien podría orientar la seria atención de aquellos que observan el desarrollo de los problemas del mundo hacia el reconocimiento de hasta qué punto la imaginación y la empatía gobiernan el mundo; pero cuando, además del fuerte impulso de los sentimientos se recuerda que bajo las diferencias considerables de forma política subyacen una tradición política heredada y una manera de pensar comunes, que los valores morales que rigen y dan forma a la evolución política son los mismos para cada uno de estos pueblos, la posibilidad de un acercamiento gradual para la acción conjunta se hace cada vez más sorprendente. Entre todos los elementos de la civilización que se han extendido por Europa y América, ninguno es tan potencialmente benéfico como la singular combinación de dos factores esenciales pero opuestos —de libertad individual con sujeción a la ley— que encuentra su más vigorosa realización en Gran Bretaña y en Estados Unidos, únicos exponentes suyos en los que se ha logrado un acercamiento al equilibrio deseado. Como otros pueblos, también nosotros oscilamos entre los dos, inclinándonos ya hacia un lado, ya hacia el otro, pero sin alejarnos nunca demasiado en una dirección.

   Existe aún otra condición común entre los dos Estados que es digna de anotar, y que los debe hacer inclinarse hacia un curso similar de acción en el futuro. Asociados ambos a la gran comunidad de naciones que comparten las bondades de la civilización europea, son ellos los únicos que, aunque cada uno en un grado diferente, están tan separados geográficamente de sus rivales existentes que esto los libera de la carga que representan los grandes ejércitos terrestres; y que al mismo tiempo deben depender del mar en gran medida para el intercambio con otros miembros del grupo de los cuales depende su bienestar nacional. La gran influencia que este aislamiento geográfico ha ejercido sobre la historia de Gran Bretaña es suficientemente comprendida. En su caso la tendencia natural ha sido incrementada de manera anormal por la limitada extensión territorial de las Islas Británicas, hecho que ha forzado a sus habitantes a buscar campos de acción fuera de sus propias fronteras; sin embargo, las cifras citadas por Sir George Clark son prueba indiscutible de que la misma tendencia, originada por la misma causa, de hecho existe y opera en Estados Unidos, a pesar de la diferencia resultante de la gran extensión de territorio interno que aún no ha sido ocupado, y de la gran cantidad de consumidores domésticos que han sido asegurados por el sistema de protección. Dicho en pocas palabras, la condición geográfica es la misma por su clase, aunque diferente en su extensión, y debe ejercer autoridad en la misma dirección. Para otros Estados la tierra, con sus privilegios y glorias, es la fuente suprema de prosperidad y distinción nacional. Para Gran Bretaña y Estados Unidos, si juzgan correctamente el papel que desempeñan en el gran drama del progreso humano, tal fuente radica, en el más amplio sentido de la palabra, en un interés marítimo que requiere como una de las condiciones para su funcionamiento y su seguridad la fuerza organizada adecuada para controlar el curso general de los eventos en el mar; para mantener, si surge la necesidad, las leyes que regirán las contiendas marítimas, no en forma arbitraria, sino en la forma en que lo harían aquellos para quienes tanto el interés como el poder justifican el derecho a hacerlo. No es ésta una mera especulación que se apoya en el derrotero de un razonamiento engañoso, sino que está basada en las enseñanzas del pasado. Ejerciendo tal poder, manteniendo leyes semejantes, y apelando sólo a estos medios, a comienzos de este siglo, cuando Gran Bretaña era la potencia solitaria de los mares, se salvó a sí misma de la destrucción, y en forma enérgica modificó positivamente el curso de la historia.

   Dadas condiciones determinantes tan fuertes que confluyen para que las dos naciones converjan en el mismo camino, y ante el amanecer palpable del día en que este impulso empieza a encontrar expresión en los hechos, surge naturalmente la pregunta: ¿Cuál debería ser el rumbo inmediato que deben favorecer aquellos que dan la bienvenida a la creciente claridad, y que gustosamente apresurarían la luz del día? La existencia de los no pocos que buscan una respuesta a esta pregunta es evidenciada por los artículos de Mr. Carnegie, Sir George Clark y Mr. White, que han aparecido todos en un breve lapso en las páginas del North American Review. Y reconozco que es en este punto en el cual, dadas las condiciones presentes, aunque tan deseoso como pueda estarlo cualquiera de ver el hecho cumplido, me siento sobrecogido al contemplarlo, en forma de alianza naval o de otra índole. Yo preferiría decir: "Permitamos que cada nación se informe hasta descubrir la dimensión de su interés por el mar", una vez hecho esto, la identidad de estos intereses se hará aparente. Esta identidad no puede estar firmemente establecida en las mentes de los hombres sin que se haya dado la presencia de la gran maestra, la Experiencia; y la experiencia no se puede tener antes del desarrollo posterior de los hechos que ocurrirán en el día no muy lejano en que el pueblo de Estados Unidos deba dirigirse de nuevo al mar y dedicarse a la acción en el exterior, como lo hicieron sus antecesores, tanto en su antiguo como en su nuevo hogar.

   Existen además asuntos concernientes a la esfera justa de cada país, a los convenios que se ocupan de lo que es esencial para que exista la cooperación cordial, sobre los cuales podrían surgir en el momento la duda y aun la fricción. El último aspecto es el más álgido porque no se podría esperar razonablemente que Gran Bretaña dependa de que nosotros nos ajustemos a los términos de una alianza, o que ceda en puntos esenciales para su propio poderío marítimo, hasta tanto Estados Unidos mismo no esté dispuesto a garantizar la seguridad de las posiciones involucradas en la creación de una fuerza bélica adecuada. Es precisamente porque un cierto grado de fricción es probable en ese proceso de adaptación de las partes a los roles que habrá de desempeñar cada nación, únicos aspectos sobre los cuales se puede fundamentar una cooperación satisfactoria, que yo evitaría todas las rivalidades prematuras por la alianza, ya que constituyen un método artificial, y posiblemente hasta exacerbante, de alcanzar el fin deseado. En vez de esto, yo insistiría incesantemente en aquellos puntos de semejanza innegable en las características naturales y en las condiciones que los rodean, aspectos éstos que son testimonio de un origen común y que predicen un destino común. Siémbrese la semilla de este pensamiento, y brotarán y crecerán, sin saber cómo, primero la hoja, luego la espiga, y luego todo el grano; después puede uno sacar la hoz y recolectar la cosecha de los resultados políticos, que aun para entonces estarán obviamente inmaduros. Qué tan silenciosa e inadvertidamente, como en los lentos procesos de la naturaleza, pueden tales sentimientos dejar su marca en la existencia misma de las naciones fue evidenciado por el repentino y rápido surgimiento del Norte al estallar la guerra civil, cuando la bandera fue incendiada en Fort Sumter. En ese momento se demostró cuán profundamente había calado en el corazón de la gente la devoción a la Unión y a la bandera, fomentada por una prolongada insistencia en las ideas, por innumerables discursos del 4 de julio con frecuencia indudablemente jactanciosos, en ocasiones tal vez grotescos, pero cuya vívida energía y sobrecogedores resultados fueron palpables a medida que el fuego saltaba de un hogar a otro a través de los Estados del Norte. En el Sur fue igualmente aparente el tenaz y apremiante dominio con que la insistencia preponderante y exigente del Estado sobre la lealtad de los individuos había penetrado los corazones de sus hijos. ¿Qué garantías, tratados o alianzas podrían haber contribuido entonces a mantener unidos dos pueblos cuyas ideas habían navegado por rumbos tan diferentes, cuyos intereses, como fue aparente para todos en esa época, habían llegado a ser tan opuestos?

   Aunque estoy firmemente convencido de que sería provechoso para Gran Bretaña y Estados Unidos, y beneficioso para el mundo que las dos naciones actuaran cordialmente unidas en los mares, estoy igualmente seguro de que mientras el cumplimiento de las condiciones de las que depende tal cordialidad sea realizado por seres humanos, el resultado no sólo debe ser esperado, sino además, aguardado con calma. Todos estamos familiarizados con la idea que comunican las palabras "proceso de presión". Existen cosas que no pueden ser forzadas, procesos que no pueden apresurarse, desarrollos cuya fortaleza y nobleza son proporcionales a la forma en que asimilan lentamente la beneficiosa influencia del sol y el aire que los bañan. Qué tan lejos puede llegar una imaginación desmedida en el intento de realizar el proceso de presión, y cuán el inevitable espanto de la mente que se pretende tomar por asalto, lo muestran de manera jocosa Mr. Carnegie en Look Ahead, y el reparo que hasta el momento había expresado un ardiente campeón de la alianza angloamericana como Sir George Clark, en términos que me parecen racionales aunque prematuros. Un país con un pasado tan glorioso y laborioso como Gran Bretaña, que sin embargo no está del todo preparado para dar un simple paso hacia la unión, es confrontado súbitamente —parece que la tentación es irresistible— con un cuadro de resultados finales que no intentaré calificar como imposibles (¿quién puede decir qué cosa es imposible?), pero que ciertamente priva a la nación de gran parte, tal vez de todo lo logrado gracias al arduo trabajo de siglos. La desunión, la pérdida de la identidad nacional, los cambios de constitución que son más que radicales, el canje de un imperio que se extiende por todo el mundo por una parte sometida a una gran confederación, tal puede ser el destino de Gran Bretaña en un futuro lejano. No sé, pero seguro estoy, de que si yo fuera ciudadano de Gran Bretaña, la perspectiva no me movería a avanzar una pulgada en tal dirección. Sin duda la red se despliega en vano cuando se la tiende al avistar cualquier ave.

   Las sugerencias de Sir George Clarke y Mr. White no están expuestas a la ignominia de repeler a aquellos a quienes tratan de convencer. Son propuestas claras, sencillas, prácticas, basadas en razones indiscutibles de provecho mutuo, y las de Sir Clarke están motivadas, según tengo el placer de saberlo por mi propio conocimiento personal, por una benevolencia y una liberalidad de opinión más que cordial en todo lo que se refiere a Estados Unidos. Evitando la crítica de detalles —de la cual tengo poca que ofrecer— mi objeción a tales sugerencias es simplemente que todavía no ha llegado el momento oportuno para realizarlas. El terreno aún no está preparado en el corazón y en el entendimiento de los estadounidenses, y dudo que lo esté en los de los ciudadanos británicos. Aunque en diferentes términos, ambas propuestas contemplan una alianza naval. La dificultad radica en que, como nación, Estados Unidos ni se da cuenta ni admite tener un interés firme en el mar; y en que la mayor parte de nuestro pueblo se apoya con firmeza en una creencia profundamente arraigada en la historia política de nuestro pasado: que nuestras ambiciones deberían estar limitadas por los tres mares que bañan nuestras costas orientales, occidentales y del sur. En lo que a mí concierne, creo que esta teoría que fue correcta en algún momento, no puede serlo ni siquiera para el presente —y mucho menos para un futuro tan cercano que difícilmente requiere la visión de un profeta para vislumbrarlo; pero incluso si se trata de un mero prejuicio, se hace necesario deshacerse de él antes de tomar cualquier decisión. Si se aspira a que la política nacional en nuestro país sea estable y consistente, ella debe identificarse con la convicción popular. Cuando esta última se forma, puede permanecer inactiva por largo tiempo; pero cuando llegue el momento apropiado se lanzará a la acción vigorosa —incluso a las armas— como lo hicieron el Norte y el Sur guiados por sus respectivos ímpetus en 1861.

   Es imposible que alguien que vea en el mar —en la función que éste desempeña para con el mundo en general— el factor más potente en la prosperidad nacional y en el curso de la historia, no desee un cambio en la actitud mental de nuestros compatriotas hacia los asuntos marítimos. El asunto se presenta no sólo como un tema de importancia nacional, sino como algo que concierne a la historia del mundo y al bienestar de la humanidad; unidos ambos aspectos, hasta donde podemos verlo, en la seguridad y fortaleza de aquella civilización que se identifica con Europa y sus descendientes en América. Porque, ¿qué es, después de todo, nuestras no injustamente ponderadas civilizaciones europea y norteamericana? Un oasis ubicado en la mitad de un desierto de barbarie, desgarrado por muchos problemas internos, y que en últimas depende, no de sus meros detalles de organización, sino de la fortaleza de tal organización, para expresarse ella misma en una actitud amenazante y eficiente de fuerza física, suficiente para resistir las huestes extranjeras, abrumadoras por su número, pero con una organización deficiente. En las condiciones presentes éstas son represadas por las magníficas organizaciones militares de Europa, que también hasta ahora enfrentan con éxito a los bárbaros en su interior. De tiempo en tiempo, y la frecuencia no ha disminuido últimamente, recibimos advertencias terribles sobre los alcances de estos bárbaros —al menos en su intención—, frente a las cuales difícilmente puede un ser humano taparse los ojos y los oídos; sin embargo, a duras penas se presta atención a los posibles peligros que ofrecen los bárbaros del exterior, ajenos por completo al espíritu nuestra civilización. Tampoco existe conciencia de la importancia que reviste la actitud de vigilancia armada entre las naciones para la conservación de esa civilización, que es ahora sostenida por los grandes Estados de Europa. Aun si no consideráramos el invaluable beneficio para la sociedad, en esta época de insubordinación y anarquía, de que una gran cantidad de jóvenes, en la edad en que son más influenciables, reciban lecciones de obediencia, orden, respeto por la autoridad y la ley, aspectos por medio de los cuales el entrenamiento militar transmite un potente antídoto contra la anarquía, continuaría siendo un error, plausible pero extremado, ver en la anhelada disminución del espíritu militar en las naciones de Europa una señal de progreso más estable del mundo hacia la paz universal, la prosperidad material general y la tranquilidad. Ese ideal tentador, aunque algo mezquino, no será logrado por los representantes de la civilización que dejan caer sus armas, que relajan la tensión de sus músculos morales, y que de luchar contra los animales se están convirtiendo en ganado de engorde apto sólo para la carnicería.

   Cuando cayó Cartago, y Roma continuó su camino hacia el dominio del mundo de la civilización mediterránea, sin un enemigo de su tamaño del cual defenderse, se acercó y gradualmente hizo realidad el reino de la paz universal, quebrantada sólo por aquellos desacuerdos internos, políticos y sociales que están encontrando análogos en nuestros tiempos modernos de guerras ocasionales. Cuando la lucha entre las naciones de aquella civilización se extinguió, la prosperidad material, el refinamiento general y el lujo florecieron a medida que las armas caían calmadamente de sus brazos paralizados. El genio de César en sus campañas gálicas y germanas levantó una barrera externa que, como un dique, postergó por siglos el fin inevitable, pero que también, como todas las barreras artificiales, cedió cuando el fuerte impulso masculino que la había creado en un principio degeneró en aquel culto a la comodidad, la riqueza, y general debilidad de carácter que representa el ideal de los profetas de la paz de hoy en día. La horda de invasores irrumpió por la fuerza, la lluvia cayó, las corrientes vinieron, los vientos soplaron y golpearon la casa, y ésta cayó porque no estaba cimentada sobre la roca de seguridad viril, sobre manos fuertes y corazones valientes que defendieran lo que les era querido.

   Nuestros dioses modernos son la comodidad completa, el comercio ininterrumpido, la eliminación de las penurias, la erradicación de todas las asperezas de la vida; pero, ¿pueden estas cosas liberarnos si logramos erigirlas como objeto de culto? Afortunadamente aún no podemos hacerlo. Podemos, si lo deseamos, cerrar nuestros ojos ante las vastas masas de personas ajenas a nuestra civilización, que son ahora impotentes porque nosotros todavía tenemos un mayor desarrollo material y retenemos las virtudes combativas masculinas que constituyen su principal posesión; pero aun si no los tenemos en cuenta, ya la tierra tiembla bajo nuestros pies con una amenaza física de destrucción proveniente del interior, contra la cual la única seguridad radica en una constante presteza para la contienda. En las rivalidades de las naciones, en la acentuación de las diferencias, en los conflictos de ambiciones se encuentra la preservación del espíritu marcial, que por sí solo es finalmente capaz de sobreponerse ante las fuerzas destructivas que desde el interior y el exterior amenazan con hundir todo lo que se ha ganado durante siglos.

   El hecho de que Estados Unidos se convierta en una potencia naval de verdadera significación, con ambiciones externas claramente definidas por las necesidades de su posición interoceánica, no puede ser visto como la única, ni siquiera como la principal garantía de paz universal. Tampoco lo es la cooperación cordial de los pueblos afines que el futuro pueda tener deparado para esta nación y Gran Bretaña. No es en la armonía universal, ni en los caros sueños de paz permanente, donde descansan ahora las mayores esperanzas del mundo, tan comprometido en el destino de la civilización europea. Se fundamentan más bien en la competencia de intereses; en ese revitalizador sentido de nacionalidad que constituye el verdadero antídoto para lo que tiene de malo el socialismo; en la celosa determinación de cada pueblo para sostenerse antes que nada a sí mismo, de la cual es un síntoma claro la corriente de protección que se ha despertado en todo el mundo, sea o no un error económico; en estos estremecedores sonidos que indican que no existe el peligro inmediato de que los pueblos dominantes conviertan sus espadas en arados se puede oír la promesa cierta de que la decadencia aún no ha tocado la estructura majestuosa erigida por tantos siglos de valiente lucha. En esta misma lucha fecunda; Estados Unidos será indudablemente guiado por intereses innegables e instigadas afinidades nacionales a tomar parte, a desechar la política de aislamiento que le fue apropiada en su infancia, y a reconocer que mientras que alguna vez fue esencial para el desarrollo de su individualidad evitar el problema europeo, asumir ahora su parte del empeño de Europa es sólo asumir una tarea inevitable, una cuota designada en la tarea de defender los intereses comunes de la civilización. Con un estremecimiento instintivo, nuestra vertiente del Pacífico y las colonias de Gran Bretaña en el mismo mar han sentido la amenaza que competentes europeos han visto en las prolíficas multitudes del centro y norte de Asia, mientras que su desbordamiento hacia las islas del Pacífico demuestra que la corriente migratoria puede dirigirse no sólo hacia el occidente por tierra sino hacia el oriente por el mar. Sin embargo, no me preocupa investigar los detalles de un gran movimiento, que de hecho puede no llegar nunca, pero cuya posibilidad en las condiciones existentes cobra gran importancia hacia el horizonte del futuro, y contra el cual la única barrera será el espíritu belicoso de los representantes de la civilización. Suceda lo que suceda, el poderío marítimo desempeñará en esos días el papel sobresaliente que ha tenido en toda la historia, y Estados Unidos deberá ser, por su posición geográfica, una de las fronteras de las que, como si se tratara de una base de operaciones, se nutrirá el poderío marítimo del mundo civilizado.

   Si la humanidad se siente entonces preparada, se harán preparativos para esta eventualidad aparentemente remota, gracias a un reconocimiento práctico de las condiciones existentes en el momento presente —similares a las mencionadas en la introducción de este artículo— y al actuar basados en tal información. El control del mar por medio del comercio marítimo y la supremacía naval representa una influencia predominante en el mundo, porque, independientemente de la cantidad de riqueza que produzca la tierra, nada facilita los canjes necesarios como lo hace el mar. La verdad fundamental en lo que concierne al mar —tal vez sería mejor decir el agua— es que constituye el gran medio natural de comunicación. Es improbable que, como ocurrió en algún momento, el control vuelva a ser ejercido alguna vez por una sola nación. Para lograr tal control es necesario competir, tal vez luchar, como se lucha por los intereses más triviales de la tierra. Siendo el mar la mayor de las recompensas por las que se enfrentan las naciones, servirá también, como otros intereses en conflicto, para mantener viva esa disposición a la decidida persistencia y a la vigorosa emulación que representan la esencia de la sociedad de los Estados civilizados, cuya unidad se puede encontrar, no en una identidad perfecta de condiciones —el ideal del socialismo— sino en un criterio común de ideas morales e intelectuales.

   Así mismo, en medio de todo lo que comparten las naciones de la civilización europea, existen, como es universalmente reconocido, ciertas diferencias radicales de temperamento y carácter, que tienden a dividirlas en grupos que muestran las marcadas afinidades características de los pueblos con un origen común. Cuando, como ocurre con frecuencia en tierra firme, los miembros de estos grupos están geográficamente cerca unos de otros, la sola proximidad parece, como sucede con los polos eléctricos similares, despertar rechazos que conducen a que las discrepancias políticas constituyan la regla, y la unión política la excepción. Pero cuando, como en el caso de Gran Bretaña y Estados Unidos, las fronteras son remotas, y el contacto —a excepción de Canadá— demasiado escaso para causar fricción política, la preservación, progreso y predominio de la raza pueden perfectamente convertirse en un ideal político que puede ser favorecido por la unión política, que a su vez debería apoyarse, primordialmente, no en tratados hábilmente elaborados, sino en el afecto natural y en un claro reconocimiento de beneficio mutuo que surja del trabajo conjunto. Si el espíritu existe, el ingenio de la raza no pasará por alto el proveer la maquinaria necesaria para su funcionamiento, y en el control del mar, el benéfico instrumento que nos separa para que podamos ser mejores amigos, radicará el objeto que ni el uno ni el otro pueden manejar, pero que no puede ser mayor que las energías unidas de la raza. Cuando, si alguna vez ocurre, se produzca una alianza anglo-americana, naval o de otra índole, es de esperar que venga como resultado de un impulso popular irresistible y no de un plan impuesto por la astucia de los estadistas, no importa qué tan ingeniosamente elaborado sea éste.

   Sin embargo, creo que podemos descartar la creencia, formulada a menudo, y hábilmente defendida por Sir George Clark, de que tal apoyo mutuo tendería en el futuro a liberar al comercio marítimo en general de los hostigamientos que ha sufrido hasta ahora en tiempos de guerra. Trataré de ser especialmente claro al establecer mis puntos de vista a este respecto, en parte porque a algunas personas pueden parecerles retrógrados, y también porque a otros les puede parecer que contradicen lo que he dicho anteriormente, al tratar este tema en forma más extensa y sistemática.

   La alianza que, bajo una forma u otra —ya sea como liga naval según Sir George, o como tratado formal, según Mr. White— es sustentada por los dos escritores, se ocupa en últimas y principalmente de la contingencia de una guerra. Es verdad que una característica principal de ambas propuestas es promover la buena voluntad y prevenir las causas de desacuerdo entre las dos partes contratantes; pero aun la lucha por este objetivo se da en su mayor parte para que puedan prestarse un sólido apoyo mutuo en caso de que se presenten dificultades con otros Estados. De esta manera, incluso la guerra puede prevenirse con más seguridad; pero si ocurriera, los encontraría a ambos unidos en el océano, y en consecuencia totalmente fortalecidos en tal posición; por tanto, poseedores de aquel dominio de la situación general que el mar siempre ha conferido a sus amos incuestionados. Pienso que si se acuerda la unión de los ánimos y de los dominios, la supremacía se logrará como consecuencia lógica. Pero si se goza de supremacía, ¿entonces por qué conceder a un enemigo exenciones para su comercio? Aunque en otras instancias modera su posición, Sir George Clarke dice: "Ni Gran Bretaña ni Norteamérica pueden ver en el comercio de otros pueblos un incentivo para atacar?". ¿Por qué no? En primer lugar ¿para qué existen las marinas de guerra? Obviamente no existen con el mero propósito de atacarse unas a otras para lograr lo que Jomini llama "la gloria estéril" de luchar batallas con el fin de ganarlas. Si como se acepta generalmente, las flotas tienen como finalidad la protección del comercio, la consecuencia lógica es que durante la guerra tengan como objetivo privar a sus enemigos de ese gran recurso. No es fácil tampoco concebir la gran aplicación militar que ellas pueden promover, que en modo alguno se compara con la protección y destrucción del comercio. De hecho Sir George lo ve así, ya que en otras ocasiones dice: "Sólo guiados por el interés de causarle un gran perjuicio a un enemigo, y teniendo en la mira la precipitación del tema de la guerra, se puede justificar la destrucción del comercio". Sin embargo, creo que Sir George no aprecia toda la importancia de esta hipotética concesión, y ni él ni Mr. White parecen reconocer la inmensa importancia de la destrucción del comercio como tal.

   El error de ambos, creo yo, radica en no mantener claramente en la mira —algo que ambos ciertamente entienden perfectamente— la diferencia entre la guerre-de-course, que no es decisiva, y la destrucción del comercio (o la obstaculización del comercio) a través de un control estratégico del mar ejercido por flotas poderosas. La prosperidad de algunas naciones más que la de otras, pero todas más o menos naciones marítimas, depende de su comercio marítimo, y probablemente depende más de éste que de cualquier otro factor. Ya sea bajo su propia bandera o bajo una bandera neutral, ya sea a través del comercio extranjero o del comercio costero, el mar es el mayor don de un Estado tal, y en cualquiera de las formas, su transporte marítimo está a merced de un adversario decisivamente superior.

   Será entonces de esperar que tal enemigo renuncie a tal ventaja, ¿que insista en invertir sangre y dinero en la lucha, o dinero en el esfuerzo vano de mantener una flota que, no teniendo un enemigo contra quién luchar, mantenga también sus manos apartadas de un medio tan obvio de debilitar al adversario y forzarlo a alejarse de sus puertos? En las guerras francesas la flota de Gran Bretaña no sólo protegió su propio comercio, sino que también aniquiló al del enemigo; y ambas condiciones —no una solamente— fueron esenciales para su triunfo.

   Es debido al poderío marítimo de Gran Bretaña, —aunque es aún superior, ha declinado con relación al de otros Estados y ha dejado de ser supremo— que esta nación ha sido inducida a admitir ante los países neutrales el principio de que la bandera protege los bienes. Esta concesión se ha logrado gracias a una relativa debilidad, o posiblemente se debe a un humanitarismo mal entendido; pero, cualquiera que sea el caso, beneficia totalmente al neutral y va en menoscabo del beligerante más fuerte. La única justificación política de que esta última nación se rinda, es que ya no puede, como lo hacía anteriormente, soportar la carga adicional de la hostilidad si el neutral llega a aliarse con el enemigo. En otra ocasión he dicho que el principio de que la bandera protege los bienes está asegurado para siempre, queriendo decir con eso que, hasta donde llegan los indicios presentes, ninguna potencia sería suficientemente fuerte en el mar como para sostener lo contrario por medio de las armas.

   De la misma manera se puede asegurar con absoluta certeza que la concesión de inmunidad a lo que en forma irreflexiva se llama la "propiedad privada" de un enemigo en el mar nunca será concedida por una nación o alianza de naciones que confíen en su propio dominio en el mar. Éste ha sido el sueño de las naciones belicosas más débiles que hayan participado en guerras marítimas en todos los tiempos; y sus argumentos para sustentarlo, plausibles a primera vista, son muy apropiados para ejercer presión según su punto de vista. Ese ladrón de primer orden, el primer Napoleón, quien de manera tan despiadada y exhaustiva llevo consigo el principio de la guerra sosteniéndola hasta las últimas consecuencias lógicas, y quien aun en tiempos de paz careció de escrúpulos para acuartelar sus ejércitos en países que había sometido, manteniéndolos con lo que, después de todo, era simplemente propiedad privada de extranjeros, aún él es muy elocuente, y aparentemente muy convincente, cuando compara la incautación de bienes en el mar, tan fatal para su imperio, a la incautación de un carruaje que transita por una carretera del interior.

   Subyace en todos estos argumentos, bajo la aparente plausibilidad, no tanto una confusión de pensamientos como una omisión al no reconocer una diferencia esencial de condiciones. Aun en la costa la protección de la propiedad privada radica en el simple principio de que la agresión no debe ser desenfrenada: no debe ser infringida cuando el fin a lograr es trivial, o demasiado desproporcionada al sufrimiento causado. Por esta razón la propiedad privada no embarcada por una empresa comercial es respetada en las guerras marítimas civilizadas. Por el contrario, como todos sabemos, la costumbre terrestre no es de ninguna manera invariable, y la propiedad privada recibe escasa consideración cuando su apropiación o destrucción favorece los propósitos de un enemigo. El hombre que recorre penosamente un camino, garrote en mano, puede exigir para su garrote todo el carácter sagrado que la civilización confiere a la propiedad; pero si lo usa para fracturarle la cabeza a su vecino, el respeto por su propiedad, como tal, desaparece rápidamente. Ahora bien, la propiedad privada que se transporta por mar participa de la manera más vital en la promoción de la fortaleza y recursos de la nación que las maneja. Cuando tal nación participa en una contienda, la llamada propiedad privada transportada por los mares sostiene el bienestar y resistencia de la nación que está en guerra, y en consecuencia lesiona al oponente hasta un punto que excede todas las otras formas de poderío nacional. En estos tiempos en que existen los corresponsales de guerra, la mayoría de nosotros estamos familiarizados con la idea de que un ejército dependa de sus comunicaciones; y sabemos, tal vez en forma vaga, pero aun así lo sabemos, que amenazar o afectar las comunicaciones de un ejército es uno de los ardides estratégicos más comunes y efectivos. ¿Por qué? Porque cuando un ejército es separado de su base languidece y muere, y cuando es amenazado con tal perversidad debe luchar sin importar las desventajas. ¿No es claro que en la potencia de un Estado marítimo el comercio marítimo ejerce la función precisa de apoyo que las comunicaciones de un ejército le suministran a éste? Los ataques al comercio son ataques a las comunicaciones del Estado; ellos obstaculizan su fortalecimiento, acaban con su vida, cortan su poder de raíz, y reducen sus recursos de guerra. Mientras la guerra continúe siendo un triste pero inevitable factor de nuestra historia, la esperanza de que nuestro comercio pueda verse liberado de sus operaciones es ilusa, ya que en realidad los ataques contra el comercio son los más mortales que puedan asestarse. Tampoco existe ningún otro entre los usos tentativos de una armada, como por ejemplo los bombardeos de los pueblos en los puertos de mar, que no sea de por sí más cruel y menos científico. Un bloqueo como el impuesto por la Marina de Estados Unidos durante la Guerra Civil es evidentemente sólo una fase especial de la destrucción del comercio; y sin embargo, sus resultados son inmensos, más aún, decisivos.

   Cuando un esfuerzo se malgasta en la ineficaz diseminación de la guerre-de-course, en vez de concentrarlo en una gran unión para controlar el mar, la destrucción del comercio incurre justamente en el descrédito del esfuerzo mal encaminado. Es una deducción lógica de analogía, que dos ejércitos contendientes podrían también ponerse de acuerdo para respetar mutuamente sus comunicaciones, como lo hacen dos estados beligerantes para garantizar la inmunidad al comercio libre.

CAPÍTULO V
El futuro en relación con el poderío naval estadounidense
JUNIO, 1895

   El hecho de que en el lapso de los últimos doce años, la armada de Estados Unidos hubiera de ser casi totalmente reconstruida sobre bases más modernas, no es por sí solo un hecho que debería provocar comentarios o dar origen a cuestionamientos acerca de su carrera o campo de acción futuros. Si este país necesita, o alguna vez llega en modo alguno a necesitar, una marina de guerra, indiscutiblemente en 1883 había llegado la hora en que los anticuados y toscos barcos de ese entonces, especialmente los condecorados pero desgastados sobrevivientes de la guerra civil, debieron haber dejado las filas, aceptar un merecido retiro o una disolución inevitable, y permitir que su lugar fuera ocupado por otras naves capaces de realizar las tareas para las cuales ya ellos no eran adecuados.

   Por tanto, es improbable que bajo esta nueva creación de la armada —porque de esto se trataba en realidad— existiera una causa más profunda que la necesidad urgente de poseer instrumentos totalmente adecuados para el trabajo que las naves de guerra están llamadas a realizar. Era necesario efectuar esta tarea si se esperaba que la flota nacional fuera algo más que la débil caricatura de una potencia naval; algo más que una costosa efigie de paja. Pero, coincidencialmente con el proceso de reconstrucción, en el desarrollo del nuevo servicio se ha concentrado un grado de atención mayor aun que el que pueda atribuirse a la voraz curiosidad de esta época de gacetistas y entrevistadores. Esta atención es abiertamente renuente y hostil en algunos lugares, en otros es amistosa y además expectante, revelando en ambos casos la impresión latente de que existe algo en común entre la apariencia de un recién llegado y la época en la que estamos entrando. Sin embargo, si existe tal coincidencia, ella no es indicio de un propósito deliberado, sino del comienzo de un cambio de condiciones económicas y políticas en todo el mundo, con el que, hablando en términos generales, el poderío en el mar será estrechamente asociado; de hecho no como la causa, ni siquiera básica como un resultado, sino más bien como la principal característica de las actividades que dejarán de ser básicamente internas, y que se harán cargo ellas mismas de intereses más amplios que tienen que ver con las relaciones de los Estados a lo largo del mundo. Y es preciso en este punto en donde se dividen las diferentes líneas de opinión. Aquellos que sostienen que nuestros intereses políticos se limitan a asuntos que ocurren dentro de nuestras propias fronteras, y no están dispuestos a aceptar que las circunstancias nos pueden forzar en el futuro a la acción política sin tenerlos en cuenta, ven con disgusto y suspicacia el crecimiento de una institución cuya existencia misma es un indicio de que las naciones tienen tanto deberes como derechos internacionales, y que surgirán conflictos internacionales ante los cuales no seremos menos impotentes que los estados que nos han precedido en la historia, o aquellos que son nuestros contemporáneos. Por el contrario, otros que ven las condiciones y signos de estos tiempos, y las actividades extraterritoriales en las que se han embarcado los estados extranjeros con tanto ahínco y ambición, sienten que la nación, aunque muy contra su deseo, puede llegar a verse implicada en controversias similares a las que causaron fricciones tan serias hacia la mitad del siglo, pero que fueron consideradas por la generación que las vio nacer como demasiado remotas como para preocuparse por ellas, y ciertamente totalmente fuera del alcance de su capacidad de influencia.

   Los credos religiosos que se ocupan de las verdades eternas pueden tener una cierta posibilidad de que sus dogmas permanezcan; sin embargo, hemos sido testigos de las vergüenzas por las que han pasado algunas instituciones religiosas y que se han originado por la tradicional adherencia a fórmulas puramente humanas que reflejan las percepciones de los hombres que las expresaron en tiempos pasados. Pero los credos políticos que de hecho se ocupan principalmente de las condiciones transitorias y cambiantes de un mundo que continuamente llega a su fin no pueden exigir credibilidad imperecedera, excepto cuando expresan, no la política de un día, sino los inmutables mandamientos de la honradez. Y porque el camino de la honradez ideal no es siempre fácil y factible, porque la conveniencia, la política, la elección de lo menos maligno debe en ocasiones ejercer el control, porque las naciones, al igual que los hombres, ocasionalmente tendrán diferencias honestas pero irreconciliables sobre qué es justo o injusto, surgirán disputas sobre las que no se pueden lograr acuerdos y que exigirán recurrir a la fuerza, ese factor que más que afectar las relaciones entre los estados sirve de apoyo a la seguridad de la sociedad civil. En su época, Washington, con su equilibrada inteligencia, lo vio así con absoluta claridad; Jefferson no quiso o no pudo verlo. Entre sus convicciones políticas Jefferson tenía una arraigada predisposición contra la existencia de una marina, originada en su exagerado temor por las fuerzas militares organizadas como factor político. Aunque poseído por una pasión de anexar territorios que dominó gran parte de su acción política, determinó que el límite geográfico del país no debería exigir el mantenimiento de una armada. Pero el destino, irónico en este aspecto como en otros de su administración, lo forzó a reconocer que, a menos que adoptara una política de total aislamiento y aun en ese caso no era necesario adquirir territorios allende el mar para enfrentar serias complicaciones internacionales que podían haberse evitado mucho más fácilmente si hubiera existido una armada imponente que pudiera representar el pensamiento de la nación, y forzara al adversario a reconocer que su proceder no era apropiado y a entender lo que para Estados Unidos era un error.

   La diferencia de condiciones entre Estados Unidos de hoy y de comienzos de siglo ilustra claramente cuán necesario es evitar la aceptación implícita de precedentes cristalizados en máximas y buscar principios expeditos que justifiquen, totalmente o en parte, la política de una generación, pero cuya aplicación puede asegurar una forma de actuar muy diferente a una generación posterior. Por lo que toca a Norteamérica, cuando empezó el siglo Estados Unidos era no sólo la potencia continental que es ahora, sino una entre varias cuyo poder era más o menos igual; tenía con ellas diferencias por conflictos de interés y además existía una condición que ha sido comúnmente reconocida como algo que crea particular propensión a originar roces políticos, el contacto geográfico. Los intereses de dos naciones pueden dar lugar a choques en lugares del mundo apartados de ambas, pero éstos se dan con mayor frecuencia y causan mayor resentimiento cuando el objeto de la disputa está cerca, especialmente a lo largo de una frontera artificial, donde los habitantes de las dos tienen contacto directo con lo que ocasiona la fricción. Por tanto, el objetivo natural y apropiado del gobierno de entonces era suprimir las fuentes de dificultad, poniendo a todo el territorio en cuestión bajo nuestro propio control, hasta donde pudiera hacerse por las vías legales. En consecuencia, se siguió un curso de acción tal como el que hubiera seguido un Estado continental europeo en las mismas circunstancias. Con el fin de lograr la posesión del territorio en que estabamos interesados, negociamos, maniobramos y amenazamos; y aunque los métodos de Jefferson eran suficientemente pacíficos, pocos serán proclives a sostener que se distinguían por un exceso de escrúpulos, o aun por fidelidad a sus propias convicciones políticas. Desde un punto de vista altamente moral, la adquisición de Luisiana bajo las condiciones de ese momento —comprar el territorio a un gobierno que no tenía ningún derecho de venderlo, desafiar la reconvención hecha por la potencia que lo había cedido bajo la condición expresa de que no debería ser vendido y que no era suficientemente fuerte como para imponer su justo reclamo ya fuera ante Napoleón o ante nosotros mismos— se reduce en sí misma a una elección entre el engaño y la violencia como los medios menos repulsivos de alcanzar un fin que era en sí mismo deseable y correcto. Por otra parte, el esforzado intento de interpretar las cosas de manera que Florida Occidental se ofreciera como parte del negocio, tampoco le dio un tono más atractivo a la transacción. Como asunto político, sin embargo, no hay duda de que nuestro gobierno fue más sabio, y la transferencia, así como también la incorporación del territorio, se facilitó por la escasez de la población en aquella región. A pesar de nuestro amor por la libertad, no es probable que se sintieran muchos remordimientos por las inclinaciones políticas en lo relativo a su cambio de parecer. Cuando se trata de asuntos de gran importancia para la nación o para el mundo, los deseos, los intereses o los derechos legales de las minorías deben ceder, y en ello no se da una injusticia mayor que la que pueda haber frente a una mayoría obtenida por votación.

   Mientras la necesidad de la expansión continental ejerció presión sobre los estadistas de la era de Jefferson, los asuntos relacionados con intereses más distantes fueron debidamente aplazados. El dedicarnos de lleno a considerar temas de interés más que remoto, ya fuera por el momento o por el lugar, cuando asuntos de tanta importancia estaban pendientes, habría conllevado a una dispersión de atención y poder, hecho tan de lamentar en la habilidad de un estadista como en las operaciones de guerra. Sin embargo, mientras el gobierno del momento habría evitado gustoso tales complicaciones, descubrió, como lo han hecho los estadistas de todos los tiempos, que si existen intereses en el exterior, no importa cuál sea su carácter, no se los puede ignorar, como tampoco se pueden ignorar, dentro de un margen de seguridad, las medidas que dicta la prudencia para su protección. Sin ambiciones políticas fuera del continente, la iniciativa comercial del pueblo causó un violento antagonismo entre nuestros intereses y los indiscutibles y vitales intereses de estados extranjeros beligerantes. Entenderemos en forma totalmente errada las lecciones de 1812 y las de los eventos que las causaron, si no logramos ver que las cuestiones en disputa involucraban temas más inmediatamente vitales para Gran Bretaña, en su desesperada pugna de entonces, que lo que representaban para nosotros mismos; y que la mayor parte de sus estadistas y de su gente, de ambos partidos, lo entendía de esa manera. El intento de nuestro gobierno por contemporizar con la dificultad por superar la violencia, apelando a la coerción pacífica en vez de enfrentarla creando una fuerza naval tan fuerte que se convirtiera en un factor de consideración en la situación internacional, nos condujo a una guerra que se habría podido evitar.

   Las condiciones que constituyen la presente situación política de Estados Unidos, en relación con el mundo en general, son fundamentalmente diferentes de las que prevalecieron al principio del siglo. No se trata solamente de un mayor crecimiento o de una mayor extensión. Tampoco de que nuestro país sea más grande, más fuerte, y que haya, por así decirlo, alcanzado la mayoría de edad y esté listo para salir al mundo. Esto representaría una diferencia de grado, no de clase. En lo referente al contacto estrecho con la potencia de las principales naciones del mundo, la gran diferencia entre el pasado y el presente es que entonces estabamos en un verdadero estado de aislamiento político que ya no existe. Este hecho tuvo origen en nuestra posición geográfica —y se agudizó por la lentitud e incertidumbre de los medios de comunicación— y aún más por la profunda preocupación de estadistas extranjeros por cuestiones de importancia ominosa y sin precedentes en el continente europeo. Una política de aislamiento era factible para nosotros en ese momento, pero sólo parcialmente. También era conveniente porque éramos débiles y ella permitía que la individualidad de la nación se afianzara. Excepción hecha de los asuntos relacionados con la navegación por el Mississippi, existían probabilidades de pugna con otros pueblos, y de hecho ésta se dio cuando sobrepasamos nuestras propias fronteras en busca de comercio. Las razones que algunos esgrimen ahora contra nuestra acción política en el exterior podrían haber sido usadas entonces con igual propiedad para atacar nuestras empresas comerciales. Si no deseamos tener problemas, no debemos sobrepasar nuestras fronteras. En realidad, Jefferson —opuesto por principio tanto al comercio como a la guerra— tuvo el acierto de seguir un sistema de embargo lógico. Este no sólo castigaba a los extranjeros y disminuía el peligro de complicaciones internacionales, sino que mantenía nuestros propios buques alejados del peligro; y si bien destruyó el comercio y dio lugar a que reinara el ocio en las calles de Nueva York, tuvo sus compensaciones ya que puso freno a actividades peligrosas en el exterior.

   Pocos, por supuesto, mirarían ahora con serenidad una política, que independientemente de su fundamentación, contemple el apacible retraimiento de esta nación de sus líneas principales de comercio. Sin embargo, en 1807, un gran partido aceptó tal alternativa en vez de luchar, o aun crear una fuerza que podía llevarnos a la guerra, aunque lo más probable es que la hubiera evitado. Independientemente de que tanto lo lamentemos, ¿sería más prudente en el momento ignorar el hecho de que ya no estamos en una posición insignificante o de aislamiento político o geográfico que se asemeje de alguna manera a la situación de la época de Jefferson, y que de estas condiciones diferentes puede surgir para nosotros un dilema similar al que confrontaron él y sus seguidores? No solamente hemos crecido —eso es un detalle— sino que la faz del mundo ha cambiado, económica y políticamente. El mar, que sigue siendo como siempre el gran medio de comunicación entre las naciones, se cruza con una rapidez y una certeza que ha minimizado las distancias. Eventos que dadas las condiciones precedentes habrían sido remotos y de poco interés, suceden ahora a nuestras puertas y nos afectan profundamente. Como se ha visto, la proximidad es una fuente prolífica en roces políticos, pero la proximidad es la característica de esta época. El mundo se ha hecho pequeño. Las posiciones que antiguamente eran distantes han llegado a ser de vital importancia para nosotros por su cercanía. Pero, a pesar de que las distancias se han acortado, siguen siendo distancias marítimas para nosotros, y así parezcan muy cortas, cuando se trata de influencia política, en última instancia debe cruzarlas una armada, instrumento imprescindible por medio del cual la nación puede proyectar su poder más allá de sus costas cuando se presenten emergencias.

   Por tanto, cualquier justificación aparente que se pueda haber dado a la decisión de Jefferson en lo refente a una armada, en las condiciones transitorias de sus tiempos se sustentaba en un Estado de cosas que ya no existe, y que aun entonces fue efímero. La guerra de 1812 demostró la utilidad de una armada, obviamente no por las admirables aunque totalmente infructuosas victorias de un solo barco que ilustraron su curso, sino por la postración en que cayeron nuestras costas y nuestras comunicaciones con el exterior, causadas por la carencia de una armada adecuada al menos a las necesidades del país y a los riesgos a que pudiera estar expuesto. No cabe duda de que la armada cosechó honores en su brillante desempeño en el mar; pero el honor fue únicamente suyo porque los estadistas sólo lograron el desprestigio, ya que teniendo hombres valiosos a su servicio no tuvieron inconveniente en exponer el país a la humillación de ver sus costas saqueadas y su comercio arruinado. Jamás existió un ejemplo que ilustrara mejor lo que Jomini llama "la gloria estéril de combatir batallas con el único fin de ganarlas". El aspecto positivo fue el prestigio que finalmente hizo que el país tomara conciencia de la gran eficiencia del insignificante cuerpo armado que llamábamos nuestra armada, que además demostró lo que el mar podría significar para nosotros, pero nunca se derramó sangre más inútilmente que en las maniobras de las fragatas y balandras en aquel día. Los hechos ni siquiera se asemejaron a los puestos de avanzada y luchas de reconocimiento, a los servicios destacados, que son no sólo inevitables sino invaluables cuando se trata de mantener la moral de una organización militar en la campaña. Se trató simplemente de esfuerzos dispersos, sin relación uno con otro o con cualquier cuerpo militar importante capaz de afectar seriamente los aspectos de la guerra, o, peor aún, cualquier plan de operaciones digno de tal nombre.

   No mucho después de la Guerra de 1812, en el período comprendido entre dos administraciones, ocurrió otro incidente que hizo época en la historia de nuestra política exterior, y que fue de gran significación para nuestra armada: la formulación de la Doctrina Monroe. En ocasiones su alcance y propósito originales han sido curiosamente malinterpretados. En su nombre se han promulgado teorías tan reñidas con las relaciones de los Estados como las hemos entendido hasta ahora, que si se las sustenta seriamente, es de desear —si se buscan definiciones exactas— que quienes las formulen las presenten con otro nombre. No es necesario atribuirle a la Doctrina Monroe un carácter más concluyente que el de otros dogmas políticos con el fin de restar importancia a la aplicación de su nombre a proposiciones que la invalidan o la superan. Deberíamos tener el cuidado de no dejarnos engañar por los nombres, especialmente cuando el error pueda inducir a la creencia popular de que un Estado extranjero está atropellando intencionalmente un principio en cuya defensa se compromete el país. Nosotros nos hemos comprometido con la Doctrina Monroe misma, tal vez no porque de alguna manera asumamos la existencia de obligaciones que no podemos evadir, sino por ciertos precedentes, y por una actitud general, que se ha mantenido en forma consistente, de la que no podemos retractarnos calladamente sin correr el riesgo de causar humillación a la nación. Si se nos desafía seriamente, como nos desafió en México el tercer Napoleón, deberíamos pensarlo antes de negarnos a emular los sentimientos tan noblemente expresados por el gobierno británico cuando, para responder a los emperadores de Rusia y Francia, se negó a abandonar a los esforzados patriotas españoles en manos del gobierno que Napoleón les había impuesto: "Ningún documento formal compromete a Su Majestad con España; pero a su juicio, ante el mundo ha contraído con esa nación compromisos no menos sagrados y no menos obligantes que los más solemnes tratados". Es posible que tengamos que aceptar ciertos corolarios que pueden parecer el resultado natural de la Doctrina Monroe, pero de ninguna manera estamos comprometidos con algunas propuestas a las que recientemente se les ha puesto su nombre. Es posible que tales propuestas encierren una política sólida, más aplicable a las condiciones actuales que la misma Doctrina Monroe y por tanto destinadas a sucederla; pero no son la misma cosa. Existe, sin embargo, algo en común entre la una y las otras. Reducida a su más simple exposición, despojada de toda deducción natural o forzada, la Doctrina Monroe, si no fuera una mera abstracción política, formuló una idea que en última instancia se podría hacer efectiva solamente por conducto de una armada; ya que su esencia, en realidad, era que el país tenía en ese tiempo intereses distantes en la región, intereses políticos de mayor importancia en el destino de territorios extranjeros, que tenían como característica distintiva el ser asegurables sólo por el mar.

   Como la mayoría de las etapas en el progreso de una nación, aunque resultado de un incidente político particular la Doctrina Monroe. No fue una medida desconectada del pasado; fue más bien parte de su evolución. Tuvo sus antecedentes en sentimientos que surgieron antes de nuestra Guerra de Independencia, y que en 1778, aunque necesitábamos desesperadamente una alianza con Francia, hallaron expresión al estipular que ese país no debería intentar recobrar a Canadá. Ni en ese momento, ni en 1783, se extendió ese mismo celo a las Floridas que fueron cedidas por Gran Bretaña a España en fecha posterior; y nosotros explícitamente expresamos nuestro consentimiento ante la conquista de las Indias Occidentales Británicas por parte de nuestros aliados. Desde entonces hasta 1815 no se hizo ninguna demostración contra la transferencia de territorios en las Indias Occidentales y el Mar Caribe de manos de un beligerante a otro. En la actualidad sería difícil ver tal indiferencia, aunque la posición directamente involucrada fuera poco significativa en sí misma, ya que lo que estaba en juego era un asunto de principios, de consecuencias, tan difícil de lograr como el impuesto implementado por Hampden para la construcción de buques de guerra.

   Sobrepasa la competencia profesional de un funcionario naval el averiguar hasta qué punto nos llevaría lógicamente la Doctrina Monroe misma, o hasta qué punto se puede desarrollar, en el momento o más adelante, mediante el reconocimiento y la definición de otros intereses nacionales, formulando de esa manera una visión más amplia del necesario radio de acción de nuestra influencia política. Es suficiente citar su formulación como un hecho, y advertir que se trató de la expresión de un gran interés nacional y no sólo de una manifestación de simpatía popular hacia los revolucionarios suramericanos, ya que, si se hubiera tratado de esto último, indudablemente habría resultado tan ineficaz y efímera como suelen serlo las declaraciones que despiertan ese tipo de emociones. De generación en generación nos han conmovido los sufrimientos de los griegos, los búlgaros y los armenios a manos de Turquía; pero como nosotros mismos no hemos sido lesivamente afectados; nuestros sentimientos no nos han movido a actuar, y por esa misma razón han sido efímeros. No estamos más exentos que otras naciones de la sentencia que enunció Washington sobre lo absurdo de esperar que las naciones actúen en forma desinteresada; el estadista enunció esta profunda verdad cuando su propia conciencia estaba insensibilizada por las amargas frivolidades de la Alianza Francesa en 1778 y los años siguientes, y por las extravagantes exigencias que le impuso el Directorio a tal alianza durante su período presidencial. No es por ser benévola o egoísta como la expresión de un interés pasajero, sino por haber expresado un principio perdurable de interés propio, que la Doctrina Monroe ha mantenido su vitalidad y tan fácilmente ha servido para expresar la intuición del sentir nacional sobre diversos sucesos allende el mar. Cuando tomó su nombre, este principio iba dirigido contra una temida intervención en los asuntos estadounidenses, que no dependía de un verdadero interés europeo en el territorio involucrado, sino de un acuerdo puramente político entre ciertas grandes potencias y que era en sí mismo el resultado de ideas que en ese momento estaban por desaparecer. Por tanto, en su primera aplicación se trataba de una confesión de que existía el peligro de complicaciones con Europa, en condiciones que provocaban mucho menos los intereses europeos que las que prevalecen y continuamente se acrecientan en el presente. Sus consiguientes aplicaciones han sido muchas y diversas, y los incidentes que las han originado han sido cada vez más importantes, llegando hasta el presente con el crecimiento de Estados Unidos que se ha convertido en una gran potencia en el Pacífico, y hasta el futuro inmediato con su probable dependencia de un canal ístmico para poder disfrutar del más copioso y libre intercambio entre sus dos litorales. En la elasticidad y flexibilidad con que el dogma se ha adaptado a condiciones variantes, más que en la estricta redacción de su formulación original, se puede ver la característica esencial de un principio viviente; específicamente el reconocimiento de que no sólo los intereses de los ciudadanos como individuos, sino los intereses de Estados Unidos como una nación, están muy relacionados con los de regiones allende el mar, que no son parte de nuestro dominio político, y en las que, por tanto, dadas ciertas circunstancias imaginables, podemos vernos forzados a tomar acción.

   Es importante reconocer esto, ya que contribuirá a eliminar el error de una afirmación frecuente y hasta cierto punto engañosa: que Estados Unidos necesita una armada únicamente para la defensa, y a menudo se agrega, a manera de explicación, que es sólo para la defensa de nuestras propias costas. En el momento, en cierto sentido todos deseamos una armada sólo para la defensa. Es de esperar que Estados Unidos jamás busque una guerra a menos que sea en defensa de sus derechos, sus obligaciones o sus intereses necesarios. En ese sentido nuestra política puede ser siempre sólo defensiva, aunque en ocasiones puede forzarnos a tomar medidas que se justifican más por ser ventajosas —la elección del mal menor— que por un derecho incontrovertible. Pero si allende el mar tenemos intereses que una armada pueda tener que proteger, es fácil concluir que ésta tendrá otras cosas que hacer, aun durante la guerra, aparte de proteger la costa; y es bueno agregar como un axioma militar aceptado, que la guerra, independientemente de lo defensivo de su carácter moral, debe librarse en forma agresiva si se espera que tenga éxito.

   Por la seguridad nacional, el correlativo de un principio nacional firmemente sostenido y claramente establecido es no sólo es la voluntad sino el poder para imponerlo. La expresión clara del propósito nacional, acompañada de medios evidentes y adecuados para llevarlo a efecto, es la garantía más segura contra la guerra, siempre y cuando la posición de la nación se sostenga con una consideración imparcial y respetuosa de los derechos y susceptibilidades de otros estados. Por otra parte, ninguna condición es más peligrosa que la de un sentimiento popular latente, propenso a cobrar fuerzas como resultado de un momento de exaltación como el que arrasó con el Norte cuando la bandera fue quemada en Sumter, pero que carece del respaldo de un poderío naval o militar organizado para la acción. Es con respecto a la debida preparación para una contingencia tan remota que las naciones, y especialmente las naciones libres, tienen a menudo deficiencias. Aun así, si no existe la determinación para la prudencia y la persistencia en la acción, a causa de la inevitable frecuencia de cambio en los gobiernos que las representan, parece que las democracias la compensan con el don del instinto, que resulta tal vez del intercambio libre y rápido de pensamiento que la caracteriza, que intuitiva e inconscientemente asimila las verdades políticas, y que en parte prepara para la acción política antes de que llegue el momento de actuar. Probablemente es cierto que la masa de los ciudadanos de Estados Unidos no tiene total comprensión de que la nación tiene intereses políticos vitales allende el mar; y es tal vez más probable que no vean la relación que existe entre ellos y la reconstrucción de la armada. Aun así, los intereses existen y la armada continua creciendo; y en este último hecho radica la mayor garantía de que el mantenerla no pueda causar ninguna alteración de la paz.

   No es entonces el indicio de un propósito político formal, mucho menos de algo parecido a una amenaza, lo que está, a mi modo de ver, a punto de ser reconocido en el desarrollo reciente de la armada. Por regla general las naciones no actúan con la previsión y según los planes preconcebidos que distinguen a muy pocos individuos de la raza humana. Ellas no practican en el campo de tiro antes de desafiar a alguien; si lo hicieran habría menos guerras, como lo comprueba la hoy perdurable paz armada en Europa. Gradual e imperceptiblemente, el sentimiento popular que subyace a la mayoría de los movimientos nacionales duraderos se despierta y rige por incidentes, con frecuencia triviales, pero en general de la misma clase, y cuya recurrencia moldea gradualmente la opinión pública e inspira la acción nacional, hasta que finalmente emerge la firme convicción pública que por sí sola, en un Estado libre, merece el nombre de política nacional. Quizá no vale la pena investigar cuál es el origen de esos sucesos particulares cuya interacción establece una fuerte corriente política en una dirección particular. Algunos verán en la cadena de causa y efecto sólo un capítulo de accidentes que presenta un estudio filosófico interesante, y nada más; otros, igualmente persuadidos de que las naciones no son eficientes para darle forma a su misión en el mundo, encontrarán en ella la ordenación de un soberano Divino que no permite que un individuo o una nación evadan la parte de responsabilidad que les corresponde en el mundo. Pero, independientemente de cómo se explique, ha sido una experiencia común en la historia, que en el gradual devenir de los acontecimientos surja con frecuencia y en forma repentina e inesperada en una emergencia, la llamada de atención para mantener la posición de una nación. Puede ser grato reconocer que existe una creciente disposición de los países civilizados a solucionar tales casos mediante la discusión diplomática ordinaria; pero también es una enseñanza irrefutable del pasado reciente que tal disposición no siempre es suficiente para lograr una solución pacífica. La emoción popular, una vez exaltada, derrumba las barreras de la deliberación calmada, y es sorda a la voz de la razón. También es cierto que, como ocurre en muy buena parte en el manejo de las vidas de los individuos, la consideración de los poderes relativos tiene mucho que ver con los convenios diplomáticos sobre las dificultades internacionales. "La capacidad" al igual que "la voluntad", desempeña un papel importante en las decisiones de la vida.

   Al igual que cada hombre y cada mujer, ningún Estado vive sólo para sí mismo, en un retraimiento político similar al que fue ideal para China y Japón. Todos, deséenlo o no, son miembros de una comunidad, los grandes y los pequeños; y los de la familia europea a la que pertenecemos racialmente, estamos cada vez más en contacto unos con otros alrededor del mundo, con los consiguientes roces de diverso grado. Es un hecho que la mayor rapidez en las comunicaciones, lograda gracias a los vapores, ha forjado en la influencia del poder marítimo en la faz de la tierra una extensión que multiplica los puntos de contacto y enfatiza la importancia de las armadas. La apreciación inteligente de este hecho se manifiesta cada día más y más en la literatura periódica de Europa y en la creciente tensión que ponen los gobiernos extranjeros sobre el brazo de la fortaleza militar; entre tanto la preparación mutua de los ejércitos del continente europeo y las condiciones territoriales legítimamente establecidas hacen que año tras año cada Estado se vuelva más cauteloso antes de iniciar una contienda, y ocasionan allí una estancamiento político, excepto en los asuntos internos de cada país. El campo de acción exterior de los grandes estados europeos en el momento es el mundo, y no se puede dudar que sus pugnas, que hasta el momento no han estado acompañadas por el choque real de las armas, están todavía bajo esa condición que se nos avecina. Coincidencialmente con nuestra propia extensión al Océano Pacífico, que durante tanto tiempo mereció internacionalmente su nombre, ese mar se ha convertido cada vez más en el escenario de los acontecimientos políticos, de las rivalidades y actividades comerciales en las que todas las grandes potencias tienen su parte, incluidos nosotros mismos. Por estas causas, la América Central y del Caribe, que en el momento carecen intrínsecamente de importancia, cobran a su vez gran significación, porque constituirán la puerta de entrada entre el Atlántico y el Pacífico cuando se haya construido el canal ístmico y porque protegen sus vías de acceso. La manifestación de Japón como un Estado fuerte y ambicioso, que se apoya en fundamentos políticos y militares sólidos pero que aún no ha alcanzado una condición de equilibrio internacional estable, indudablemente ha sorprendido al mundo. Además, es un ejemplo insólito de la cercanía en cierto modo repentina y de las relaciones imprevistas que enfrentan los estados modernos, que las islas hawaianas, tan interesantes para los países de la civilización europea desde el punto de vista internacional, estén ocupadas en su mayor parte por japoneses y chinos.

   Así sea de manera renuente, nuestro país necesariamente tiene que ver con todos estos asuntos, porque nuestros intereses evidentes están involucrados en algunos casos directamente y en otros muy probablemente por implicación. En las condiciones existentes, la opinión que nosotros podamos mantener indefinidamente, libre de problemas embarazosos, es difícilmente sustentable. Mientras la guerra pueda estallar entre dos Estados foráneos, lo que en el actual ambiente de incertidumbre internacional puede ocurrir en cualquier momento y en cualquier lugar del mundo, aumentará enormemente las ocasiones de posibles choques con los países beligerantes, y las consiguientes vacilaciones de nuestros estadistas que buscan evitar complicaciones y mantener la neutralidad.

   Aunque la paz no sólo es declarada sino verdaderamente deseada por los gobiernos europeos, ellos no profesan la aversión que nosotros por tradición hemos desarrollado hacia las empresas políticas distantes y las adquisiciones coloniales. Por el contrario, la dedicación de sus actividades e influencias nacionales a expansiones tan divergentes es uno de los hechos más fructíferos de nuestro tiempo, tanto así que su curso está marcado, en el caso de cada Estado, por una tenacidad de las mismas peculiaridades nacionales que caracterizaron la gran era de la colonización, que siguió a la terminación de las guerras religiosas en Europa, y que fue causa de contiendas en todo el mundo en el siglo XVIII. En una nación la acción es principalmente política: la de un gobierno impulsado —por una tradición de vieja data y por su pasión por la administración— a extender la esfera de sus operaciones de manera que se adquiera un campo mayor en donde organizar y dominar, aunque sin dar mucha importancia a las ventajas económicas. En otra, el impulso se origina en la energía ubicua e inquieta de los ciudadanos individuales, cada uno por su cuenta o asociado con otros, motivados principalmente por el deseo de ganancias, pero llevando siempre consigo, supeditada sólo a fines comerciales, la tendencia irresistible de la raza a mandar y a ejercer el comercio, forzando al gobierno nacional a reconocer y asumir las consecuencias de su empresa. Más aún, existe el movimiento cuyo móvil general es principalmente privado y mercantil, y en el que el individuo busca sólo riqueza, con poca o ninguna ambición política, y donde el gobierno interviene básicamente para poder retener el control de sus súbditos en regiones en las que si no fuera por tal intervención ellos llegarían a estar apartados de él. Pero independientemente de la diversidad en las maneras de operar, todos tienen una característica común, todos llevan el sello del ingenio de la nación, lo que demuestra que la variedad de impulsos no es artificial sino natural, y que por tanto, ellos existirán hasta que se logre un acuerdo.

   Es imposible prever cuál será el proceso y cuál la conclusión; pero se sabe con certeza que esa fricción ha sido muy grande en algunos momentos, y que existen asuntos que peligrosamente pasan casi de las comunicaciones de los gabinetes a las disposiciones de los pueblos. Si, por un lado algunos la toman como una lección de que debemos mantenernos alejados de aventuras similares, por otra parte nos advierte que no sólo existen causas de ofensa que pueden surgir en el momento menos pensado causando una ruptura que se extiende a muchas partes del mundo, sino que también existe en el extranjero un espíritu que aún puede desafiar nuestra exigencia de excluir su acción e interferencia en cualquier lugar, a menos que nos encuentre preparados con la fortaleza adecuada para evitarla, o para ejercer la nuestra propia. Entre más civilizado es el hombre, más necesita y más busca territorios para ocupar, y espacios en donde expandirse y en donde vivir. Como todas las fuerzas naturales, el impulso toma la dirección de la menor resistencia; sin embargo, cuando encuentra en su camino una región rica en posibilidades pero que no da frutos debido a la incapacidad o negligencia de sus moradores, la raza o sistema incompetente decaerá, porque desde siempre las razas inferiores han retrocedido y desaparecido ante el persistente impacto de quienes son superiores. El conocido y reciente ejemplo de Egipto viene enteramente al caso. La continuación del sistema existente —si así se le puede llamar— había llegado a ser imposible, no a causa de los egipcios nativos, quienes habían soportado algo similar durante épocas, sino debido a que en ello estaban involucrados los intereses de varios Estados europeos, entre los cuales dos tenían grandes intereses en asuntos económicos del momento y rivalidades tradicionales. Uno de ellos, el más directamente afectado, rehusó tomar parte en la intervención propuesta, y el resultado fue que el otro no abandonó la empresa sino que la llevó a cabo por su cuenta y continúa ejerciendo el control político y administrativo del país. Si la empresa original o la presencia continuada de Gran Bretaña en Egipto está enteramente libre de errores técnicos, abierta a las críticas de los moralistas puros, es tan poco relevante en este caso como lo es la moral de un terremoto; la acción general fue justificada por evidentes consideraciones de conveniencia moral, que son benéficas para el mundo en general, y para el pueblo de Egipto en particular, independientemente del partido que ellos hayan tomado en este asunto.

   Pero lo que es muy ilustrativo en este acontecimiento es la inevitabilidad, que tiene en común con la gran mayoría de los casos en los que pueblos civilizados y altamente organizados han violado los derechos técnicos de posesión de los antiguos ocupantes de un territorio, de lo cual constituyen un ejemplo nuestras propias negociaciones con los indígenas Estadounidenses. Los derechos inalienables del individuo merecen un respeto que infortunadamente no siempre reciben; pero en ninguna comunidad existe un derecho inalienable de controlar el uso de una región cuando éste vaya en detrimento del mundo en general, de sus propios vecinos en particular, y en algunas ocasiones hasta de sus propios ciudadanos. Obsérvese, por ejemplo, la presente airada resistencia de los árabes en Jiddah para remediar un estado de cosas que amenaza propagar ampliamente una enfermedad mortífera que sobrepasa los límites de la localidad por la que es engendrada; o las horribles condiciones en las cuales han vivido y viven los súbditos armenios de Turquía. Cuando tales condiciones prevalecen, sólo se pueden prolongar mediante el desapego general o los celos mutuos de los otros pueblos involucrados —como en el caso de Turquía— o porque existe la fuerza suficiente para perpetuar el desgobierno, en cuyo caso el derecho es inalienable sólo hasta que su mala aplicación cause ruina, o hasta que aparezca una fuerza mayor que tome su lugar. En el momento prevalece una condición de inquietud agresiva que todos tenemos que considerar, porque gran parte del mundo todavía está en posesión de salvajes, o de estados cuyo desarrollo político o económico imperfecto no les permite desarrollar, para provecho general, ni siquiera una parte del potencial del territorio, mientras que al mismo tiempo, las abundantes energías de los estados civilizados, tanto de los gobernantes como de los pobladores, enfrentan carencia de oportunidades y escasez de posibilidades para ganarse la vida.

   Es muy evidente que Estados Unidos no comparte esta tendencia. Ésta no afecta sustancialmente a su gobierno ni a su pueblo. Pero la fuerza de las circunstancias ha impuesto al país la necesidad, reconocida por su pueblo en forma práctica y unánime, de asegurarle a los estados más débiles de América —así difieran de ella en sus orígenes raciales y políticos— libertad para desarrollarse políticamente según sus propios lineamientos y capacidades, sin que en ello interfieran gobiernos extranjeros para estos continentes. La tarea es presuntuosa, y apoyándose, no en la filantropía política sino simplemente en nuestros propios intereses inmediatos hasta donde los afecta tal interferencia extranjera, tiene para otros más la naturaleza de un derecho que de un deber. Pero, contemplada desde cualquier punto de vista, la facilidad con que las grandes potencias han cedido hasta ahora ante tal exigencia se ha debido en parte a que no se ha dado importancia a los asuntos que han surgido, y en parte a la gran fortaleza latente de nuestra nación, argumento más que adecuado para sustentar puntos de vista que involucren asuntos de importancia inmediata no mayor que, por ejemplo, las Islas de la Bahía en Honduras o la Bahía de Mosquitos. Es verdad que Gran Bretaña se rindió allí, aunque de manera lenta y renuente; y también es verdad que, hasta donde concernía a la fuerza organizada, esa nación podría haber destruido la armada que teníamos entonces y además habría podido lastimarnos enormemente; pero la importancia considerable del asunto, aunque verdadera, era remota en el futuro, y siendo como era, hizo un pacto político que resultaba más ventajoso para ella que para nosotros. Sin embargo, mientras nuestra exigencia ha recibido un consentimiento tácito hasta ahora, falta saber si continuará imponiéndose en la misma forma en caso de que los estados cuya libertad política de acción apoyamos no tomen pasos más firmes hacia la estabilidad política que los que algunos ya han tomado hasta ahora, y si nuestra propia fuerza naval organizada permanece tan débil, comparativamente, como lo fue y aún sigue siendo. Probablemente es prudente decir que de darse el caso, si tuviéramos la capacidad no toleraríamos que un Estado no americano intentara en este hemisferio una acción como la de Gran Bretaña en Egipto; pero es concebible que, por circunstancias concomitantes, la fuerza moral de nuestra posición pudiera debilitarse frente a un adversario, en cuyo caso nuestro potencial físico de apoyo no debería abrigar ninguna duda para apoyarla.

   Nuestra historia y el carácter de nuestro pueblo dan testimonio de que siempre tratamos de buscar una solución pacífica a cada dificultad que surge; pero hacerlo, no importa qué pasos se tomen en cada caso en particular, nos crea compromisos de nuevas relaciones políticas y puede conllevar a disputas serias con otros estados. Para mantener la política más objetiva, la influencia más razonable, uno de los elementos políticos que por más tiempo ha prevalecido y que sigue siendo uno de los más esenciales es la fortaleza militar, en el sentido amplio de la palabra "militar", que incluye también la armada, no meramente en potencia, como la nuestra, sino un cuerpo organizado y desarrollado, que no es lo que somos en el momento. Es sabio que citemos la advertencia de Washington contra las alianzas intrincadas, pero olvidamos demasiado fácilmente su enseñanza acerca de la preparación para la guerra. El progreso del mundo de un período a otro, en sus manifestaciones siempre cambiantes, es un gran drama político que indudablemente posee unidad en su desarrollo general, pero en el que, como un acto sigue a otro, una única situación puede comprometer, en un momento dado, la atención de los actores. La guerra es simplemente un incidente político violento y tumultuoso en este drama; por tanto, una armada cuya esfera de acción más importante es la guerra, es, en el último análisis y desde el punto de vista menos engañoso, un factor político de extrema importancia en asuntos internacionales, más frecuentemente disuasivo que provocador. Es desde este punto de vista, y según las condiciones de la época y de la nación, que pide y merece el reconocimiento del Estado y que debe desarrollarse en proporción a las posibilidades razonables del futuro político.

CAPÍTULO VI
Estado de preparación para la guerra naval
DICIEMBRE, 1896

   El problema de la preparación para la guerra en tiempos modernos es tan dilatado como complicado. Como en la construcción de un barco, en la que, según un dicho común, el intento de reconciliar requisitos incompatibles ha llevado a un compromiso, que es la más ambigua de todas las soluciones militares —dar algo a cada cual y el todo a nadie—, los preparativos para la guerra involucran muchas condiciones, a menudo contradictorias unas con otras y en ocasiones irreconciliables. Para satisfacerlas por completo entra en juego la capacidad del Tesoro nacional, insuficiente para responder a todas las solicitudes de los representantes de las diferentes fuerzas, cosas éstas que, organizadas en la debida proporción, constituyen un plan completo de política militar nacional, ya sea para el ataque o para la defensa. Incapaz de satisfacer a todos, y con demasiada frecuencia incapaz de decir con franqueza: "Esto es lo primordial, ante esto deben ceder todos los demás, a menos que contribuyan a su mayor eficacia", le quedan dos alternativas: o el péndulo de la voluntad del gobierno oscila de un extremo al otro, o en el intento de ser ecuánimes da a todos menos de lo que piden y menos de lo que en teoría requiere su integridad. En otras palabras, los haberes del Tesoro nacional se distribuyen sin tener en cuenta los asuntos de mayor importancia, sin adoptar una decisión después de haberla sopesado debidamente y sin haberla sustentado con convicción.

   La producción de material para la guerra en condiciones modernas requiere un determinado tiempo que no permite posponerla para el momento en que las hostilidades se hacen inminentes. El poner en el agua un navío de guerra de primera categoría totalmente armado un año después de haber instalado su quilla, como se ha hecho recientemente en Inglaterra, se considera objetivamente como una demostración extraordinaria de los recursos de una nación para la construcción naval; y aun así, faltaría llevar a cabo la instalación de sus baterías y de muchos otros detalles importantes, esenciales para su funcionamiento en el mar. Este período de tiempo no disminuiría en nuestro caso, aunque si hiciéramos nuestro mayor esfuerzo.

   La guerra es sencillamente una jugada política, no obstante su carácter violento y excepcional. Independientemente de lo inesperado de la ocasión que la origine, es el resultado de condiciones precedentes, cuya tendencia general debería hacerse manifiesta con mayor anticipación a los estadistas de una nación, y al menos a la porción reflexiva de la población. Al igual que ocurre con los problemas de la vida diaria, en este tipo de intuición se fincan las mayores esperanzas de lograr la mejor solución, la paz mediante la acción diplomática normal, la paz mediante acuerdos oportunos cuando las mentes de los hombres están serenas y no se ha llegado a la crisis de la agitación causada por las declaraciones incendiarias de una prensa inescrupulosa a la cual el recelo exacerbado del público le representa aumentos de circulación. Pero a pesar de que la preservación de la paz por medio de la previsión sagaz es el laurel del estadista, éste, al no poder lograrla a menos que sea por la fuerza, toma el laurel de su propia corona y se lo entrega al guerrero. Sin embargo, es parte necesaria de su competencia oficial reconocer que tanto en los debates públicos, como en los privados, no es poco usual que exista en ambas partes un elemento de derecho, real o que por tal se lo toma, que evita que cualquier partido se rinda; y que es mejor para los hombres luchar que negarse a sustentar sus convicciones de justicia por amor a la paz. ¡La guerra entre el Norte y el Sur fue verdaderamente deplorable! Pero hubiera sido mucho más lamentable que cualquiera de las dos facciones hubiera desistido y no hubiera sostenido lo que para ella era fundamentalmente correcto. Los hombres pueden rendirse en cuestiones de puro interés material; pueden equivocarse incluso deseando ser honestos; pero su carácter sufre menoscabo cuando sin luchar renuncian a convicciones de derecho, así sean erradas, a menos que lo hagan en circunstancias en las que enfrentan fuerzas imbatibles, y en ocasiones, aun así. La muerte antes que la deshonra es una frase de la que en algunos momentos se ha abusado infamemente, pero que a pesar de esto contiene una verdad vital.

   Proporcionar la fuerza adecuada para conservar los principios de la nación y asegurar su presteza para la acción inmediata en caso de necesidad son responsabilidades del gobierno de un Estado en sus funciones legislativas y ejecutivas. Tal fuerza es un resultado necesario de las condiciones políticas que afectan, o, como se puede prever, tienen en sí la posibilidad de afectar las relaciones internacionales del país. Es un hecho que su existencia y su tamaño son, o deberían ser, el reflejo de la conciencia nacional de que en ésta, aquélla o cualquier dirección radican intereses nacionales claros —de los cuales tiene cada generación una responsabilidad hacia el futuro— o deberes nacionales, igualmente definidos, relacionados con el simple hecho de que el asunto es inminente, como la presencia de Lázaro cuando estuvo a la entrada de la casa del hombre rico. El dilema de cuándo o cómo entrar en una acción que pueda crear hostilidades es realmente vital, porque tiene que ver con los males fatales de la guerra; pero es problema de un momento, del momento último al que se pueda posponer una determinación decisiva y de tan tremendas consecuencias. La preparación para la guerra tiene sólo una relación en lo concerniente a esta determinación: que sea adecuada a la máxima exigencia que se le pueda hacer en el momento y, de ser posible, que apoyándose en la exposición firme de las exigencias que la nación considere justas, resulte tan impositiva que impida su ocurrencia. Tal concepción, así expresada, implica solo defensa, defensa de los derechos de la nación o de los deberes de la nación, aunque tal defensa puede tomar la forma de acción agresiva, única opción segura en la guerra.

   Por consiguiente, lo lógico es que una nación que se propone formar una organización naval o militar adecuada a sus necesidades empiece por considerar, no cuál es el más grande ejército o armada en el mundo con la intención de convertirse en su rival, sino que existe en el estado político del mundo, teniendo en cuenta no sólo los intereses materiales sino la disposición de las naciones. Lo anterior involucra una perspectiva razonable, aunque remota, de las dificultades que puedan resultar insolubles a menos que se trate de solucionarlas por medio de la guerra. El problema es básicamente de carácter político. Sólo cuando se ha llegado a una determinación política, se dispone de la información que permite al menos plantear el problema militar, ya que en este caso, como suele ocurrir, el armamento militar presta sus servicios y se subordina a los intereses políticos y al poder civil del Estado.

   No es el más probable de los peligros, sino el más temible, el que se debe tener en cuenta al calcular el grado de precaución militar que se deba tener en los preparativos militares a partir de ese momento. El menor está contenido en el mayor; si es igual al máximo que se pueda comprender razonablemente, el país puede contemplar tranquilamente la existencia de complicaciones más inminentes pero menos peligrosas. Tampoco se debe negar que al medir el peligro no se debe abusar de la imaginación, que ésta debe estar igualmente distanciada de la confianza excesiva y de los temores exagerados. La advertencia de Napoleón a sus mariscales de no usar mucho su imaginación —de no dar rienda suelta a sus fantasías en lo referente a lo que el enemigo podría hacer, independientemente de las limitaciones a las que estuvieran sujetas las actividades militares— se aplica tan efectivamente a cálculos de preparación, como los que estamos considerando en este momento, como a las operaciones de campaña. Cuando, al darse cuenta de que su propio país depende del mar en forma tan absoluta, los escritores británicos insisten en que la marina británica debe superar a los dos más temibles entre sus posibles oponentes, están proponiendo un argumento digno de un debate serio; pero cuando de dos pasan a tres están asumiendo condiciones apenas posibles y muy apartadas de los límites de la probabilidad de que se afecte la acción práctica.

   De la misma manera se justifica que Estados Unidos, al considerar su necesidad de preparación militar de cualquier clase, considere no sólo el máximo poderío bélico con que un enemigo podría enfrentársele en las condiciones políticas más favorables para sí, sino las limitaciones que condiciones bien conocidas y de naturaleza permanente imponen contra la acción de un oponente. Nuestros únicos rivales en fortaleza militar son las grandes potencias de Europa. Sin embargo, mientras que éstas tienen en el hemisferio occidental intereses cuya solidez radica en su instintiva y manifiesta oposición a la política con la que Estados Unidos se compromete cada vez más y que es motivada por una compulsión interna aparentemente incontenible, en otros lugares tienen que atender a exigencias mayores y más onerosas. Desde 1884, Gran Bretaña, Francia y Alemania han adquirido, posesiones coloniales principalmente en África, cuyas extensiones comprenden desde un millón hasta dos y medio millones de millas cuadradas. Como se comprende comúnmente, esto significa no sólo la adquisición de extensiones muy grandes de territorio nuevo, sino la perpetuación de rivalidades y recelos nacionales, que mantienen en esta época y con todo su vigor las tradiciones de animosidades pasadas. Significa incertidumbres con respecto a las fronteras posesiones coloniales —ese fructífero origen de disputas cuando se examinan a la ligera tierras inexploradas—, recelo de la influencia ejercida sobre los habitantes nativos de la región, temor a las invasiones que ha pasado desapercibido por demasiado tiempo, y por tanto, una constante aunque silenciosa lucha para asegurar el predominio nacional en estas regiones recién descubiertas. La expansión colonial de los siglos XVII y XVIII se está reanudando ante nuestros ojos, trayendo consigo la misma sucesión de ambiciones y sentimientos que se exhibieron entonces, aunque las actuales están mitigadas por los métodos más organizados de estos tiempos modernos y por un recelo mutuo bien definido, resultante de un estado de preparación universal para la guerra, rasgo característico que en nuestra propia era ofrece las mayores garantías de paz.

   Todo esto produce una reacción evidente en Europa, madre patria común de estas empresas, en cuyos mares y tierras debe librarse cualquier lucha que surja de estas causas remotas, y sobre cuyos habitantes deben recaer principalmente los consecuentes gastos y derramamiento de sangre. A estas distantes cargas de inquietud —de las que el escritor reconoce que al asumirlas, hasta cierto punto por decisión propia, se percibe la previsión de la civilización, más instintiva que consciente, contra los peligros del futuro— hay que agregar la ansiedad inminente e inevitable que se deriva de las condiciones en Turquía y sus provincias, resultado lógico de siglos de mal gobierno turco. En materia de distribución política de territorio y estabilidad en la tenencia, las condiciones políticas en los continentes americanos han sido deplorables y hasta cierto punto aún lo son; pero incluso así, el Nuevo Mundo es la estabilidad misma cuando se lo compara con el Viejo Mundo y la turbulenta perspectiva que le espera en lo referente a aquellos problemas suyos que se resisten a ceder.

   En estas controversias que por su naturaleza se clasifican bajo los vastos temas de la expansión colonial y del problema europeo, con excepción de España, están seriamente interesadas todas las potencias mayores de Europa, las que mantienen ejércitos, las que mantienen armadas de consideración y las que tienen las dos cosas. España no manifiesta interés en lo que respecta a la solución de los asuntos en el este de Europa, ni está empeñada en acrecentar su considerable dominio colonial. Esta preocupación de las grandes potencias, que no es artificiosa pero sí necesaria —hecho al que no se le puede dar solución recurriendo a los oficios de la voluntad nacional debido a que su existencia depende de la naturaleza de las cosas— es un elemento legítimo en los cálculos militares de Estados Unidos. No se puede incluir entre sus argumentos diplomáticos, porque nuestra nación se enorgullece de no buscar en los problemas de otros estados ventajas o concesiones que no pueda fundamentar en la sólida justicia de sus requerimientos. Pero, aunque lo anterior es una realidad, Estados Unidos ha enfrentado en el pasado abundantes disputas, en las que, aunque la nación creía estar en lo cierto, hasta el punto de tener un casus belli (acto que puede provocar una declaración de guerra) justo, las contrapartes no han parecido compartir tal convicción. Estas dificultades, en su mayor parte, aunque no únicamente, territoriales por su carácter, han sido el legado natural de la condición colonial a través de la cual este hemisferio imprimió su estilo a su actual estatus político. Su propia percepción de lo legítimo, así haya sido aceptada en el último momento, no ha entrado a demostrar su legitimidad a la otra parte en la disputa. Afortunadamente estas diferencias se han dado principalmente con Gran Bretaña, el colonizador grande y benévolo, el Estado entre el cual y el nuestro ha subsistido una empatía más profunda de lo que las dos partes hayan querido alguna vez admitir, y que se ha mantenido porque se basa en ideales fundamentales comunes de derecho y justicia. La feliz terminación del problema venezolano es sólo el último ejemplo de tal empatía.

   En ocasiones se dice que Gran Bretaña es el Estado más impopular en Europa. Si esto es así —y muchos de sus propios ciudadanos parecen aceptar el hecho de su aislamiento político, aunque con mayor o menor grado de pesadumbre— ¿no significa nada para nosotros el hecho de que nuestra actitud hacia esta nación en el asunto venezolano no haya merecido la simpatía de Europa sino más bien lo contrario? Nuestra exigencia de participar, como por derecho propio, en una disputa que no es originalmente nuestra, y que nos concierne sólo por ser una de las naciones del grupo americano, ha sido rechazada en tonos que no dan lugar a dudas, por órganos de opinión pública que no sienten ningún afecto por Gran Bretaña. No se sabe si algún gobierno extranjero ha asumido la misma actitud; probablemente no ha habido ninguna protesta oficial contra la aparente aceptación de un principio que no compromete a nadie excepto a las partes. ¿Nos damos cuenta nosotros mismos de que nuestra intervención, siendo tan afortunada como ha sido, puede acarrearnos mayores responsabilidades y conductas más serias de las que hemos asumido en el pasado? ¿Que de hecho esto significa —si se puede usar una metáfora militar— ocupar una posición de avanzada, muy posiblemente resultante lógico de otras medidas tomadas en el pasado, pero que de todas maneras implica necesariamente una organización de poderío que nos permita mantenerla?

   Sin usar mucho la imaginación, sin forjar eventos fuera de lo común, no nos es difícil detectar la existencia de condiciones en las que están latentes elementos de futuras disputas, idénticas en principio a aquellas a través de las cuales hemos pasado hasta el momento. ¿Podemos esperar que, desprovistos de la preparación militar adecuada, recibamos de otros estados no imbuidos de nuestros hábitos tradicionales de pensamiento político, y por tanto menos pacientes hacia nuestro punto de vista, el reconocimiento de esencial racionalidad que de él nos ha concedido el gobierno de Gran Bretaña? Este último ha tenido la capacidad de comprender nuestra actitud, no sólo por el prolongado y estrecho contacto e interrelación de intereses entre los dos pueblos, ni por la mera similitud básica de carácter e instituciones. Además de estos aspectos, tan beneficiosos para la comprensión mutua, ese gobierno tiene una vasta y variada experiencia que se remonta a siglos pasados, de la importancia vital que le representan las regiones distantes a sus propios intereses, ya sean los de su pueblo y su comercio, o los de su prestigio político. Gran Bretaña es un país que puede comprender y considerar la determinación de no aceptar la iniciación o continuación de un estado de cosas que tiende a conducir a confusiones futuras, a complicar o aun poner en peligro el bienestar básico. Una nación que se sitúa, como lo ha hecho Gran Bretaña en India y Egipto, difícilmente puede dejar de apreciar nuestra propia susceptibilidad en lo que concierne al istmo centroamericano y al Pacífico, sobre el que tenemos tan extenso territorio; tampoco puede sentirse ajena al interés por el Mediterráneo y al ansioso desvelo con respecto a la progresiva ocupación de sus costas del sur, para comprender nuestra renuencia hacia las ambiciones involucradas en las estrategias de otro hemisferio, así éstas sean remotas e indirectas, ya que las vecindades relativamente pacíficas que rodean al Mar Caribe llevan en sí una amenaza que conmociona la distribución política del poder o de la ocupación territorial que existe en el momento. Cualquier cosa que nuestros intereses puedan requerir en el futuro puede ocasionar dudas, pero resulta difícil ver cómo puede existir alguna duda en la mente de un estadista británico de que nuestro claro interés en el momento, cuando todo está en calma, es ver que desaparezcan todas las posibilidades de problemas que pudieran brotar en un momento menos propicio.

   Tal facilidad para lograr la comprensión, resultado de la experiencia en enfrentar dificultades, está fuertemente sustentada por un sincero deseo de paz, tradicional en un pueblo comerciante que no ha tenido que reprocharse a sí mismo ninguna falta de decisión o tenacidad al asumir y soportar el peso de la guerra cuando ésta se le impone. El "militarismo" no es una tendencia preponderante en Gran Bretaña ni en Estados Unidos; su tendencia comercial y su aislamiento contribuyen a liberarlos de tal interés. Siendo los dos países pugnaces e incluso belicosos, cuando se les incita, la idea en abstracto de la guerra les parece abominable porque interfiere con sus ocupaciones principales y porque sus exigencias son ajenas a su manera de pensar. Decir que cualquiera de ellos carece de susceptibilidad en el terreno del honor sería injusto; pero es necesario aclararles, y la cuestión no radica ni en la desaprobación de exigencias razonables, porque éstas conlleven el renunciar a posiciones asumidas en forma ignorante o apresurada, ni en la mera actitud de adherir a una posición a menos que pueda existir la posibilidad de retroceder por la fuerza. Napoleón I formuló la posición extrema del militarismo cuando dijo: "Si el ministerio británico insinuara que existe algo que el Primer Magistrado no ha hecho porque no se le permitió hacerlo, él lo haría inmediatamente.

   Hablando a través de diversos órganos, Estados Unidos ha dicho ahora, en un lenguaje apenas comprensible, que está resuelto a recurrir a la fuerza, si es necesario, para prevenir la ocupación política o territorial del poderío europeo más allá de sus límites geográficos en los continentes americanos. En cuanto al problema de una disputa por límites fronterizos, ha sostenido que su determinación —que ha dependido de lo que concibe como su política razonable— le exigió insistir en que el asunto debía ser sometido al arbitramento. Si para Gran Bretaña tal posición política representa la expresión de un plan de acción nacional razonable, la preparación y costumbres de sus líderes le permitirán aceptarla como tal, sin ver mayor problema en el efecto que pueda producir en las opiniones de la gente la revelación adicional de que vale la pena luchar por tal plan, y de que se luchará si es necesario. ¿Para ese país sería un asunto de rutina luchar por sus intereses justos si así lo requiriera? ¿Y por qué otro estado no habría de pensar lo mismo? La cuestión —de honor, si se quiere— no es si una nación luchará, sino si sus exigencias son justas. Sin embargo, tal actitud no se identifica con el espíritu de "militarismo" ni está de acuerdo con él; y en naciones saturadas de espíritu militar, la insinuación de que una política será sustentada por la fuerza suscita un cierto problema de honor a cuya sombra se pierde la visión de racionalidad de un plan de acción. A partir de ese momento no se la puede considerar imparcialmente, se le prejuzga por la amenaza, no importa qué tan veladamente se haga ésta. Y ésta es sólo una evolución lógica de sus instituciones. El soldado o el Estado cuyo plan de acción depende en su mayor parte de la fuerza organizada, no puede menos que resentir una insinuación de su incapacidad o renuencia a enfrentar la fuerza con la fuerza. La vida de los soldados y de los ejércitos es su temple, y éste se afecta seriamente cuando siente que retrocede ante una amenaza, así sea superficialmente, mientras que con el debilitamiento de la fortaleza militar cae un elemento de fortaleza política que no tiene análogo en Gran Bretaña o en Estados Unidos, y cuyo principal poder militar no debe nunca radicar en la armada, institución que jamás ha sido tan agresiva como un ejército.

   Estados Unidos ha anunciado ahora que mantendrá por la fuerza una política que puede comprometerlo en enfrentamientos con Estados que tienen antecedentes militares, cuyos intereses les dificulten aceptar nuestra posición, y que se muestren aún menos dispuestos a aceptarla ante la presencia de una amenaza. ¿Qué preparación se requiere en caso de que uno de tales Estados esté tan decidido a rechazar por la fuerza nuestras exigencias como lo estamos nosotros a luchar por ellas?

   Bien entendida, la preparación para la guerra comprende dos aspectos: preparación y estado de preparación. El primero es una cuestión primordialmente material y es constante en su acción. El segundo lleva en sí el concepto de las cosas realizadas a cabalidad. Se está preparado cuando, en un momento dado, los preparativos se han completado; no de otra manera. Puede ocurrir que se hayan realizado muchos preparativos para la guerra y no se esté preparado. Cada detalle de la preparación puede retrasarse, o puede ocurrir que algunos elementos estén perfectamente listos mientras que otros no lo están. En ninguno de estos casos puede decirse que un Estado está preparado.

   En lo que se refiere a la preparación para la guerra es necesario que todos aquellos que reconocen que ésta es una alternativa y desean ver a su país preparado para ella, comprendan que independientemente de la intensión defensiva que ésta pueda tener por su origen o su carácter político, el suponer que la defensa es algo simple representa la ruina. Una vez declarada, la guerra debe ser librada de manera ofensiva, agresiva. Al enemigo no hay que mantenerlo a raya, hay que aniquilarlo. Una vez derrotado se le puede aceptar cualquier reacción, se le puede ceder cualquier cosa que haya ganado; pero mientras no esté postrado debe ser golpeado en forma incesante y sin remordimientos.

   La preparación, como muchas otras cosas, es una cuestión tanto de género como de grado, de calidad y de cantidad. En lo que respecta al grado, las líneas generales sobre las que se determina han sido ampliamente indicadas en la parte anterior de este artículo. La medida del grado es la fuerza con que se calcula que el más fuerte posible enemigo pueda atacarnos, tomando en consideración las desventajas evidentes de su propio poderío bélico impuestas por sus problemas y responsabilidades en otras partes del mundo. El cálculo es en parte militar y en parte político, y el segundo aspecto es el factor predominante en las observaciones preliminares.

   En cuanto al género, la preparación tiene dos caras: la defensa y el ataque. La primera existe principalmente en razón de la segunda, para que ésta, factor determinante en la guerra, pueda valerse de toda su fuerza, libre de las trabas que impone la preocupación por la protección de los intereses nacionales o por recursos propios. En la guerra naval la defensa de la costa por parte del ejército es el factor defensivo; la armada se encarga del ataque. Cuando es adecuada, la defensa de la costa asegura al comandante en jefe que su base de operaciones —los arsenales y los depósitos de carbón— estén seguros. Además, la protección que se proporciona a los centros comerciales principales, lo libera a él y a su gobierno de la necesidad de ocuparse de ellos, y por tanto deja al brazo ofensivo perfectamente libre.

   Cuando se da la defensa de la costa es porque ésta ha sido atacada. ¿A qué clase de ataques están expuestas las costas? Principalmente a dos: al bloqueo y al bombardeo. Este último por ser el más difícil incluye al primero, de la misma manera que lo más grande incluye lo más pequeño. A una flota que tiene la capacidad de bombardear le resulta aún más fácil bloquear. La prevención necesaria contra el bombardeo es un fuego de artillería de tal poder y alcance que una flota no pueda permanecer dentro de su línea de ataque. Cuando las características del área lo permiten, esta condición se logra ubicando la línea de fuego tan lejos de la ciudad involucrada que la distancia de bombardeo sólo pueda lograrse poniéndose en peligro de ser alcanzado por su fuego. Pero se ha demostrado, y se acepta, que debido a su rapidez de movimiento —como una bandada de aves en vuelo— una flota de barcos puede, sin sufrir pérdidas serias, pasar frente a piezas de artillería ante las cuales no podría permanecer quieta. De aquí surge la necesidad de detener o demorar su avance bloqueando los canales, cosa que en la práctica moderna se hace con líneas de torpedos. El solo efecto moral de esta práctica constituye un freno para una pasada rápida, movimiento que cuando se realiza con éxito permite a una flota alcanzar la retaguardia de la defensa, y aparecerse inmediatamente ante la ciudad, que queda entonces a merced suya.

   En consecuencia, la defensa de la costa requiere la fuerza de los cañones y líneas de torpedos colocados como ya se ha dicho. Dicho sea de paso, sólo los lugares de importancia militar o comercial decisiva necesitan tales defensas. Las flotas modernas no pueden darse el lujo de desperdiciar municiones bombardeando pueblos sin importancia, al menos cuando estén tan retiradas de su propia base como lo estarían en nuestras costas. Lo que cuenta en este caso no es tanto el dinero como el mal uso de la potencia combativa. No valdría la pena.

   Sin embargo, aun la defensa de la costa, pese a ser esencialmente pasiva, debe tener un elemento de fuerza ofensiva, local en su carácter y diferente de la ofensiva marítima aunque forma parte de ella. Para tomar la ofensiva contra una fuerza flotante debe estar ella misma a flote; debe ser naval. Este elemento ofensivo de la defensa de la costa se encuentra en el bote torpedero en sus distintos modelos. Debe entenderse claramente que éste es diferente de la flota de alta mar, aunque obviamente es posible que los dos actúen en equipo. Es muy probable que la guerra tome un giro que haga que la armada de alta mar sienta que está mejor preparada para iniciar un movimiento ofensivo cuando se concentra en un puerto marítimo de primer orden. Sin embargo, si tal posibilidad falla en el más mínimo sentido en su defensa de la costa, hará falta disponer de una flotilla local de pequeñas embarcaciones torpederas que con su actividad hagan agobiante la vida de sus enemigos foráneos. Un distinguido almirante británico ya fallecido decía que él creía que la mitad de los capitanes de una flota no resistirían —"se enloquecerían" fueron las palabras citadas— bajo la presión de las condiciones modernas. Por supuesto, tal expresión tenía la simple intención de dar una idea de la magnitud de la ansiedad que habría que soportar. En tal flotilla se encuentra el ambiente más propicio para los voluntarios navales, debido a que sus componentes son tan pequeños y a la simplicidad de su organización y funciones. En ella los voluntarios podrían aprender sus deberes con relativa facilidad y el sistema total es susceptible de desarrollarse rápidamente. Sin embargo, hay que recordar que por su naturaleza es esencialmente de carácter defensivo, y que sólo en casos fortuitos es ofensivo.

   Los principales elementos de la defensa de la costa son cañones, líneas de torpedos y botes torpederos. Ninguno de estos elementos se puede improvisar, a excepción tal vez del último, y de hacerlo sería para usarlo como sustituto provisional. El entrar en detalles exigiría mucho más que un artículo: requeriría un tratado breve. Baste decir que sin los dos primeros las ciudades costeras están expuestas a bombardeos y que sin el último pueden ser fácilmente bloqueadas a menos que reciban el apoyo de barcos de alta mar. El bombardeo y el bloqueo son formas reconocidas de contienda, sujetas sólo a notificación razonable, y tal notificación constituye una concesión que se hace más por humanidad y equidad que por estricto derecho. En la estrecha y complicada red de intereses nacionales y comerciales existentes en los tiempos modernos, los bombardeos y bloqueos dirigidos contra grandes centros nacionales golpean no sólo el punto afectado sino cada rincón del país.

   Como se ha dicho, la ofensiva en la guerra naval es la función de la armada de alta mar, de los barcos de guerra y de los cruceros de diferentes tamaños y para diferentes propósitos, incluyendo los navíos torpederos con capacidad para acompañar una flota sin obstaculizar sus movimientos por pérdida de velocidad o por dificultad para navegar. La capacidad para navegar y una velocidad razonable en cualquier condición climática son cualidades necesarias para todo tipo de navío que forme parte de una flota; pero además de esto, la espina dorsal y la verdadera potencia de cualquier armada son los navíos que por su debida proporción de capacidad defensiva y ofensiva sean capaces de recibir y dar golpes fuertes. Todos los demás apenas son sus subordinados, y existen sólo para apoyarlos.

   ¿Cómo se define esa fortaleza? Los barcos que responden a esta descripción son aquellos que constituyen la solidez naval. ¿Cuál debe ser su grado? ¿Cuál su número? La respuesta —una fórmula flexible— es que deben ser suficientemente imponentes como para navegar en el mar y combatir con posibilidades razonables de éxito, teniendo en cuenta que las más grandes potencias pueden atacarlos, como lo muestran los cálculos previamente indicados. Siendo, como lo sostenemos y como lo justifica nuestra historia, una nación no muy dispuesta a la agresión, reacia a expandir nuestras posesiones o intereses por medio de la guerra, la medida de fortaleza que definamos nosotros mismos depende, necesariamente, no de nuestros proyectos de engrandecimiento, sino de la disposición de otros a obstaculizar lo que nosotros consideremos nuestra política razonable, y que ellos pueden juzgar de manera diferente. Cuando ellos opongan resistencia, ¿con cuál de sus fuerzas bélicas pueden hacerlo? Debe ser con la naval ya que no existe en nuestro país ningún punto expuesto contra el cual se puedan dirigir operaciones terrestres de carácter decisivo. Este es el tipo de fuerza hostil que necesitamos desarrollar. ¿Cuál puede ser su tamaño? En este aspecto radica el alcance de la fortaleza que necesitamos. Los cálculos pueden ser intrincados, la conclusión sólo aproximada y probable, pero tal es la respuesta más cercana que podemos lograr. Tantos barcos de determinados tamaños, tantos cañones, tanta munición, en fin, cierta cantidad de material naval.

   Las provisiones materiales que se han anotado bajo los aspectos de defensa y ataque —la defensa de la costa bajo sus tres requerimientos principales: cañones, líneas estacionarias de torpedos, botes torpederos, y una armada capaz de mantenerse en el mar en presencia de un posible enemigo— constituyen lo que se puede llamar más precisamente preparativos para la guerra. Hasta tanto Estados Unidos no disponga de estos elementos en la cantidad suficiente, estará a merced de un enemigo cuya capacidad naval es mayor. Si su armada no puede mantener al enemigo lejos de la costa, existe la posibilidad de un bloqueo. Si, además, no existen botes torpederos, el bloqueo es fácil. Más aún, si los cañones y las líneas de torpedos son deficientes, el bombardeo se hace posible, e incluso puede llegar a ocurrir. No habrá tiempo para prepararse una vez que la guerra haya comenzado.

   No es la preparación de material el aspecto en que los Estados suelen quedarse cortos con mayor frecuencia ya que tal preparación es principalmente cuestión de dinero y elaboración, no tanto de preservar lo que se ha creado. Si se dispone de suficiente dinero, un grado moderado de prudencia puede asegurar que la cantidad de material que se considere necesario esté disponible en un momento futuro dado, y que pueda mantenerse permanentemente una condición similar. Las pérdidas por deterioro o desgaste, o la exigencia de un mayor incremento, si éste parece deseable, pueden todos predecirse por medio de cálculos razonables; y los requerimientos que de allí se deriven pueden satisfacerse bien. Se trata de algo relativamente fácil porque las cosas puramente materiales, una vez preparadas para la guerra, no dejan de ser útiles a la nación en caso de no ser usadas en forma inmediata. Se las puede almacenar y cuidar en forma relativamente económica, y bajo la supervisión apropiada permanecerán en buen Estado y tan listas para ser usadas como cuando fueron producidas. Existe un margen de pérdidas y un cierto grado de deterioro, pero la regla general se cumple.

   Un aspecto muy diferente se pone de manifiesto en el problema de cómo prepararse para usar este material con la mayor brevedad, —de cómo disponer, sin previo aviso, del suficiente número de ejecutores, sin los cuales el material no tiene valor alguno. En nuestros tiempos tales hombres deben ser especialmente entrenados, y no sólo eso, ya que si bien es cierto que el entrenamiento una vez adquirido no se olvida totalmente —se recuerda por un cierto tiempo—, de todas maneras tiende constantemente a olvidarse; como todos los hábitos, requiere práctica continua. Más aún, se precisa un largo tiempo para entrenar un recluta nuevo; no se trata solamente de la familiaridad con el uso de un arma particular, sino también de las costumbres y funcionamiento de la organización militar de la cual se es miembro. No es suficiente que un hombre se familiarice sólo con la parte de la maquinaria total que le corresponde manejar: debe ser conocedor de las relaciones mutuas entre las otras partes con la suya propia y con el todo, por lo menos en su mayoría. Tal conocimiento es esencial para el cumplimiento total e inteligente de su propio deber, para no mencionar el hecho de que en batalla cada hombre debe estar preparado para tomar el lugar de los de su clase y grado que estén incapacitados. A menos que sea así, el barco estará muy lejos de funcionar a cabalidad.

   Dadas estas circunstancias, se requiere mucho tiempo para alcanzar tal habilidad en el manejo de material naval para la guerra y, para lograr desempeñar un papel importante en el funcionamiento general de un barco en acción. Se necesita tiempo para obtenerla y para conservarla; y tal tiempo, sea poco o mucho, es tiempo que se pierde para otros propósitos; se trata de tiempo perdido tanto para el individuo como para la comunidad. Cuando se tiene un hombre de buque de guerra totalmente eficiente, no se lo puede almacenar como se almacenan las armas o las municiones; tampoco se lo puede dejar acumulado en algún lugar como se puede dejar a un barco sin que se deteriore a un ritmo que no pueden igualar las cosas materiales. Por otra parte, si se lo conserva en el servicio militar, como voluntario o en otra forma, sobrevienen pérdidas económicas —la pérdida de capacidad productiva— aspecto que constituye el gran argumento contra los numerosos ejércitos permanentes y contra el servicio militar obligatorio, esgrimido por aquellos para quienes las energías productivas de un país sobrepasan todos los demás aspectos.

   Es ésta la dificultad más sentida por quienes tienen la responsabilidad de que los estados europeos estén militarmente preparados, y la que, por consiguiente, ha requerido su más solícita atención. El suministro de material de guerra es una cuestión monetaria onerosa, pero es simple y tiene alguna compensación por los gastos en el empleo de mano de obra que precisa su producción. Tener preparado el número de hombres que se necesitan es un asunto muy diferente, ya que hay que entrenarlos y mantenerlos entrenados de manera que estén siempre disponibles.

   La solución se busca en un gravamen al tiempo, al tiempo no fructífero para la nación en su proceso de producción y al que los individuos pierden en su vida. Como ocurre con otros impuestos, la tendencia en todas partes es a reducirlo hasta donde sea posible, a establecer un compromiso entre la destreza ideal para enfrentar posibles contingencias y las exigencias reales de las condiciones de paz existentes y usuales. Aunque inevitable, el compromiso no es satisfactorio, y sólo brinda resultados parciales en cualquier sentido. Los economistas todavía deploran y se resisten a aceptar las pérdidas de los productores, y las autoridades militares insisten en que el país no tiene la fuerza necesaria. Para obviar la dificultad hasta donde sea posible, para responder a dos requerimientos tan opuestos hay que recurrir al sistema de la reserva al cual pasan los hombres después de estar en el servicio activo por un período, que se reduce, y que con frecuencia es inferior, al tiempo necesario para instruirlos en sus deberes y para mantener las fuerzas activas en un mínimo fijo. Adquirida esta instrucción, quien la recibe pasa a la reserva, deja la vida de soldado o marinero por la de ciudadano, y dedica cada año un tiempo relativamente breve a repasar el conocimiento ya adquirido. De alguna manera, tal sistema se encuentra tanto en los servicios voluntarios como en los obligatorios.

   Es casi innecesario decir que tal método jamás sería considerado satisfactorio en las ocupaciones de la vida diaria. Un hombre que aprende un oficio o profesión, pero que nunca lo practica, jamás será considerado apto para ejercerlo. Ninguna clase de preparación práctica impartida como instrucción sistemática iguala el conocimiento práctico asimilado en el curso de la vida. Esto se cumple tanto en las profesiones militares —especialmente la naval— como en las ocupaciones civiles; más aún tal vez, porque las primeras son una forma menos natural, y por tanto, cuando se las domina constituyen una forma más altamente especializada de actividad humana. Por la misma razón de que la guerra es esencialmente un mal, un estado anormal, aunque inevitable en ocasiones, es extraordinariamente exigente para los guerreros cuando éstos son hombres comunes y corrientes.

   Por consiguiente, la preparación para la guerra naval no consiste tanto en construir barcos y armas sino en disponer del número adecuado de hombres entrenados, dispuestos a zarpar de inmediato y hacer uso de materiales cuyo aprovisionamiento es solamente uno de los preparativos esenciales para la guerra. La palabra "dispuestos" incluye casi todos los detalles de organización que conforman lo que comúnmente llamamos movilización, proceso mediante el cual se manejan y dirigen los movimientos de los individuos. Pero aunque el material del que se ocupa son hombres, la movilización en sí misma es un trabajo de organización mental. Una vez diseñada puede ser susceptible de ser mejorada, pero no se volverá ineficiente si se la archiva en un casillero, así como las armas y proyectiles no dejan de ser útiles si se los almacena en sus depósitos o polvorines. Cuando se cuidan los peniques, las libras esterlinas se cuidarán a sí mismas. Cuando se prepara a hombres aptos —aptos gracias a su familiaridad no sólo con instrumentos especiales, sino con un estilo de vida— la movilización se reduce a darle a cada uno una nota diciéndole adónde debe ir. Cada uno llegará a su lugar.

   Se debe rechazar como algo impracticable el que una armada, especialmente si es numerosa, se mantenga totalmente dotada de personal en tiempos de paz, como se la dota en tiempos de guerra. Si es mucho mayor que el de un posible enemigo, se hace innecesario; si es casi igual, el objetivo será hacerlo superior por su número de hombres en disponibilidad inmediata, y apto según los estándares de aptitud que aquí se han establecido en forma general.

   La existencia de una reserva en cualquier sistema de preparación para la guerra debe aceptarse como algo inevitable. El punto crucial lo constituyen su tamaño y carácter en relación con el servicio que se mantiene activo en tiempos de paz. Este es esencialmente el problema entre los sistemas de servicio a largo y a corto plazo. En los sistemas de servicio a largo plazo las reservas son menos numerosas y mucho más eficientes durante los primeros años de retiro, en razón de que no solamente han adquirido conocimiento sino un estilo de vida. El número de hombres que pasan por la experiencia de la escuela de entrenamiento es mucho mayor cuando el servicio es a corto plazo. En consecuencia, ellos pasan a la reserva mucho más rápido, son menos eficientes cuando llegan a formar parte de ella, y olvidan lo aprendido con más rapidez porque lo han adquirido menos a conciencia. Por otra parte, al menos en teoría, serán obviamente más numerosos que todo el personal entrenado de un sistema de servicio activo prolongado. En cualquiera de los dos sistemas, los pesimistas denunciarán los peligros; los unos renegarán del escaso número de hombres, los otros, del entrenamiento inadecuado.

   El servicio prolongado debe ser lógicamente el deseo y el resultado de los sistemas voluntarios de realizar el reclutamiento teniendo como objetivo la solidez de una potencia militar. Cuando el enrolamiento se hace por decisión personal existe una mayor posibilidad de que el ingreso se convierta en la adopción de un estilo de vida seguido como profesión, y la motivación se puede crear ofreciendo incentivos adecuados. Cuando el servicio es obligatorio, ese solo hecho tiende a hacer que se lo aborrezca, y es raro que se presente el deseo voluntario de continuar después de prestar el servicio. Pero, por otra parte, así como durante la guerra el número suficiente de personal es tan necesario como la preparación, un escuadrón con servicio a largo plazo y una reserva pequeña establecidos deberían ser más numerosos en tiempos de paz que uno que posea reservas mayores. La consecuencia natural de un servicio prolongado con reservas pequeñas es un gran ejército activo permanente. Se puede agregar que esto va más en consonancia con las necesidades de la contienda armada, y es más consistente con el concepto de "reserva", usado en todas partes cuando se habla de la guerra. La reserva en batalla es aquella porción de la fuerza bélica que se abstiene de entrar en acción, aguardando los acontecimientos imprevisibles de la lucha; pero ningún general pensaría en continuar una batalla campal con la porción más pequeña de su fuerza manteniendo la más grande en reserva. La concentración rápida de esfuerzo, anticipando la del enemigo, es lo ideal entre las tácticas y las estrategias, tanto en el campo de batalla como en la campaña. De la misma manera lo es en lo referente a los avances modernos de la ciencia de la movilización. La reserva es sólo el margen de seguridad ya que compensa los defectos de concepción o ejecución a los que están expuestas todas las empresas; y se puede agregar que esto se aplica tanto a la fortaleza material —barcos, armas, etc.— como a los hombres.

   Tanto Estados Unidos como Gran Bretaña dependen por completo del reclutamiento voluntario; y ambas naciones, con una lógica inconsciente, han hecho gran énfasis en el servicio continuo y comparativamente poco numeroso en las reservas. Cuando los hombres de mar han cumplido el período que les da derecho a las recompensas del servicio continuo, se encuentran —sin someterse a nuevos reclutamientos, y a pesar de estar aún en la plenitud de la vida— aproximándose al período en el que la aptitud del grumete o soldado raso depende del hábito arraigado, de la perfecta familiaridad práctica con la vida que ha sido su propia vocación, más que del flexible vigor que constituye el privilegio de la juventud. Si deciden continuar en el servicio, todavía les quedan algunos años en los que constituyen un baluarte invaluable por su carácter y tradición. Si se retiran por unos cuantos años, estarán en la reserva para la guerra, si decidieran presentarse. Pero es claro que tal reserva sólo puede ser pequeña cuando se la compara con la de un sistema que en tres o cinco años transfiere hombres del servicio activo a la reserva. Sin embargo, esta última es mucho menos valiosa, hombre por hombre. Por supuesto, una reserva que no tiene siquiera tres años de servicio es aún menos valiosa.

   Estados Unidos es en realidad una potencia insular como Gran Bretaña. Sólo tenemos dos fronteras terrestres: Canadá y México. Este último es verdaderamente inferior a nosotros en todos los aspectos del poderío militar. En lo que concierne a Canadá, Gran Bretaña mantiene allí un ejército permanente; pero como en el nuestro, sus números indican claramente que la agresión nunca será su política, excepto en aquellas regiones distantes en las que los grandes ejércitos del mundo no pueden actuar en su contra, siempre y cuando éstos no le arrebaten primero el control del mar. Ningún Estado moderno ha mantenido por largo tiempo la supremacía por tierra y por mar; algunos países han mantenido el control del uno o del otro por períodos, pero ningún país ha mantenido el control de los dos. Gran Bretaña ha escogido sabiamente el poderío naval, e independientemente de su renuencia a romper con Estados Unidos por otras razones, ciertamente se arrepentiría de dedicarle a la invasión de una nación de setenta millones de habitantes la poca fuerza disponible que mantiene por los constantes requerimientos de sus intereses coloniales. Se puede repetir entonces que somos una potencia insular, dependiente, por tanto, de su fuerza naval.

   Además, la fuerza naval duradera depende en últimas de tener relaciones comerciales amplias; en consecuencia, y especialmente en un estado insular, es por rareza agresiva en el sentido militar. Sus instintos se inclinan naturalmente hacia la paz por todo lo que arriesgaría fuera de sus costas. Históricamente éste ha sido el caso con el conspicuo ejemplo de la mayor potencia marítima, Gran Bretaña, la cual, desde que se convirtió en tal, tiende a serlo cada vez más. Es también nuestro propio caso, y lo es en mayor grado, porque disponemos de un territorio inmenso en tierra firme, pero no hemos estado dispuestos a hacer el esfuerzo que ha hecho Gran Bretaña en el exterior para llevar su bandera alrededor del globo, buscando ganar por medio del comercio exterior y de asentamientos distantes la abundancia de recursos que en nuestro caso han sido un regalo de la naturaleza o de la Providencia. Sin embargo, en razón de su propio éxito al incrementar y ampliar en gran medida sus intereses externos, Gran Bretaña le ha otorgado patrocinio a una fortuna que para su mera defensa le impone tener una gran armada. Nuestra carrera ha sido diferente, nuestras condiciones ahora no son idénticas, pero de todas maneras la posición geográfica y las convicciones políticas nos han creado también intereses y responsabilidades externos que son de manera similar nuestros protegidos de la fortuna. No es necesario ir muy lejos en busca de aventuras; tanto el sentimiento popular como el juicio deliberado de los estadistas han aseverado que, debido a condiciones que ni hemos creado ni controlamos, existen intereses allende el mar, que han surgido por sí mismos y que exigen protección. "Lo que está allende los mares" es lo que tiene importancia para una armada. En ningún sentido real de la palabra corremos riesgo alguno de invasión, y si lo corriéramos debe ser por el mar; y allí, en el mar, debemos enfrentarlo antes que en otra parte. En forma decisiva debemos arrostrar cualquier intento de invadir lo que es nuestro, ya sea en tierras lejanas o por el bloqueo o bombardeo de nuestro territorio. Y aun en tal caso, el poderío bélico de la armada representa menos de la mitad del tamaño del ejército.

   El complemento necesario de aquellas medidas admirables que hasta el momento han sido empleadas por más de una década en la creación de material naval es la preparación de una fuerza adecuada de hombres entrenados para usar este material cuando esté completo. Imaginémonos un hombre totalmente inexperto: un navío de guerra puede ser construido y puesto al servicio antes de que nuestro hombre se convierta en un marinero entrenado para trabajar en un buque de guerra; más aún, una lancha torpedera puede ser construida y estar lista para entrar en servicio en un lapso de tiempo más breve. Como dice el antiguo dicho de mar: "El hombre rústico es un desadaptado". Es más, en un servicio voluntario no se puede mantener en reserva a los hombres entrenados en la misma forma en que se guardan los barcos o las armas. La conclusión inevitable es que la fuerza permanente debe ser numerosa porque uno no puede ni crearla en forma apresurada, ni mantenerla en forma obligada. Una vez determinada la cantidad de material —los números y el carácter de la flota— se hace más fácil decidir la cantidad de hombres necesaria para manejarla. Esta fuerza agregada puede entonces ser distribuida entre la armada permanente y la de reserva, según un plan acordado. Este autor está convencido de que si no se establece una proporción entre las dos, la reserva sólo representaría un pequeño porcentaje del total, y de que en una armada pequeña como la nuestra esto es doblemente imperativo; entre más pequeña sea la armada, mayor será la necesidad de eficiencia constante para actuar con prontitud, y menor será el costo de su mantenimiento. De hecho, cuando la cantidad —en números— es pequeña, la calidad debe ser mucho más alta. La calidad del total depende más del personal que del material; y la calidad del personal se puede mantener sólo cuando existe una alta idoneidad individual en la fuerza, concentrada ésta, sólo parcialmente, por su dependencia de un gran elemento de reserva.

   "Con un pie en el mar y el otro en la costa, con absoluta carencia de constancia", no se maneja una flota. Esto sólo puede funcionar como un paliativo imperfecto, y puede de hecho ser absorbido por el grueso de la armada en proporciones pequeñas. La tarea indicada para las reservas navales está en las lanchas torpederas encargadas de la defensa de la costa, y en la destrucción del comercio cuando se trate de contiendas armadas en alta mar. Ambos trabajos son relativamente simples y requieren mas o menos la misma organización.

   Cualquier peligro de carácter militar al que Estados Unidos sea expuesto se puede contrarrestar mejor fuera de su propio territorio, en el mar. La preparación para la guerra naval —la preparación contra un ataque naval o contra una ofensa naval— significa estar preparados para cualquier cosa que pueda ocurrir.

CAPÍTULO VII
Perspectiva del siglo XX
MAYO DE 1897

   El fin, la terminación de una vida, de una relación, de una era, así sea ésta una pura creación artificial realizada por seres humanos, estimulan en todos los casos la imaginación, y especialmente la de una generación tan autoconsciente como la nuestra, que ha acuñado ella misma la frase fin de siècle, para expresar su creencia, no importa qué tan superficial y errada, de que conoce a sus propios exponentes y sus propias tendencias; que en medio del estrépito que su propio progreso hace retumbar en sus oídos, sabe no solamente de donde viene sino adónde va. El siglo XIX está por morir, sólo para resurgir en el XX. ¿De dónde vino? ¿Qué tan lejos ha llegado? ¿Adónde va?

   Una respuesta exhaustiva a tales cuestionamientos supondría un compendio tal de la historia universal del siglo que expira, que un artículo o serie de artículos en una revista no podría contemplarlo ni por un momento. El alcance propuesto por quien escribe, casi inmanejable en sí mismo dentro de los límites necesarios, no se concentra en las condiciones internas de los Estados, aquellas tendencias económicas y sociales que atraen tanto la atención en nuestros días, que en opinión de algunos son los únicos temas que merecen atención, y esto sólo desde el punto de vista más material y físico. Tan importantes como son estas cosas, se puede por lo menos afirmar que no son todo; y que, aunque el progreso material del siglo ha sido tan grande, los cambios en las relaciones internacionales y su relativa importancia no han sido menos impactantes en los estados de la familia europea y entre los pueblos del mundo en general. Es desde esta perspectiva que este escritor desea enfocar su tema, el cual, si se aplica a cualquier país en particular, puede ser calificado como de las relaciones exteriores; pero que tomado en el sentido más amplio que se tratará de lograr, contempla más bien el futuro general del mundo, según lo indican movimientos que ya se han iniciado y están en marcha, así como tendencias que en el momento apenas se pueden discernir, y que si no se contrarrestan vendrán cargadas de ulteriores cambios trascendentales mayores en el equilibrio político, lo cual afectará profundamente el bienestar de la humanidad.

   Una forma que parece conveniente, aunque sin duda muy brusca, de hacer el prólogo de este tema, es decir que los enormes movimientos colonizadores del siglo XVIII se vieron estancados por la Revolución Norteamericana que privó a Gran Bretaña de sus colonias más ricas, seguida, y esto ocurrió casi inmediatamente, por la Revolución Francesa y las guerras devastadoras de la República y de Napoleón, que forzaron a Europa a desviar su atención de alicientes foráneos y a concentrarse en sus asuntos internos. El hecho de que Estados Unidos comprara Louisiana a comienzos del presente siglo enfatizó esta conclusión, ya que prácticamente eliminó al continente norteamericano de la lista de los territorios no civilizados esperando ser colonizados por parte de extranjeros. Una década después ocurrió la revuelta de las colonias españolas, seguida más tarde por los pronunciamientos del presidente Monroe y de Mr. Canning, que aseguraron su independencia al prevenir la intervención europea. La firmeza con la que la gran mayoría del pueblo de Estados Unidos ha apoyado desde entonces la posición del primero de estos estadistas, y el rumbo que su doctrina ha tomado posteriormente, han apartado igualmente a los países hispanomericanos de cualquier posibilidad de una ulterior colonización europea, en el sentido político de la palabra. De esta manera empezó este siglo. Sin duda el interés de los hombres todavía estaba orientado hacia los espacios allende el mar; no específicamente con el objetivo de establecer nuevas colonias, sino más bien por la utilización de territorios que ya estaban políticamente dominados. Sin embargo, aun este interés fue secundario. El gran logro del siglo XIX, desde casi sus comienzos hasta casi su final, ha sido el reconocimiento y estudio de las fuerzas de la naturaleza, y su aplicación al desarrollo mecánico y económico. Los medios puestos de esta manera en manos de la humanidad, tan sorprendentes en el momento de su invención, fueron necesariamente dedicados, en primer lugar, al desarrollo de recursos para los países. En todas partes existían nuevos campos, ya que hasta entonces el hombre no había tenido ninguna posibilidad de utilizar a cabalidad los regalos de la naturaleza. En todas partes los esfuerzos se volvieron hacia el interior, porque en cada región quedaban muchas cosas por hacer. Por tanto, es natural que tal período haya sido pacífico en su mayor parte. Ciertamente han ocurrido grandes guerras; pero aun así la paz exterior ha sido la característica general de un período de desarrollo en el que los hombres se han mantenido ocupados revolucionando la faz de sus propios países y empleando los nuevos medios a su disposición.

   No obstante, todas estas fases terminan como terminan todas las cosas humanas. El incremento de la producción no han sido menos —ídolo de los economistas— buscó nuevos mercados como hubiera podido predecirse. El incremento del consumo interno, por medio del el incremento en la comodidad de vida, el incremento de la riqueza y el incremento de la población no se mantuvo a la par con el incremento de la capacidad y la facilidad de la distribución que permitieron los vapores. En la mitad del siglo China y Japón se vieron forzados a salir de un aislamiento de eras, y se vieron obligados, al menos por razones comerciales, a entablar relaciones con las comunidades europeas, a comprarles y venderles productos. Los intentos serios, a cualquier escala, de adquirir nuevas posesiones políticas en el exterior cesaron en gran parte. El comercio sólo buscó nuevos puntos para un buen mercado, seguro de que, donde le dieran la mano al final tendrían todo el brazo. Más aún, el crecimiento de Estados Unidos en cuanto a población y recursos, y el desarrollo de las colonias británico-australianas contribuyeron a crear una demanda de la cual las aperturas de China y Japón fueron un simple indicador. Por consiguiente, tal apertura fue más bien un simple incidente en el desarrollo industrial general que ocurrió una vez que se mejoraron los procesos mecánicos y se dio la multiplicación de las comunicaciones.

   Y el siglo pasó su meridiano y empezó a declinar hacia su final. Hubo guerras y rumores sobre guerras en los países de civilización europea. Surgieron y cayeron dinastías, algunas naciones cambiaron de lugar en la escala de la importancia política, subieron y bajaron como los estudiantes antiguos de una escuela; pero aun así, la principal característica prevaleció y se ha convertido cada vez más en la preocupación dominante de los estadistas que llegaron a su plenitud al mismo tiempo, o un poco después de que el siglo mismo culminara. El mantener un statu quo por razones puramente utilitarias de carácter económico se ha convertido gradualmente en un ideal: el quieta non movere (no agitar lo que está quieto) de Sir Robert Walpole. Ciertamente el ideal es respetable, si se piensa en la armonía entre las naciones, en el interés en la tranquilidad propia, reprimir a Grecia y a los cretenses, tal vez podamos ahorrarnos el llamarlo noble. El problema persiste, ¿por cuánto tiempo puede continuar gozando de confiabilidad por ser su realización practicable, una posibilidad racional, no un sueño vano? Ahora se encuentran muchos que dicen —y entre ellos algunos de los más encarnizados defensores de la paz mundial, que a su vez se cuentan entre los más enconados contendores modernos—, que hace medio siglo, cuando el zar Nicolás, al proponer remover las cosas que estaban en paz y reconstruir el mapa político del suroriente europeo en favor de una paz bien fundamentada, mostró en su forma ideal la habilidad en un estadista racional —la única y verdadera calidad del estadista—, mientras que los defensores del statu quo evidenciaron los crudos instintos del político que se limita a cumplir un período. Cada año tenemos evidencia de que los últimos no afianzaron la calma, ni siquiera la calma de la desolación, en aquellas regiones infelices. ¿Qué tan práctico es ahora el objetivo, entre las naciones de la familia europea, de continuará en forma indefinida la presente realización de la paz y la abundancia —cosas buenas en sí mismas, pero que se apoyan mayormente en el argumento de que el hombre sólo vive de pan— en vista de las cambiadas condiciones del mundo que el saliente siglo XIX nos deja como legado? ¿Es la perspectiva tal que nuestra presente civilización, con sus beneficios, tenga más probabilidad de lograr su seguridad por medio del desarme universal, por el cual el clamor se levanta ominosamente —hago uso de esta palabra en forma deliberada— de entre nuestros lamentos de los últimos tiempos? Nadie mejor que este escritor comparte de corazón el anhelo por el día en que las naciones conviertan sus espadas en arados y sus lanzas en márcolas; ¿pero está la civilización europea, incluyendo a Norteamérica, en una posición que le permita darse el lujo de tranquilizarse frente a una paz artificial, que no dependa de los esfuerzos de la conciencia nacional, cuando surgen cuestionamientos, sino de un tribunal permanente, una autoridad externa aunque autoimpuesta, el ideal del papado medieval puesto en práctica por la política moderna?

   ¿Cuál es la perspectiva, cuáles los signos de los tiempos? No le está permitido a la visión humana ver más de lo que se percibe a través de un lente oscuro cuando se asoma hacia el futuro: hombres como árboles caminantes, de los que no se puede decir con certeza adónde van. Sin embargo, se pueden notar señales que aunque no puedan ser total o precisamente interpretadas; y entre ellas yo diría que hay que observar el impulso general de todas las naciones civilizadas de mayor importancia, excepto la nuestra, hacia el exterior. Confinados y vendados por las tradiciones de nuestro propio siglo XVIII, cuando éramos ajenos al mundo europeo como somos ahora parte de él, nosotros, bajo el engañoso argumento de paz y plenitud —abundancia de pan— nos aferramos al ideal del aislamiento, y rehusamos reconocer la solidaridad del interés con que el mundo de la civilización europea debe no sólo esperar con ansias, sino tender a buscar el futuro que, próximo o remoto, parece esperarle. Personalmente digo que nosotros lo hacemos; y debería expresar mi pensamiento con más seguridad afirmando que el interés por el exterior ya existe en la mayor parte de la nación, como se ha demostrado cuando ocasiones particulares llamaron su atención, pero que la reacción es tardía, y puede retardarse peligrosamente por mucho tiempo a causa de aquellos cuyos puntos de vista sobre la política nacional se rigen por máximas que fueron apropiadas en los comienzos de la República.

   Este interés de las naciones europeas por el mundo exterior, resumido a grandes rasgos después de casi medio siglo de interrupción, no es tan sólo una apariencia súbita, esporádica y sin relación con el pasado. Los síntomas de su llegada, aunque desapercibidos, se hicieron visibles tan pronto el siglo alcanzó su etapa media, así como lo fue su gran correlativo, la agitación de las naciones de la civilización oriental, igualmente desapercibida entonces, aunque suficientemente obvia en el presente. Es una muy curiosa reminiscencia personal que, estando en Yokohama, Japón, en 1868, se me pidió traducir una carta en español procedente de Honolulu, que hablaba de un cargamento de culies japoneses que iban a ser importados a Hawai. Yo conocía a la persona encargada de ir en el barco como médico, y a menos que mi memoria me falle enormemente, este hombre navegó dedicado a tal trabajo mientras yo aún estaba en el puerto. Igualmente, cuando mis servicios en esa posición terminaron, fui de Yokohama a Hong-Kong, antes de regresar a casa por la vía del canal de Suez. Entre mis compañeros estaba un oficial naval exconfederado cuyo trabajo consistía en negociar la inmigración de un grupo de chinos, creo que hacia nuestros estados del sur, aprovechando la momentánea escasez de trabajadores negros, pero de lo que estoy seguro es que iban a Estados Unidos. Todos nosotros sabemos lo que ha entrado a nuestro país de empresas, y que en aquel entonces llamó poco la atención.

   Es curioso observar los acciones inconscientes e indómitas de las naciones, y al mismo tiempo leer la abrumadora caracterización que los maestros de nuestra prensa han hecho de aquellos que, por sus características personales o por accidente, han sido impuestos en la posición de líderes, cuando lo máximo que pueden hacer es guiar en forma mínima fuerzas perjudiciales que no pueden ser resistidas en forma permanente más de lo que pueda uno controlar la gravitación. Tal habría sido el rol de Nicolás cuando llevó a un final oportuno el curso irresistible de los hechos en los Balcanes, curso que sus oponentes trataron de bloquear pero que sólo lograron prolongar y agravar. Actualmente el zar es honrado por quienes creen que las aspiraciones imperiales de Mr. Joseph Chamberlain eran disparatadas, y que Mr. Cecil Rhodes era un transgresor; aun así, después de todo, ¿qué derecho tenía él en su momento, según el código de los construccionistas estrictos de los derechos nacionales legales de ejecutar a Turquía con la disculpa de que estaba enferma? ¿No estaba Turquía ocupada? ¿No tenía ese país, por ley, el derecho a sus posesiones y a vivir, y además, a administrar su sistema de justicia a aquellos que legalmente eran sus súbditos? Pero los hombres están siempre demasiado dispuestos a olvidar que la ley existe para buscar la equidad, y a creer que mientras el mundo esté en la etapa de desarrollo en que se encuentra, la equidad que no se logra por medio de la ley debe ser lograda por la fuerza, que es en últimas el punto de apoyo de la ley, no para su ratificación, sino por su eficacia.

   En los últimos tiempos nos hemos familiarizado con el concepto "Estados que sirven de escudo entre dos naciones rivales", función que prestó Siam a Gran Bretaña y Francia. Aunque no estrictamente análogo, el término da una idea de las relaciones que hasta el momento se han dado entre la civilización oriental y la occidental. Estas civilizaciones han existido aparte, siendo cada una un mundo diferente; pero se están acercando no sólo por la proximidad geográfica, fuente reconocida de peligro, sino lo que es más importante, a causa de concepciones similares de lo que significa ser superior en lo material, aunque sin la correspondiente empatía en cuanto a lo espiritual. No es sólo que las dos partan de una fuente común y estén en diferentes etapas de desarrollo, como es el caso de Rusia y Gran Bretaña. Las dos van por diferentes caminos porque sus orígenes son radicalmente diferentes. Para lograr una cierta unidad de criterio en ese aspecto, el más importante de todos, se requiere por parte de uno —o del otro— no el crecimiento sino la conversión. Independientemente de hasta dónde haya deambulado, y qué tan corta se haya quedado según sus propios parámetros, la civilización de la Europa moderna creció a la sombra de la Cruz, y lo que tenga de bueno aún se inspira en el espíritu del Crucificado. Es de temer que los pensadores orientales tiendan a considerar, como miembros de países agnósticos, más la ventaja que el detrimento de estar haciendo suyo el progreso material que las tradiciones cristianas han desencadenado en Europa. Pero, al menos por el momento, ser agnóstico teniendo como antecedente eras de cristianismo es algo muy diferente a ser agnóstico sin haberlo conocido nunca.

   Cuáles serán en el futuro las ideas espirituales dominantes de aquellas naciones que hasta el momento hemos conocido como cristianas tiene poco que ver con el siglo que viene. Cualesquiera sean las diferencias de fe, ya sean de tendencia o de grado, que puedan mostrar la culminación del siglo XX, no es probable que un período tan corto revele el cambio total de pautas y de prácticas que necesariamente se debe dar cuando se produce un giro radical en las creencias. Es tan razonable pensar que la huella de la cristiandad permanecerá desde el principio hasta el final del próximo siglo, como lo es que fueron necesarios años de fe nominal para establecer criterios y prácticas cristianas hasta llegar al punto al cual han llegado. Los descensos, al igual que los ascensos, deben ser graduales, y gradual debe ser también, garantizando la mayor difusión de las creencias cristianas, el acercamiento de las naciones orientales, como naciones, hacia los principios que poderosamente modifican los impulsos puramente naturales de los pueblos occidentales, aunque ni aun en el presente los controlan totalmente. Y si, como dicen muchos, la fe nos ha abandonado a nosotros mismos y se hará más débil en los años venideros, si no tenemos mejor mandamiento que proponer para lograr el autocontrol y la rectitud, que el inspirado por el interés propio y la irracionalidad de la guerra, la guerra —la violencia— será absurda hasta tanto el equilibrio de los intereses esté de ese lado y no ceda. Los que desean algo lo toman si pueden, no solamente por razones de alta política y cuando la oportunidad legal se lo permite, sino por la simple razón de que no poseen algo, lo desean y tienen la capacidad de apropiárselo. El mundo europeo ya conoció esa etapa, ha escapado de ella sólo parcialmente gracias a la consagración gradual de la opinión pública y su creciente peso en la escala política. El mundo oriental no conoce los mismos motivos, pero está apreciando rápidamente las ventajas materiales y las tradiciones políticas que han confluido para conferirle poder al occidente, agregando a esto la valoración que el deseo ha despertado.

   Coincidiendo con la prolongada pausa que la Revolución Francesa impuso a los procesos de expansión colonial externa que constituyeron una característica tan marcada del siglo XVIII ocurrió otra singular manifestación de las energías nacionales: la creación de los grandes ejércitos permanentes de los tiempos modernos, que son en sí mismos el resultado del levée en masse, (leva militar en masa), y del alistamiento general que la revolución nos legó junto con su exposición de los Derechos del Hombre. Surgieron con el nacimiento del siglo, se perfeccionaron durante su desarrollo, y su finalización los encuentra completamente maduros y potentes, con incremento en su número, en sus fuerzas de reserva, en su organización y en material para la guerra que los economistas deploran permanentemente, cuya existencia denuncian y cuya abolición exigen. A medida que la libertad ha aumentado y se ha fortalecido, también ellos han crecido y se han fortalecido. ¿Es éste un singular producto de un siglo cuyas ansias de libertad política son innegables, una vulgar perversión de la actividad humana, como se sostiene con tanta seguridad en muchos lugares? ¿O es posible que exista en ellos una señal de los tiempos que se avecinan, señal que debe ser estudiada junto con otras, algunas de las cuales ya hemos advertido?

   ¿Cuáles han sido los resultados de tener estos grandes ejércitos? Muchos, indudablemente. En el aspecto económico está la disminución de la producción, la carga impuesta a las vidas y al tiempo de los hombres, las desventajas y males sobre los que hemos escuchado tanto que se hace innecesario repetirlos aquí. ¿Existe acaso algún resultado positivo, tal vez algún balance a su favor? ¿No significa nada, en una era en que la autoridad se está debilitando, en que las restricciones se están perdiendo, cuando la juventud de una nación pasa por una escuela en la que se aprenden el orden, la obediencia y la reverencia, en la que el cuerpo se desarrolla en forma sistemática, en la que los conceptos como el olvidarse de sí mismo, el coraje y la hombría son inculcados necesariamente, a causa de las condiciones fundamentales del éxito militar? ¿No significa nada que a masas de jóvenes provenientes de los cultivos y las calles se los ponga juntos, se los mezcle con otros cuya preparación intelectual es superior, se les enseñe a trabajar y actuar unidos, mente con mente, para regresar a la vida civil llevando consigo ese respeto por la autoridad constituida que es tan urgentemente necesaria en estos tiempos en que la anarquía se erige como una religión? El observar la expresión y movimientos de un número de reclutas incultos realizando sus primeras prácticas y compararlos con el resultado final que se ve en los rostros y porte de los soldados que pululan en las calles resulta una lección memorable. El entrenamiento militar no es la peor preparación para la vida activa, así como los años que se pasan en la universidad no son una pérdida de tiempo, como lo sostiene otra escuela de utilitaristas. ¿No significa nada el que las guerras sean menos frecuentes, que la paz esté mejor asegurada por el respeto mutuo que sienten las naciones inspiradas en sus respectivas fortalezas; y que cuando ocurre una revuelta termine rápidamente dando campo a que el rumbo ordinario de los hechos se normalice más pronto y por tanto más fácilmente? En el presente la guerra no sólo ocurre cada vez con menos frecuencia sino que tiende a tener el carácter de un exceso fortuito del cual es fácil recuperarse. Hace un siglo o más, la guerra era una enfermedad crónica. Y sin embargo, el espíritu militar, la preparación —no la mera voluntad, que es algo diferente— para luchar por una buena causa, lo cual es una ventaja indudable, está más ampliamente difundida y más concienzudamente arraigada de lo que estaba cuando un soldado era simplemente un mercenario. En la actualidad, quienes se levantan en armas son las naciones y no simplemente los siervos de un rey.

   En consecuencia, al predecir el futuro me ocupo más de los síntomas que señalo a continuación: la interrupción del audaz impulso hacia la colonización política que coincidió con la década inmediatamente anterior a la Revolución Francesa; el ensimismamiento de las naciones europeas durante el siguiente cuarto de siglo en las guerras universales que han involucrado temas principalmente políticos y europeos, los inicios de la gran era del carbón y el hierro, del desarrollo mecánico e industrial, que sucedió a la paz, y durante la cual la colonización no fue agresiva sino que se caracterizó principalmente por el desarrollo de colonias ya existentes y de nuevos centros comerciales, especialmente en China y Japón; y finalmente, al terminar el siglo, e indudablemente motivado por los ciudadanos de las colonias antiguas en diferentes partes del mundo, el revivir nuestro interés por el audaz movimiento de colonización política realizado por las madres patrias. El desasosiego de Australia y de la Colonia del Cabo sin duda ha ejercido gran influencia en el avance de Gran Bretaña en esas regiones. Al tiempo con todos estos movimientos, del primero al último, se ha dado en Europa el desarrollo de los grandes ejércitos permanentes, o mejor, de las naciones armadas; y finalmente, el movimiento en Oriente, su incursión en el campo de los intereses occidentales no sólo como un ente pasivo al que se violenta, sino con vitalidad propia, aún sin forma, pero significativa, ya que donde antes existió apatía, si no muerte, indiscutiblemente ahora existen actividad y vida. Probablemente nunca se pueda volver a decir: "Escuchó a las legiones pasar como un trueno y luego se sumió en sus pensamientos".

   La más obvia evidencia de esto es el asombroso desarrollo de Japón; pero en la India, aunque no existe la posibilidad de que revivan los antiguos amotinamientos, se observan indicios de un despertar de la inteligencia política, de inquietud ante el sometimiento extranjero independientemente de lo beneficioso que éste pueda ser, de un deseo de mayor representación por su propia individualidad, y un movimiento que por ser intelectual y reconocedor de las ventajas materiales y políticas de la civilización occidental representa una amenaza menos inminente que la revuelta anterior, pero mucho más cargada de grandes cambios para el futuro.

   De la China sabemos menos, pero muchos observadores dan fe de la inmensa fuerza latente del carácter chino. Hasta ahora se ha mostrado a sí misma principalmente en la fortaleza con que se ha apegado a sus tradiciones estereotipadas. Sin embargo, las tradiciones estereotipadas ya han sido derrotadas más de una vez, aun en este pueblo tan opuesto al progreso, cuyo conservatismo, ocasionado en gran parte por su desconocimiento de las condiciones superiores que existen en otras tierras, está también estrechamente relacionado con la inusitada capacidad de resistencia de esta raza, con su persistencia ante sus propios objetivos, con su paciencia, y con la vitalidad característica de sus individuos. Pero no son insensibles a la ambición de progreso material personal. El colapso de la organización china en todos los aspectos durante su pasada guerra contra Japón, aunque mayor de lo que se esperaba, no fue algo imprevisto. No ha alterado el hecho de que la materia prima utilizada en forma tan miserable es de lo mejor en cuanto se refiere a fortaleza; que es abundante, racialmente homogénea y se está multiplicando con celeridad. Tampoco se puede pensar, ante el reciente resurgimiento del ejército turco ante los ojos de la humanidad, que sea imposible que los chinos puedan lograr la organización que por sí sola hace posible que el potencial existente adquiera el adecuado desarrollo militar, el más fácil de imponer por ser el más simplemente concebido. Los japoneses han mostrado gran capacidad pero se han enfrentado a poca resistencia, y además es bastante más fácil desplazarse y controlar un reino en una isla de cuarenta millones de habitantes que hacerlo en un vasto territorio que contiene cerca de diez veces tal densidad de población. Se puede denotar una relativa lentitud en la evolución, pero se puede contar en el futuro con aquello con lo que por tanto tiempo ha mantenido a China unida en medio de las adversidades, para asegurar una unidad de motivación sustancial, que sumada a su masiva población, dé un tremendo empuje a cualquier movimiento de participación total.

   Afirmar que unas pocas características especificas, como las ya mencionadas, resumen toda la tendencia de un prolífico siglo de vida humana, y se destacan por sí mismas entre los signos que con mayor frecuencia deben tenerse en cuenta cuando se mira hacia el futuro, sería colocarnos en una posición insostenible. Sin embargo, se puede decir con seguridad que estos factores se tienen menos en cuenta que otros de menor importancia, porque el futuro hacia el cual apuntan es más remoto; y además, que los que entre ellos se refieren a nuestro propio tiempo son también los factores cuya existencia misma es especialmente tomada a mal y condenada por aquella escuela de pensamiento político que adopta para sí misma el título de económica, que logró su madurez y que aún vive en medio de las ideas del período del progreso industrial que coincidió con la mitad del siglo, y que ve todas las cosas desde el punto de vista de la producción y del desarrollo interno. Se implementa fuertemente en todo el mundo, pero en ninguna parte ha sido su influencia tan desapercibida y tan perjudicial como en Estados Unidos, ya que al no tener vecinos cercanos con quienes competir en cuestiones de poder, no hemos tenido necesidades militares inminentes, y por tanto, como ocurre siempre que el peligro se percibe como distante, se le ha prestado poca atención, y también porque como nuestros grandes recursos sólo se han desarrollado parcialmente no se ha despertado nuestro interés por las actividades en el exterior. En el mismo período y por las mismas causas por las que el mundo europeo volvió sus ojos desde las costas hacia el interior, en vez de mirar hacia el exterior, el pueblo de Estados Unidos desvió su atención de las actividades externas en las que tuvo su riqueza al principio del siglo. Esta tendencia, enfatizada en el aspecto político por la guerra civil, fue reforzada y se ha prolongado a causa de condiciones naturales muy conocidas. Un territorio más extenso, rescatado en gran parte de su original estado yermo, y posiblemente con una proporción de recursos más amplia que la del continente europeo, contenía un número de habitantes mucho menor. Por consiguiente, a pesar de una inmensa inmigración, nos hemos retrasado enormemente en la tarea de completar nuestro desarrollo interno, y por esa razón aún no hemos sentido el interés por el exterior que de manera tan marcada caracteriza en el momento a los pueblos europeos. Llama la atención el hecho de que estemos tan alejados de la tendencia de nuestra raza.

   Por las razones mencionadas, la anterior ha sido una política cómoda pero corta de vista; en todas partes ha sido percibida, entre los estadistas o entre los periodistas, como que fija la atención en cuestiones meramente internas y económicas, y que rechaza, si no es que resiente, las proposiciones que tienden hacia la organización y mantenimiento de la fortaleza militar, o que contemplen la cobertura de nuestra influencia nacional más allá de nuestras propias fronteras, con el argumento de que tenemos suficientes cosas que hacer en casa, olvidando que ninguna nación, como ningún hombre, puede vivir aislada ni morir aislada. Es una política en la que estamos rezagados con respecto a nuestros predecesores de hace dos generaciones, hombres que no sintieron la influencia mitigadora de ideas puramente económicas, ya que llegaron a su madurez antes de que éstas alcanzaran la preponderancia que lograron bajo los políticos de la escuela de Manchester; preponderancia que aún retienen porque los jóvenes de entonces, los que crecieron bajo su influencia, todavía no han salido del escenario. El destino de cada generación, saludable sin duda, es ser regida por hombres cuyas ideas son esencialmente las de períodos anteriores. Es por esto que las brechas de continuidad en la actividad de las naciones se moderan o se evitan; pero por otra parte, la tendencia de tal condición es enceguecer a los hombres para que no perciban el espíritu de la generación existente, porque sus regentes siguen la tónica de su propio pasado en el manejo de sus asuntos. El mismo día en que escribo este artículo aparece en un periódico estadounidense un contraste disociador entre la actuación de Lord Salisbury en el problema cretense y la fogosa carta de Mr. Gladstone sobre el fracaso del 'Concert'. Sin embargo, es un hecho que aunque estos dos estadistas británicos pertenecen a partidos tradicionalmente opuestos, están antes que nada imbuidos de las ideas de la mitad de siglo, y al regirse por ellas consideran que la alteración de la calma es el peor de los males. Es difícil creer que si Mr. Gladstone estuviera ahora en su mejor momento, y en el poder, existiría para él algún ideal que tuviera en su opinión un grado de importancia que pudiera compararse con el de mantener la paz. Es indudable que él se compadecería de los griegos como indudablemente se compadece de ellos Lord Salisbury; pero él mantendría el 'Concert' hasta donde creyera que sólo éste evitaría la guerra. Cuando los hombres que comulgan con las ideas que surgen ahora entre los ingleses ocupen la palestra veremos un cambio, no antes.

   El mismo espíritu ha predominado en nuestro propio país desde que la guerra civil —una "revolución" mucho más real por sus consecuencias que la lucha de las trece colonias contra Gran Bretaña y que en nuestro lenguaje ha recibido tal nombre— forzó a nuestro pueblo, tanto del Norte como del Sur, a apartar sus ojos de los problemas externos y a concentrar sus sentimientos y su mente con apasionado fervor en una contienda interna, en la que una de las partes estaba motivada por la inspiradora esperanza de la independencia, mientras que la otra se inspiraba en la noble idea de la unión. Sin embargo, en el aspecto civil esa guerra fue dirigida por hombres que pertenecían a una generación que ya entonces estaba desapareciendo. La influencia de su propia juventud se revirtió con el retorno a la paz, y se pudo observar en la expulsión del tercer Napoleón de México, en la adquisición de Alaska, y en las negociaciones para la compra de las islas danesas y de la Bahía de Samaná. Cualquiera que haya sido la sabiduría de estos últimos intentos —con los que este escritor simpatiza por el ideal que los inspiró, pero que cuestiona por su orientación militar, o mejor, naval— ellos son particularmente interesantes porque muestran que en los hombres mayores sobreviven las tradiciones que aceptaron en su juventud, pero que son ajenas a la generación que en ese entonces llegaba con rapidez al poder, y que las rechazó y las frustró.

   A esta última generación le ha llegado el turno de desaparecer, y sus sucesores, los que están llegando y los que están por llegar, están llenando sus plazas. ¿Hay alguna señal de las ideas que ellos traen consigo, en sus propias expresiones, o en el espíritu del mundo en general, que ellos necesariamente deban proyectar? O tal vez más importante aún, ¿hay algún indicio en las condiciones del mundo exterior mismo al que ellos debieran prestarle atención, y cuya influencia debieran admitir al modificar y dar forma a sus políticas, antes de que éstas se hayan establecido hasta convertirse en lineamientos definidos que dirijan el futuro del bienestar de su pueblo por muchos años?

   Este escritor, como miembro de la generación saliente, daría una respuesta afirmativa a todas estas preguntas; pero posiblemente por prejuicio constitucional siente que la última atrae más naturalmente su atención. Es su parecer que en el ir y venir del acontecer humano, bajo esos impulsos misteriosos cuyo origen buscan algunos en la Providencia y otros en leyes que aún no se comprenden totalmente, estamos a las puertas de un período en el que es necesario definir con firmeza, aunque el asunto puede dilatarse por largo tiempo, si quien va a dominar la tierra y a controlar su futuro es la civilización del Oriente o la del Occidente. La gran tarea que se presenta ahora al mundo de la civilización cristiana, su gran misión, por la que debe cumplir o perecer, es recibir en su propio seno y elevar hasta sus propios ideales a aquellas civilizaciones antiguas y diferentes que lo rodean y superan en número, y a cuya cabeza están China, India y Japón. Ésta, para citar la más impactante de las muchas formas en la que se nos presenta, es con seguridad la misión que Gran Bretaña, siempre blandiendo la espada, ha estado cumpliendo en la India, pero no es la única. La historia del presente siglo ha sido de una constante y creciente presión de nuestra propia civilización sobre éstas más antiguas. Hasta el momento, dondequiera que dirigimos nuestra mirada encontramos movimiento; el despertar de un sopor, adormecido en su mayor parte, pero real; todavía desorganizado, pero consciente de que lo que interrumpe bruscamente su sueño de siglos tiene sobre él al menos dos ventajas —poder y prosperidad material— las cosas que más anhela la parte materialista de la humanidad en el mundo entero.

   Sería vano profetizar cuál será el resultado final —ni siquiera disponemos de los datos como para opinar— pero igualmente, no es imposible observar condiciones existentes y sugerir consideraciones actuales, que pueden dar forma a acciones inminentes y tienden a favorecer el predominio de esa forma de civilización que no podremos dejar de considerar como prometedora para el futuro, no sólo para nuestra raza sino para el mundo en general. No vivimos en un mundo perfecto y no podemos aspirar a manejar condiciones imperfectas siguiendo métodos idealmente perfectos. Necesitamos asegurarnos el tiempo y el poder estable mediante la fuerza, ese arbitro rudo e imperfecto aunque no innoble —fuerza potencial y fuerza organizada— que ya ha ganado y aún asegura los mayores triunfos del bien en la multifacética historia de la humanidad. Una vez tomadas en cuenta, nuestras ventajas materiales serán rápidamente reconocidas y adoptadas con avidez, mientras que las ideas espirituales que dominan nuestra forma de pensamiento y cuya influencia sobre la acción es ponderable, aún entre aquellos de nosotros que no aceptan la cristiandad histórica o los credos comunes del cristianismo, serán rechazados por largo tiempo. La ley eterna, primordialmente la ley natural y luego la ley espiritual, prevalecerán en este caso como prevalecen en los individuos y en la larga historia de nuestra propia civilización. Entre las dos existe una brecha y se requiere fortaleza y disposición para enfrentar cualquier amenaza de alteración del equilibrio entre los que se ubican en diferentes planos de pensamiento, que no tienen los mismos criterios.

   Y esto es todavía más verdadero si, como se dice comúnmente, la fe falla entre nosotros mismos, si el progreso de nuestra propia civilización conduce a la pérdida de las convicciones espirituales sobre las que se fundamentó, y que en la antigüedad fueron verdaderamente eficaces en la erradicación de los fortines del mal. ¿Cuál será, en tal caso, el significativo papel que desempeñó la Iglesia de la Edad Media con todos sus defectos y con todas las fallas de sus ministros, en medio de la ruina del Imperio Romano y frente a la exaltación de los bárbaros? Si nuestra propia civilización se está tornando solamente hacia lo material, un ente limitado en su esperanza y amor por este mundo, ignoro qué poseemos para salvarnos a nosotros mismos o a otros; pero en cualquier caso ya sea que terminemos hundiéndonos bajo la corriente de una invasión extranjera, o que salgamos adelante gracias a nuestra propia vivida fe en la tarea de atraer hacia nuestra civilización ideal a aquellos que de tal manera ejerzan presión sobre nosotros, en cualquier caso necesitamos tiempo sólo y podemos ganarlo si tenemos fuerza física organizada.

   Tampoco deja de estar este punto de vista inspirado en un espíritu de hostilidad hacia las demás civilizaciones antiguas cuya naturaleza ha sido y es reconocidamente ajena a la nuestra. Alguien que cree que Dios ha hecho de la misma sangre a todas las naciones que habitan sobre la faz de la tierra no puede menos que frenar y reprimir, si alguna vez lo siente, cualquier sentimiento de aversión hacia los seres humanos que no sean de su propia raza. Pero no se necesita odiar a Cartago para aceptar que fue bueno para la humanidad el que Roma triunfara; y nosotros en el presente, al igual que los hombres de todos los tiempos, podemos sentirnos agradecidos de que unas pocas décadas después de las Guerras Púnicas el genio de César haya expandido las fronteras del Imperio romano, y en esta forma haya extendido, establecido y solidificado la obra de su civilización y su gobierno en el exterior, que cuando a esa potencia le llegó el aciago día de tambalear bajo el choque de la conquista —medio con el que había remodelado al mundo, y bajo el que debió sucumbir ella misma— tales cuerpos de defensa en el exterior dilataron el momento de la caída final durante siglos. Los que empezaron el asalto en calidad de bárbaros penetraron en el patrimonio imperial no siendo extraños ni forasteros porque ya estaban imbuidos de las mejores ideas romanas, y convertidos al derecho romano y a la fe cristiana.

    Dice Mommsen:

    Cuando el curso de la historia se aleja de la monotonía miserable del egoísmo político que libró sus batallas en el recinto del senado y en las calles de Roma, se nos permite —en el umbral de un evento cuyas consecuencias ejercen influencia sobre el destino del mundo aún hoy día— mirar a nuestro alrededor por un momento e identificar el punto de vista bajo el que se debe considerar, en conexión con la historia general del mundo, cómo Roma conquistó lo que ahora es Francia y realizó su primer contacto con los habitantes de Alemania y Gran Bretaña. El hecho de que las guerras transalpinas de César arruinaran al gran pueblo celta no fue el resultado más importante de esa gran empresa; mucho más impactante que este hecho negativo fue el aspecto positivo. Casi no cabe duda de que si la regencia del senado hubiera prolongado su semblanza de vida por varias generaciones más, la migración de los pueblos, como se la llama, habría ocurrido cuatrocientos años antes de lo que ocurrió, y habría sucedido en un momento en que la civilización italiana no se había naturalizado ni en la Galia, ni en el Danubio, ni en África, ni en España. Hasta el punto en que César percibió con visión certera en las tribus germanas el rival antagonista del mundo greco-romano, hasta el punto en que con mano firme estableció el nuevo sistema de defensa agresiva en detalle, y enseñó a los hombres a proteger las fronteras del imperio utilizando los ríos y baluartes artificiales, a colonizar a las tribus bárbaras más cercanas a lo largo de la frontera, con el propósito de proteger a las más remotas, y a reclutar el ejército romano recurriendo al alistamiento del país enemigo, logró para la cultura helénico-italiana el tiempo necesario para civilizar a Occidente, de la misma manera como ya había civilizado a Oriente... Pasaron siglos antes de que la humanidad comprendiera que Alejandro no sólo había erigido un reino efímero en Oriente, sino que había llevado el helenismo al Asia; también pasaron siglos antes de que la humanidad comprendiera que César no solamente había conquistado una nueva provincia para los romanos, sino que había puesto los cimientos para la romanización de las regiones de Occidente. Sólo una tardía posteridad percibió el significado de aquellas expediciones a Inglaterra y Alemania, tan precipitadas bajo el punto de vista militar y tan estériles en resultados inmediatos... Que exista un puente que conecta el pasado glorioso de Grecia y Roma con la más soberbia estructura de la historia moderna; que la Europa occidental sea románica y la germánica sea clásica; que los nombres de Temístocles y Escipión tengan para nosotros un sonido muy diferente de los de Asoka y Salmanassar; que Homero y Sófocles no sean como los Vedas y Kalidasa que resultan atractivos para la literatura botánica, sino que florezcan para nosotros en nuestro jardín, todo esto es obra de César.

   Hay momentos en que la historia revela su sólida prudencia en las acciones de un gran individuo como César. Con frecuencia sus actos más profundos proceden de impulsos cuyo origen y motivación no son identificables, aunque es posible discernir cuáles fueron las etapas y determinar sus resultados. Por ejemplo, unos cuantos nombres emergen de entre las confusas acciones que precipitaron a los pueblos extranjeros sobre el Imperio romano; pero con raras excepciones se trata de simples exponentes a quienes la corriente impulsó hacia adelante y hacia arriba, seres que fueron tal vez guías pero no regentes de aquellos a quienes representaron pero no gobernaron. En la actualidad ocurre casi lo mismo. Después de un período de relativo reposo, los pueblos de la civilización europea están avanzando de nuevo a lo largo del camino, para ocupar no sólo los lugares desérticos del mundo sino los territorios disputables, los territorios que sirven de valla entre las naciones rivales que hasta ahora los han separado de aquellas naciones antiguas con las que deben en el presente ser diligentes para mantenerse cara a cara y frontera con frontera. ¿Pero quién dirá que este vasto movimiento general refleja el pensamiento, así haya sido inconsciente, de cualquier hombre, como César, o de unos pocos hombres? A cualquier causa que se lo atribuyamos, ya sea al simple concepto personal de una Monarquía Divina que da forma a nuestras causas o a causas últimas más complejas, la responsabilidad no cae en los hombros de ningún individuo. La necesidad recae sobre los pueblos, y ellos reaccionan como los ratones suicidas de Escandinavia, pero el hombre no es irracional como las bestias que sucumben; está capacitado para preguntarse: ¿Hacia dónde? y ¿qué ocurrirá de ahora en adelante? ¿Tiende esto a la paz universal, al desarme general y a tratados de arbitramento permanente? ¿Se trata de un presagio de comprensión mutua inmediata, de pronta aceptación, y de gusto por tradiciones y hábitos de pensamiento y vida diferentes? ¿Se da ahora la pronta aceptación en los aspectos en los que los orientales y los occidentales chocan los unos con los otros? ¿El contacto presagia la rápida desaparición de los grandes ejércitos y armadas, y sugiere la sabiduría de hacer caso omiso de la forma de fuerza organizada que ellos encarnan en el presente?

   ¿Cuáles serán entonces las condiciones reales cuando estas civilizaciones, de diverso origen y radicalmente distintas —a causa de la evolución de características raciales radicalmente diferentes— se enfrenten una con otra sin la interposición de ninguna región neutral por medio de cuya intervención los contrastes, aunque más remotos, son menos aparentes, y dentro de los cuales las diferencias se opacan unas a otras?

   Por una parte se verá un vasto predominio de legiones, y esas legiones, independientemente de lo incoherentes que sean en masa, están compuestas por unidades que en su capacidad individual poseen en alto grado los elementos de fortaleza que permiten al hombre dominar al hombre y al más fuerte le permiten sobrevivir. En apariencia deficientes en su aptitud para la política y la organización social, han fracasado en el desarrollo de su potencial como grupo y de su capacidad intelectual para la que suelen tener potencial como comunidad. Es posible que también aprendan esta lección, como ya han aprendido de nosotros mucho de lo que ellos mismos no han logrado originar; pero esta carencia es la principal causa de su inferioridad, en su labor presente, con respecto a nosotros en el desarrollo material. Pero los seres humanos no sienten menos codicia por la prosperidad que ellos mismos no han podido crear, característica en la que radica la fortaleza del comunismo como potencia social agresiva. Las comunidades que desean algo y no pueden tenerlo de no ser por la fuerza lo tomarán por la fuerza, a menos que se las reprima en forma agresiva; y no es algo sin precedentes en la historia del mundo que el fluir de las legiones se desborde y arrase las barreras que hombres inteligentes, como César, puedan haber erigido para obstaculizarles el paso. Esto será peor aún si en las barreras no hay suficientes hombres, si están abandonadas o descuidadas por los hombres en quienes el espíritu orgulloso y combativo de sus ancestros ha dado paso al clamor por la deserción en la preparación militar y por la decadencia de los hábitos del guerrero.

   No obstante, aun en tales condiciones —a las que se llegó en alto grado durante la caída del Imperio romano— las posiciones bien escogidas y las fronteras con un progreso adecuado contribuyen en gran parte a retrasar, y si se gana tiempo, a modificar el desastre para una de las partes y a convertir el asunto en algo provechoso para el mundo. De aquí la inmensa importancia de discernir oportunamente el valor real de las posiciones y el lugar en que la ocupación debería empezar convenientemente. En esto radica, al menos en parte, la importancia del gran movimiento actual de las naciones europeas hacia el exterior. Consciente o inconscientemente, estas naciones están mejorando los fuertes fronterizos de nuestra civilización y acumulando las líneas de defensa que le permitirán sobrevivir, o por lo menos asegurar que no decaiga hasta haber propagado en el carácter del mundo el ideal de un futuro aún más brillante que su pasado, tal como la civilización romana inspiró y exaltó a sus conquistadores teutónicos y continúa bendiciéndolos hasta el día de hoy.

   Tal es la tendencia de los movimientos en lo que comúnmente llamamos el Viejo Mundo. Al finalizar el siglo XIX la marea ha cambiado su curso y la corriente fluye con fuerza. No es demasiado pronto porque la labor que le espera es vasta. Contrastada en su extensión y población con el mundo exterior, la civilización del grupo de familias europeas, por la que nuestros intereses y ansiedades, nuestras esperanzas y temores están delimitados en tan gran parte, ha sido como un oasis en un desierto. Siendo el asiento y escenario de la cultura más elevada, de las más desatacadas actividades intelectuales, no es tanto por ellas que ha sobrepasado al resto del mundo, como por el desarrollo político y la prosperidad material fruto de las viriles energías de sus hijos, tanto en el comercio como en la guerra. Las innovaciones mecánicas y científicas de esta mitad de siglo han suministrado a estas energías los medios que les han permitido incrementar su prosperidad en diversas formas, y así mismo han creado las desigualdades en bienestar material que existen entre los que están dentro de sus fronteras y los que viven fuera de ellas, quienes no han tenido la oportunidad o la sabiduría para aprovecharlas. Y paralelamente con esta superioridad en riqueza surge el clamor por el desarme, como si no solamente Europa, sino el mundo, hubieran cubierto sus recorridos, y como si la meta de la paz universal aparte de haberse alcanzado, también se hubiera afianzado. ¿Aun así, son las condiciones de tal naturaleza, incluso dentro de nuestras afortunadas fronteras, como para que estemos dispuestos a disolver la organización privada de fuerza física que llamamos policía?

   A pesar de los celos y fricciones internas en el continente europeo, tal vez a causa de ellos, la solidaridad de la familia europea allí contenida se muestra en este gran movimiento común, indudablemente el último acto benéfico del cual es capaz, como lo evidencia la dominación británica en India y Egipto, y al que el hábito de las armas no sólo contribuye sino que le es esencial. En el momento India y Egipto son los dos ejemplos más conspicuos, aunque no los únicos, entre los innumerables y duraderos beneficiarios que se apoyan sobre el poder de la espada que blanden la instrucción y la justicia. Es posible, por supuesto, confundir esta conclusión y opacar el hecho verdadero, si se observan únicamente los detalles de agravios causados en ciertos momentos, o los frecuentes desaciertos. Cualquier episodio en el difícil progreso de la humanidad puede embrollarse de esta manera; pero si nos centramos en los enormes resultados generales, es indiscutible que el provecho para la humanidad en las regiones mencionadas ha sido inmenso, no sólo una vez establecidas, sino cuando permanecen gracias al empleo y continuo mantenimiento de la fuerza física organizada.

   La misma solidaridad general comparada con la del mundo exterior, que se manifiesta inconscientemente en la difundida reanudación general de los movimientos colonizadores, toma su expresión particular y consciente en la idea de la federación imperial, que, en medio de los muchos golpes y reveses comunes a todos los movimientos exitosos, ha recibido una aceptación verdaderamente notable en la opinión del pueblo británico y de sus colonos. La necesidad de sobreponerse a las inmensas dificultades prácticas que se presentan en el logro de las metas hacia las que apuntan tales modos de pensar es sólo un lugar común de la experiencia humana en todas las edades y países. Tales dificultades dan origen a la mofa fácil de lo imposible; así como cualquier proyecto de extender el campo de acción de Estados Unidos, ya sea anexando territorios o de otra manera, se encuentra con el león constitucional que los reacios o los aprensivos encuentran siempre en su camino; aunque, para usar palabras de alguien que nunca se rindió fácilmente, "si existe algo que uno deba hacer, entre más dificultades se presenten, más necesario es deshacerse de ellas". Cuando un sentimiento se fortalece, poco a poco debilita los obstáculos y finalmente los derrumba.

   La misma tendencia se muestra en la innegable disposición del pueblo británico y sus estadistas a cultivar la benevolencia hacia Estados Unidos y a estrechar las relaciones entre los dos países. Mr. Balfour ha usado una expresión para referirse a la disposición que subyace a tal tendencia, "patriotismo de raza", frase que indudablemente encuentra su primer ejemplo en la familia de habla inglesa, pero que puede perfectamente ampliar su aplicación, en un tiempo aún distante, a todos aquellos que han derivado su civilización actual de las mismas fuentes remotas. La frase, como la concibió el escritor, implica tal posibilidad de soluciones para los problemas del futuro, que él espera que se vuelva de uso corriente por el valor de la idea que formula. Es fácil dar por hecho que esta disposición de Gran Bretaña hacia sus colonias y hacia Estados Unidos refleja tanto una política acertada como sensibilidad. ¿Pero por qué debería una política acertada que busca progreso para sí mismo, y lo hace a través de medios abiertos y honestos, ser tomada como un crimen? Sin embargo, en las democracias la política no puede dilatarse ni ser sentimental cuando se trata de disputar el cetro. La respuesta indiferente de Estados Unidos se debe a aquella mentalidad estrecha desarrollada hacia la mitad del siglo, que encuentra su análogo en Gran Bretaña en el partido Pequeña Inglaterra, que en nuestro propio país volvería todas las miradas hacia el interior y no reconocería ningún deber que no sea hacia nosotros mismos. ¿Cómo pueden dos seres avanzar a la par si no están de acuerdo? ¿Cómo puede existir verdadera simpatía entre una nación cuyas actividades políticas tienen que ver con el mundo entero y otra que sufre en silencio sus luchas políticas internas? Cuando realmente empecemos a mirar hacia el exterior, y cuando nuestra generación empiece a hacerse cargo de sí misma y de sus deberes con el mundo —y no antes— extenderemos nuestra mano a Gran Bretaña, haciéndonos conscientes de que en la unidad de sentimientos entre las razas angloparlantes se encuentra la mayor esperanza para la humanidad en los inciertos tiempos que se avecinan.

   En la determinación de los deberes de las naciones la proximidad es el indicio más visible y más general. Si consideramos que los Estados americanos son miembros de la familia europea, como lo son por sus tradiciones, instituciones y lenguas, es en el Pacífico donde el curso del imperio hacia Occidente se encuentra de nuevo con Oriente, donde las relaciones hacia el futuro del mundo se hacen más aparentes. El Atlántico, bordeado en ambas costas por la familia europea en sus más fuertes y avanzados tipos de desarrollo político, ya no separa sino que une, a través de todos los medios y gracias a la abundancia de comunicación marítima, a los que alguna vez fueron hijos desunidos de una misma madre, a los herederos de Grecia y Roma y de los conquistadores teutónicos de esta última. Un expreso limitado o un carguero aéreo puede transportar unos pocos pasajeros o una carga pequeña desde el Atlántico hasta el Pacífico con más rapidez de lo que los vapores modernos pueden cruzar el Atlántico, pero cuando se trata de montos grandes, en número o en cantidad, que se requieren para el cumplimiento satisfactorio de la comunicación, lo que crea la división es la tierra, no el mar. En la costa Pacífica, separados de sus hermanos por el desierto y por cadenas de montañas, se encuentran los puestos de avanzada, los pioneros desprotegidos de la civilización europea, a quienes la familia europea debe unir más estrechamente a la comunidad que ella conforma, y a quienes por simple precaución debe proteger de aquellos que se les acerquen por cualquier lado.

   Es en este hecho político, y no en la ponderación de ventajas puramente comerciales, donde radica la gran significión del futuro canal a través del istmo centroamericano y la importancia del Mar Caribe, ya que en torno a este último giran todas las deliberaciones internacionales concernientes al problema del Istmo. Dondequiera que se sitúe, ya sea en Panamá o en Nicaragua, la significación fundamental del canal será el hecho de que acerca en miles de millas las fronteras de la civilización europea en general, y de Estados Unidos en particular; que une, como ninguna otra cosa puede hacerlo, a todo el sistema de los Estados americanos que disfrutan de tal civilización. En el archipiélago del Caribe —verdadero emporio de potencias marinas, si se puede llamar así a alguna región— están el hogar natural y el centro de aquellas autoridades por medio de las cuales una vía marítima tal como un canal debe ser controlada, de la misma manera que el control del Canal de Suez tiene su base en el Mediterráneo. También Hawai es una posición fuerte para el canal, tanto como lo son Adén y Malta para Suez, o como lo fue Malta para India en tiempos que precedieron al canal, cuando Nelson proclamó que en ese aspecto Malta era fundamentalmente importante para Gran Bretaña. En la gran cantidad de fortalezas isleñas del Caribe está uno de los más grandes centros nerviosos de toda la comunidad de la civilización europea; y es de lamentar que una porción tan significativa de ella esté en manos de quienes no sólo nunca han producido nada, sino que —según todas las apariencias— tampoco podrán producir el desarrollo que el interés general demanda.

   Lo que nos espera en el futuro, a nosotros y a los Estados de Europa, no es una simple cuestión de ventaja o desventaja, de más o menos. El asunto involucra temas de vital importancia. La generación presente es depositaria de bienes para sus sucesores, y puede ser infiel a su cometido tan palpablemente por comisión como por omisión. El descuido en aprovechar las oportunidades cuando se presenta la ocasión puede representar para la posteridad problemas y dificultades que, si de alguna manera se solucionan —tal vez demasiado tarde—, lo harán a costa de sangre y lágrimas que la precaución podría haber evitado. Tales medidas preventivas, si se toman, no son ofensivas en ningún sentido; son defensivas. Las condiciones decadentes, como las que observamos en Turquía —y no sólo allí— no pueden prolongarse indefinidamente mediante consejos oportunistas o delaciones timoratas. Llega un momento en los asuntos humanos, como en los males físicos, en que es necesario recurrir a medidas heroicas para salvar la vida de un paciente o el bienestar de una comunidad; y si se deja pasar ese momento, como muchos creen ahora que ocurrió en la guerra de Crimea, el último Estado es peor que el primero; los días de duda que el 'Concert' ha pasado recientemente y la angustia de Grecia, para no hablar de los atropellos armenios, confirman esta opinión. Europa, que progresa en regiones distantes, aún no ha extirpado de su seno la existencia de un mal que todavía puede desecar su elemento vital; todavía permite la existencia, en regiones con grandes perspectivas para el futuro, de un sistema cuya carencia de esperanza hacia el mejoramiento político y social que el continuo paso del tiempo hace cada vez más cierto; un mal augurio para el futuro si una marea cambiante lo encuentra en su Estado actual, un fortín en el que la barbarie da cabida a la ocupación extranjera.

   Por nuestro propio bien, y por nuestro deber hacia el bienestar de los pueblos a los que pertenecemos racialmente, es esencial que juzguemos con visión clara, imparcial y resuelta el hecho de que las civilizaciones en diferentes planos de prosperidad y progreso material, con diferentes ideas espirituales y con capacidades políticas muy diversas, se están uniendo rápidamente. Ésta no es una condición sin precedentes en la historia del mundo. Cuando le ocurrió a un gran imperio unido, debilitado por hábitos de largos años de vida pacífica entre sus principales ciudadanos, le trajo ruina, el tipo de ruina que se pospone por siglos gracias a los aprovisionamientos hechos de antemano por un gran general y estadista. Por otra parte, las invasiones sarracenas y turcas que ocurrieron después de generaciones de progreso fueron primero frenadas y luego se las hizo retroceder, ya que aunque recayeron sobre pueblos verdaderamente desunidos por discordias y contiendas internas —como las naciones de la Europa de hoy—, se trataba de naciones de guerreros, cuyo entrenamiento y costumbres las mantenían dispuestas a luchar por sus derechos y, de ser necesario, a morir por ellos. Por la providencia de Dios, junto con el inmenso incremento de prosperidad, de progreso mental y físico que este siglo ha traído, también ha crecido aquel contrapeso estigmatizado como "militarismo", que ha convertido a Europa en un gran campamento de soldados preparados para la guerra. El intempestivo clamor por el desarme, arriesgado si se tienen en cuenta las preocupantes posibilidades del futuro, contradice fútilmente un gran hecho que encuentra suficiente justificación en las condiciones presentes, pero que es, en esencia, una preparación que hasta el momento sólo unos pocos han notado.

   En lo que concierne a tierra firme, estos grandes ejércitos y el obcecado interés de los pueblos europeos por el exterior demuestran que deben pasar generaciones antes de que sea posible superar las barreras tras las cuales se encuentra lo que queda de la fortaleza de la civilización cristiana. En lo que concierne al mar, no existe un Estado más cargado de responsabilidades que Estados Unidos. En el Caribe, el sensible recelo de nuestro pueblo hacia cualquier supuesta invasión encarnizada por parte de otro Estado de la familia europea se ha puesto de manifiesto con demasiada claridad y muy recientemente como para dar lugar a disputas. Tal actitud requiere, por sí misma, que estemos preparados a apoyarla con nuestro poderío bélico organizado, de la misma manera como la desconfianza mutua entre los Estados al interior del continente europeo les impone mantener sus grandes ejércitos, destinados, creemos nosotros, a cumplir una función más noble en el futuro. En los lugares donde excluimos a otros en esta forma, aceptamos nuestra responsabilidad por lo que es un deber para con la familia de nuestra civilización; y el Mar Caribe, con su istmo, es el nexo donde se cruzarán las vías que unen al Oriente con el Occidente, al Atlántico con el Pacífico.

   El Istmo, con todo lo que depende de él —su canal y sus vías de acceso en ambos lados— unirá la región oriental del continente americano con su región occidental como no puede hacerlo nunca ninguna red terrestre de comunicaciones. Estados Unidos, que ha manifestado especial interés en este aspecto, puede en el presente mantener su exigencia, y en el futuro puede cumplir su deber, sólo con la creación de esa potencia marítima de la que debe siempre depender el predominio en el Caribe. En resumen, cuando los recelos al interior de Europa, y la institución puramente democrática del levée en masse (leva militar en masa) —imposición general del entrenamiento militar— hayan preparado el camino para los grandes ejércitos nacionales, cuya misión aún parece oscura, de manera que el gradual ceder y exigir que se ejerce sobre el sentir de la democracia americana acerca de su convicción caracterizada en forma amplia como la Doctrina Monroe encuentra su resultado lógico e inevitable en una gran potencia marítima, el equivalente, si se lo compara con el de Gran Bretaña, de aquellos ejércitos que continúan floreciendo bajo las instituciones más populares, a pesar de las quejas de los economistas y las lamentaciones de aquellos que desean la paz sin pagar el único precio que alguna vez la haya asegurado, la preparación para la guerra.

   Mientras duró la preparación para la guerra, fue así como se mantuvo a raya a los teutones hasta que se civilizaron y humanizaron según los parámetros de la época y comprendieron el sentido de las cosas, de manera que su comprensión diera frutos en el momento oportuno. Se los mantuvo a raya por medio de fuerzas armadas organizadas, ejércitos. ¿Se dirá que aquello ocurrió en un período bárbaro del pasado? Sin embargo, la barbarie no tiene su origen en la mayor o menor prosperidad material, o aun en el desarrollo político, sino en la esencia del hombre, en el ideal espiritual; y lo material, que es más aparente y no tiene en sí mismo la sal de la vida para salvarlo de la corrupción, debe ser controlado por otras fuerzas materiales, hasta que el aspecto espiritual pueda encontrar lugar y tiempo para germinar. Sólo debe preocuparnos que lo que atrae los sentidos en nuestra civilización sea lo apropiado, así sea necesario destruirnos, en caso de estar desarmados, para lograrlo. Nuestra propia civilización, a excepción de su elemento espiritual, es bárbara, y bárbara será la civilización de aquellos que asimilan su progreso material sin comprender su propia fuerza interior.

   Rindamos culto a la paz, sinceramente, como el objetivo que la humanidad debe esperar lograr; pero no soñemos que la paz se alcanza de la misma manera como arrebata un niño una fruta verde de un árbol. Tampoco se logrará ignorando las condiciones que confrontamos, o exagerando los encantos de la calma, la prosperidad, la tranquilidad, o contrastando exclusivamente estos aspectos con los sobresaltos y horrores de la guerra. Los argumentos meramente utilitaristas nunca han convencido ni convertido a la humanidad, nunca lo harán porque la humanidad sabe que existe algo mejor y nunca revenciará una paz que se presenta como la deidad tutelar de la lonja de valores.

   Nada es más ominoso para el futuro de nuestra raza que la tendencia, vociferante en el presente, que rehúsa reconocer en la profesión de las armas, en la guerra, aquello que inspiró el "Guerrero feliz" de Wordsworth, que sosegó las horas de agonía de Henry Lawrence, quien enmarcó los ideales de su carrera en la concepción del poeta, y de manera tan noble lo ilustró en su propio sacrificio; ese algo que ha hecho al soldado de todos los tiempos el símbolo del heroísmo y la abnegación. Cuando la religión de Cristo, Él, quien fue llevado como un cordero al lugar del sacrificio, busca erigir ante sus seguidores la imagen del autocontrol y la resistencia ante el mal, es al soldado a quien se refiere. Él mismo, como Rey de la Paz, es, primero que todo, en la esencia de su ser, Rey de la Rectitud sin la cual no puede existir la verdadera paz.

   El conflicto es una condición de toda vida, material y espiritual; y es a la experiencia del soldado a donde recurre la vida espiritual en busca de sus más vividas metáforas y de sus más elevadas inspiraciones. Cualquier otra cosa que pueda traernos el siglo XX, no heredará un ideal más noble de ninguna cosa corriente en el pensamiento del siglo XIX.

CAPÍTULO VIII
Características estratégicas del Golfo de México y del Mar Caribe
JUNIO, 1.897

   La importancia, tanto absoluta como relativa, de porciones de la superficie de la tierra y de sus consecuentes intereses para la humanidad, varía de tiempo en tiempo. El Mediterráneo fue por muchas épocas el centro alrededor del cual convergían todas las influencias y progreso de aquellas primeras civilizaciones de las que proviene mediata o inmediatamente la nuestra. Durante el caótico período de lucha ocurrido entre su caída y el nacimiento de nuestras condiciones modernas, el Mar del Japón, gracias a su dominio de las tradiciones y cultura de la antigüedad, continuó reteniendo una supremacía general, aunque finalmente su predominio político fue desafiado y vencido por las nacionalidades más jóvenes, más viriles y más aguerridas que se habían estado formando gradualmente más allá de los Alpes, y en las costas del Atlántico y los océanos del Norte. Este mar fue hasta finales de la Edad Media la única ruta a través de la cual Oriente y Occidente mantuvieron relaciones comerciales, ya que, aunque el comercio al oriente del Levante se realizaba por largas y penosas travesías terrestres, pasando por cadenas de montañas y llanuras desiertas, la comunicación por agua, en parte y hasta ese momento, era proporcionada por el Mediterráneo, y solamente a través de él. Con el descubrimiento del paso por el Cabo de la Buena Esperanza esta ventaja desapareció, y al mismo tiempo el descubrimiento de un nuevo mundo abrió para el Viejo Mundo el paso a nuevos elementos de lujo y a una nueva dimensión en sus ambiciones. Luego el Mediterráneo, dejado a su suerte en materia de productos recursivos, tambaleó en el Oriente bajo la desesperada barbarie de los turcos y en el Occidente por el decadente despotismo de España; y en la parte media, dividido entre un número de países subordinados, incapaces de acción unida y en consecuencia potente, se redujo a un factor de consecuencia relativamente menor para el progreso futuro del mundo. Durante las guerras de la Revolución Francesa, cuando la vida de Gran Bretaña, y consecuentemente el tema del conflicto, dependían del vigor del comercio británico, la flota mercante británica fue casi desalojada a la fuerza de ese mar; y todo, con excepción de un dos por ciento de un comercio que estaba aumentando extraordinaria y permanentemente, fue desde entonces obtenido de alguna otra fuente. Es innecesario decir cómo han cambiado todo esto el Canal de Suez y el crecimiento de la Cuestión Oriental en su forma moderna. Aun así, a través de todo el período de relativa insignificancia, las relaciones del Mediterráneo hacia el Oriente y hacia el Occidente le preservaron, en el sentido amplio de la expresión, una importancia política hacia el mundo en general que le produjo un panorama de grandes ambiciones políticas y proyectos militares. Desde hace dos siglos, cuando Gran Bretaña intervino activamente por primera vez en esas aguas, en ningún momento ha cedido voluntariamente en sus pretensiones de ser una potencia mediterránea líder, aunque sus posesiones tienen allí un valor puramente militar, o mejor, naval.

   El Mar Caribe y el Golfo de México, tomados en conjunto, forman un mar interior y un archipiélago. Ellos también han conocido las veleidades de la fortuna que admiten ilustración tanto en la historia de los países como en la vida de los individuos. Como primer escenario del descubrimiento y la conquista en el Nuevo Mundo, estas dos extensiones gemelas de agua, con sus islas y sus territorios continentales, se convirtieron por muchas generaciones, y casi hasta nuestra propia era, en un verdadero El Dorado, una tierra donde el mínimo trabajo de sus nuevos propietarios producía los mayores y más jugosos beneficios. La bondad de la naturaleza y la facilidad con que las condiciones climáticas, asistidas por el carácter pacífico de la mayoría de sus nativos, adaptados ellos mismos a la institución de la esclavitud, aseguraba la producción barata y abundante de artículos que, una vez que el hombre los ha disfrutado, se le hacen indispensables; cosa que ya había ocurrido con las sedas y especies de Oriente. En México y Perú se hicieron también realidad, en gran cantidad, las verdaderas minas de oro tan buscadas por la avaricia de los primeros exploradores españoles; mientras que una corta aunque difícil travesía tropical trajo los tesoros de la costa occidental a través del Istmo hasta las costas del ancho océano, la gran vía natural que bañaba al mismo tiempo las costas de la Vieja y la Nueva España. Aunque sus rivales se habían anticipado a Gran Bretaña en la posesión de los distritos más grandes y ricos, ésta derivó del Caribe casi el veinticinco por ciento de su comercio durante el arduo período en que el Mediterráneo contribuyó apenas con el dos por ciento.

   Sin embargo, sobre estas bellas regiones pasó también el infortunio, no sólo del despotismo —ya que éste era característico de aquellos tiempos— sino de un despotismo que no encontraba rival ni elemento de liberación futura, en el temperamento o en las capacidades políticas de la gente sobre la cual gobernaba. Elizabeth era déspota hasta donde podía serlo; Felipe II era un déspota; pero en los subditos de ella ya se manifestaban una voluntad y una fortaleza que no tenían los de él, para resistir la opresión y para organizarse en libertad. Esta voluntad y esta fortaleza, después de ganar muchas victorias parciales en su trayectoria, culminaron una vez por todas en la Revolución Americana. Gran Bretaña jamás ha olvidado la lección que recibió entonces, pues fue una lección que ella misma había estado enseñando durante siglos, y en consecuencia su pueblo y sus estadistas eran buenos aprendices. Han transcurrido siglo y cuarto desde que se dio esta advertencia, no sólo a Gran Bretaña sino al mundo, y aún hoy vemos los resultados en los contrastantes sistemas coloniales de los dos Estados, por una parte de la aptitud política, y por otra de la torpeza y atraso políticos que no pueden liberarse del pasado y abrirse paso hasta el presente, hasta el punto en que el presente, a su vez, se haya convertido en el pasado —irrecuperable.

   En nuestro propio tiempo, causas muy superficialmente diversas pero en esencia las mismas, en el sentido en que surgieron y todavía dependen de una carencia de capacidad política, han llevado al Mediterráneo y al Caribe a condiciones similares, consideradas como cantidades de intereses en el ámbito de las relaciones internacionales. Cualquiera que sea el valor intrínseco de estas dos masas de agua, por sí mismas o por lo que las rodea, cualesquiera que sean sus contribuciones a la prosperidad o a la cultura de la humanidad, sus conspicuas características representan ahora su importancia política y militar en el más amplio sentido, por ser de interés tanto para los países que con ellas colindan, como para el mundo en su totalidad. Ambas son mares circundados por tierra; ambas son eslabones en una cadena de comunicación entre un Oriente y un Occidente; en los dos casos la cadena está interrumpida por un istmo; ambas tienen una extensión reducida si se las compara con los grandes océanos, y como consecuencia de estas características comunes, ambas presentan de manera intensa las ventajas y las limitaciones políticas y militares que condicionan la influencia del poder marítimo. Como lo muestra su historia, esta conclusión es especialmente verdadera en el Mediterráneo. Es forzosamente más palpable en el Caribe, en parte porque el contorno de sus costas no penetra con la fortaleza de la tierra hasta tan adentro del mar, ni tan sostenidamente como en las penínsulas mediterráneas; en parte porque por antecedentes a los que ya se ha hecho alusión, tales como que en el carácter de las primeras colonias y por la brevedad del tiempo la tierra ha estado civilizadamente ocupada, y no existe en el Caribe ni en el Golfo de México —aparte de Estados Unidos— ninguna potencia terrestre comparable con los grandes Estados continentales de Europa cuya fortaleza radique mucho más en sus ejércitos que en su armada. En lo que concierne a inclinaciones nacionales, tan diferentes de las cautelosas acciones de los estadistas, se puede discernir que en el momento las potencias marítimas del Mediterráneo, Gran Bretaña, Francia e Italia se oponen a las potencias terrestres, Alemania, Austria y Rusia; y que estas últimas tienen el predominio en la acción. Esto no puede ser así en el futuro cercano en el Caribe. Como se ha afirmado en un artículo anterior, el Caribe es preeminentemente el dominio del poderío marítimo. Es desde este punto de vista —el militar o el naval— que este mar puede ser ahora considerado. Su importancia política será asumida, como lo reconocieron nuestros antepasados, y se impondrá a nuestra atención por las repentinas aprehensiones que han surgido en los últimos dos años.

   Puede ser razonable, aunque probablemente innecesario, pedirle a los lectores que mantengan claro en sus mentes que el Mar Caribe y el Golfo de México, aunque unidos como dos gemelos siameses, son geográficamente entidades distintas. Una sobresaliente publicación periódica británica acusó alguna vez a este autor de llamar al Golfo de México con el nombre de Mar Caribe debido a su renuencia a admitir el nombre de ningún otro Estado en relación con una masa de agua sobre la cual reclamaba predominio su propio país. El Golfo de México está claramente definido por la proyección de la Península de la Florida por el norte, y de la de Yucatán por el sur. Entre las dos se interpone la isla de Cuba por una distancia de doscientas millas, dejando por un lado un paso de casi cien millas de ancho —el Estrecho de Florida— hacia el Atlántico, mientras que por el otro, el Canal de Yucatán, algo más amplio, se dirige hacia el Mar Caribe. Aquí se puede mencionar, como consideración militar importante, que partiendo desde la boca del Mississippi hacia el oeste, hasta el Cabo Catoche —la punta de la Península de Yucatán— no existe un puerto que pueda de ninguna manera ser juzgado como satisfactorio para barcos de guerra grandes. La existencia de muchos de tales puertos en otras partes de las regiones que aquí se consideran, prácticamente elimina esta larga faja de costa, considerada como factor de importancia militar en el problema que nos ocupa.

   En cada una de estas extensiones de agua, el Golfo de México y el Caribe, existe una posición de preeminente importancia comercial. En el Golfo, la boca del Mississippi es el punto donde se reúnen todas las importaciones y exportaciones del Valle del Mississippi realizadas por mar. Independientemente de las diversas direcciones de donde proceden, o de los destinos hacia donde se dirigen, todas se encuentran aquí como en un gran cruce de caminos, o como cuando los caminos de un gran imperio convergen en la metrópolis. Apartándonos del valor que el Mississippi y las innumerables millas de sus corrientes de agua subsidiarias representen para Estados Unidos como medio fácil de comunicación desde el interior remoto hasta las vías oceánicas del mundo, todo se centra aquí en la boca del río. La existencia de ciudades más pequeñas aunque importantes en la costa del golfo —Mobile, Galvestone o los puertos mexicanos— no disminuye, más bien destaca por su contraste la importancia de la entrada del Mississippi. Todas ellas comparten sus riquezas, dado que todas se comunican con el mundo exterior a través del Estrecho de Florida o el Canal de Yucatán.

   De la misma manera, en el Caribe, la existencia de numerosos puertos importantes y un intenso tráfico de productos tropicales provenientes de la región misma, no hacen otra cosa que resaltar el predominante interés de esa posición conocida en su totalidad, pero hasta el presente en forma algo indeterminada, como el Istmo. Aquí también el elemento de valor decisivo es el cruce de caminos, el encontrarse las vías, que así sean impuestas por la naturaleza misma, como en los casos que nos ocupan, o inducidas, como ocurre algunas veces, en menor grado, por simples disposiciones humanas, son factores de importancia en las consecuencias mercantiles o estratégicas. Por estas razones, el Istmo, aun frente a las desventajas de transporte terrestre y transbordo de artículos, ha sido siempre un eslabón decisivo en las comunicaciones de Oriente a Occidente, desde los días de los primeros descubridores y a través de los siglos subsiguientes, aunque fluctuando en grado de época a época; pero cuando sea atravesado por un canal, representará un centro marítimo análogo a la boca del Mississippi. Ellos serán diferentes en que en el segundo caso las rutas acuáticas convergentes en un lado son parte interior de un gran Estado cuyos recursos ellas transportan, mientras que las rutas que en cualquiera de los dos lados convergen sobre el Istmo están totalmente sobre el océano, la posesión común de todas las naciones. El control de este último, por tanto, se apoya, o en el control local del Istmo mismo, o indirectamente en el control de sus vías de entrada, o en el control de una armada preponderante. En cuestiones navales este último es siempre el factor dominante, exactamente como en tierra firme un ejército móvil —el ejército que está en el campo de batalla— debe dominar en lo que concierne a plazas fuertes, a menos que la guerra vaya a ser ineficaz.

   Tenemos por consiguiente los dos centros alrededor de los cuales gira todo el análisis militar del Mar Caribe y del Golfo de México. Las dos extensiones de agua, tomadas juntas, controlan o afectan las vías de entrada por un lado a estos dos supremos centros comerciales, y por ende de interés político y militar. Las vías de entrada por el otro lado —es decir, las vías interiores de comunicación del Mississippi, o las rutas marítimas en el Pacífico que convergen sobre el Istmo— no nos conciernen al tratar este punto. En términos de habilidad militar, estas vías de acceso se conocen como las "comunicaciones". Estas son probablemente el elemento más vital y determinante en la estrategia militar o naval. Literalmente son las más radicales, ya que todas las operaciones militares dependen de ellas, así como el fruto de una planta depende de la comunicación con la raíz. Por tanto, trazamos en el mapa las líneas principales por las cuales la comunicación existe entre estos dos centros y el mundo exterior. Tales líneas representan la dependencia mutua de los centros y el exterior, por medio de las cuales cada una apoya a las otras, y por cuya separación cualquiera se hace inútil para las demás. Es por el efecto potencial sobre estas líneas de comunicación que todas las posiciones en el Golfo o en el Caribe derivan su valor militar, o su deseo de tenerlo.

   Es imposible preceder o acompañar un análisis de esta naturaleza con una exposición técnica de estrategia naval. Las definiciones de habilidad que puedan ser necesarias, deben ser dadas in loco (en el punto), en forma superficial y dogmática. Por eso, aquí diremos brevemente que el valor estratégico de cualquier posición, sea ésta una porción grande o pequeña de tierra, o un puerto marítimo, o un estrecho, depende: 1) de su situación (con referencia principalmente a sus comunicaciones); 2) de su fortaleza (inherente o adquirida) y 3) de sus recursos (naturales o almacenados). Siendo la fortaleza y los recursos cosas que el hombre puede acumular cuando se da la situación propicia, mientras que no se puede cambiar la ubicación de un lugar que en otra parte resultaría ventajoso, es en la situación en la que se debe fijar principalmente la atención. La fortaleza y los recursos pueden ser suplidos o aumentados artificialmente, pero va más allá del poder del hombre trasladar un puerto que se encuentre fuera de los límites del efecto estratégico. Gibraltar en la mitad del océano podría haber cuadriplicado su poder actual, pero carecería de valor en sentido militar.

   Las posiciones que están indicadas en el mapa con los cuadros oscuros (el mapa no se incluye en esta edición digital) han sido seleccionadas, teniendo en cuenta estas consideraciones, después de un cuidadoso estudio de las ventajas inherentes de los varios puertos y líneas costeras del Mar Caribe y el Golfo de México. De ninguna manera se pretende afirmar que no existen otras que posean méritos de varias clases, o que aquellas indicadas, y que van a ser nombradas, agotan las posibilidades estratégicas de la región que se está examinando. Pero existen circunstancias limitantes de grado en casos particulares, y se requiere prestar un poco de atención a las condiciones políticas de las que se puede decir que hasta un alto grado neutralizan ciertas posiciones. Algunas también son excluidas por estar dominadas por otras tan cercanas y tan fuertes que prácticamente las abarcan cuando están bajo la misma tenencia política. Más aún, es bien sabido en materia de estrategia que las posiciones pasivas, los lugares fortificados, sin importar qué tan fuertes sean, aunque son indispensables como apoyo para las operaciones militares, no deben tenerse en gran número, ya que esto constituye un desperdicio de energía. De la misma manera, en el estudio de un campo de operaciones marítimas, el número de posiciones disponibles cuya influencia relativa y combinada sobre el todo es necesario considerar, debería limitarse, mediante un proceso de eliminación gradual, a aquellas claramente esenciales y representativas. El abarcar más confunde la atención, agota los esfuerzos mentales y representa un obstáculo para la correcta apreciación. El rechazar detalles, cuando es permisible y se realiza con claridad, facilita la comprensión, que se desvía cuando existe multiplicidad de minucias, de la misma forma en que la percepción que se tiene de una obra de arte, o de una historia, se pierde en medio de una multiplicidad de figuras o de actores. La investigación precedente a la formulación de ideas debe ser rigurosa y detallada, pero una vez realizada, la selección desprejuiciada de las más importantes, expresada gráficamente mediante unas pocas líneas y unos pocos puntos, lleva en forma más certera a la comprensión de relaciones decisivas en un campo de acción militar.

   En Estados Unidos, Pensacola y el río Mississippi han sido rivales por la posesión de un astillero. Las decisiones recientes a favor del río Mississippi, tomadas por un tribunal especialmente designado, aunque imponen el asentimiento total de este escritor, de ninguna manera eliminan la utilidad de Pensacola. Tomados juntos, los dos satisfacen el requisito legítimo de estrategia marítima y terrestre, de que las operaciones basadas en fronteras nacionales, entre las cuales se cuente una línea costera, no deberían depender de un solo lugar. Ambos están más cerca de lo que la perfección ideal pudiera desear y, por tanto, es demasiado fácil que puedan ser observados por un enemigo sin mayor dispersión de sus fuerzas. Esto no ocurre, por ejemplo, con Norfolk y Nueva York, pero incluso así, conjuntamente, son lo mejor que tenemos en ese litoral, considerando la corriente de agua para barcos pesados. Key West, una isla que se encuentra a gran distancia de la punta de la Península de la Florida, ha sido reconocida por largo tiempo como el principal y casi único fondeadero seguro y defendible sobre el Estrecho de la Florida, y su razonable control es indispensable para la comunicación acuática entre nuestro Atlántico y las costas del Golfo en tiempo de guerra. En caso de guerra en la dirección del Caribe, Key West es en el momento el punto extremo en posesión nuestra, sobre el cual, dada la fortificación adecuada, podrían nuestras flotas apoyarse; y así usado, distraería en forma eficaz una fuerza enemiga proveniente de Pensacola y el Mississippi. Por tratarse de una isla pequeña y sin recursos, ni siquiera agua, nunca podrá ser base fundamental de operaciones, como pueden serlo Pensacola o Nueva Orleáns; pero para las necesidades diarias de una flota —carbón, municiones, etc.— puede hacerse más eficiente. Sesenta millas al oeste de ella está una fortaleza en desuso en las Dry Tortugas. Estas tienen capacidad para ser convertidas en anexo útil de Key West, pero en la actualidad escasamente pueden ser tenidas en cuenta para tal efecto. Key West está a una distancia de 550 millas de la boca del Mississippi, y a 1.200 del Istmo.

   Las islas de Santa Lucía y Martinica han sido seleccionadas porque representan respectivamente las posiciones principales de Gran Bretaña y Francia en los límites extremos de toda el área que estamos considerando. Por las razones ya anotadas, Granada, Barbados, Dominica y las demás islas británicas cercanas no son tomadas en cuenta, o mejor, se las concibe como comprendidas por Santa Lucía, que las representa en forma adecuada. Si se requiriera una posición secundaria en ese litoral, ésta sería Antigua, que representa para Santa Lucia lo que Pensacola para el Mississippi. De la misma manera, el Guadalupe francés emerge en Martinica. La importancia intrínseca de estas dos posiciones consiste en el hecho de que, siendo en otros aspectos adecuadas y apropiadamente defendidas, son las más próximas a las madres patrias, y entre éstas y aquellas no existe un punto de peligro cerca del cual sea necesario pasar. Tienen desventaja de ser islas muy pequeñas, y en consecuencia sin recursos naturales adecuados; y son susceptibles de ser bloqueadas por todos sus lados. Por tanto, para ser útiles durante una guerra dependen esencialmente del control del mar, cosa que no ocurre ni con Pensacola ni con Nueva Orleáns que tienen el continente a sus espaldas.

   Es en este sentido que las preeminentes ventajas intrínsecas de Cuba, o mejor de España en Cuba, deben verse; y también, pero en mucho menor grado, las de Gran Bretaña en Jamaica. Cuba, aunque estrecha en toda su extensión, tiene una longitud de más de seiscientas millas, desde el Cabo de San Antonio al Cabo Maysi. Es, en resumen, no tanto una isla como un continente, con la posibilidad, dado el desarrollo apropiado, de ofrecer grandes recursos, de ser autosuficiente. Su área es la mitad de la de Irlanda, pero debido a su forma peculiar, tiene más del doble en longitud. Sus distancias marinas, por tanto, se dilatan a un grado extremo. En un examen militar, sus muchos puertos naturales se concentran ellos mismos, en tres grupos principales, cuyos representantes son, en el occidente La Habana, en el oriente Santiago, mientras que cerca de la mitad de la costa sur está Cienfuegos. La distancia acuática más corta que separe dos de estos puertos, los que sean, es de 335 millas desde Santiago hasta Cienfuegos. Para ir de Cienfuegos a La Habana hay que atravesar 450 millas de agua y doblar la punta occidental de la isla; y aun así la distancia terrestre entre los dos puertos es de un poco más de cien millas de territorio fácil de cubrir. Por consiguiente, considerada como base de operaciones navales y fuente de suministros para una flota, Cuba presenta una situación totalmente singular entre las islas del Caribe y del Golfo de México, y es la única que pertenece a ambos entre todas las del archipiélago. Es única por su tamaño, que la debería hacer autosuficiente en alto grado, ya sea gracias a sus propios productos o a la acumulación de productos básicos extranjeros que obtiene en forma natural de una comunidad marítima extensa y próspera; y es única porque si dependiera de las necesidades de una flota, tales suministros podrían ser enviados de un punto a otro por rutas interiores, sin exponerse a riesgos de captura marítima. La extensión de su línea costera, los numerosos puertos y las muchas direcciones desde las cuales puede alguien aproximarse, minimizan los peligros de bloqueo total al que están expuestas todas las islas. Tales condiciones son ventajosas en sí mismas, pero lo son especialmente para una marina inferior a su adversaria, ya que le confieren el poder —sujeto por supuesto, a condiciones de habilidad— de desplazar operaciones de un lado para otro y de encontrar refugio y suministros en cualquier dirección.

   Jamaica, que apenas tiene un décimo del tamaño de Cuba y un quinto de su longitud, no presenta sus ventajas intrínsecas si se la considera como fuente de suministros o como centro desde el cual dirigir esfuerzos; pero de estar en manos de una potencia marítima suprema, como lo es hoy Gran Bretaña, los problemas de suministros, de bloqueo y de facilidad de dirigir esfuerzos disminuyen en importancia. Lo que en uno de los casos es asunto de vida o muerte, se convierte ahora sólo en un asunto embarazoso, que requiere observación y precaución, pero que no es de ninguna manera insoluble. A la larga, ninguna ventaja de posición puede compensar la inferioridad decisiva en potencia móvil organizada, inferioridad en las tropas en el campo de batalla, que se hace mucho mayor en barcos en el mar. Si España se involucrara en una guerra con Gran Bretaña, como lo ha hecho con tanta frecuencia, la ventaja que tendría en Cuba en comparación con Jamaica sería que sus comunicaciones con Estados Unidos, especialmente con los puertos del Golfo, estarían bien protegidas. Con esto no se quiere decir que los navíos destinados a Cuba por tales rutas estarían inexpugnablemente seguros; no existen comunicaciones marítimas o terrestres que puedan estarlo contra ataques inesperados. Lo que se quiere señalar es que ellos pueden ser protegidos con mucho menos esfuerzo del necesario para atacarlos, que los atacantes —la ofensa— deben ser mucho más numerosos y activos que la defensa, porque están mucho más alejados de su base, y que el problema de tal ataque dependería en consecuencia de la fuerza que Gran Bretaña pudiera sustraer de otros escenarios de guerra, ya que no parece probable que España la ataque por sí sola. Es muy posible que en tales condiciones la ventaja de posición significaría más que una compensación por una pequeña desventaja de la fortaleza local. "La guerra", dijo Napoleón, "es un asunto de posiciones"; con lo cual, aquel maestro de los movimientos veloces como el rayo no quiso indicar que la idea era entrar en una posición y detenerse en ella. Es en la utilización de la posición por medio de fuerzas móviles como se determina la guerra, justo como la efectividad de una ficha de ajedrez depende de su valor individual y de su posición relativa. Por tanto, mientras que en la combinación de los dos factores, fortaleza y posición, la fortaleza es intrínsecamente más valiosa, siempre es posible que una gran ventaja de posición pueda pesar más que una pequeña ventaja de fortaleza, de la misma manera como 1+5 resulta mayor que 2 + 3. El valor posicional de Cuba es extremadamente grande.

   Considerada como posición naval, sin hacer referencia a las fuerzas que allí tienen su base, Jamaica es muy inferior a Cuba en lo que tenga que ver con una guerra en general, pese a que en Kingston haya un excelente puerto y una estación naval. Es sólo con referencia directa al Istmo, y por tanto con referencia al problema local del Caribe como principal escenario de hostilidades, que ésta posee una cierta superioridad que será discutida más tarde. Es aconsejable completar primero la lista, y hasta donde sea necesario, dar cuenta de la selección de los demás puntos indicados por los cuadros.

   De éstos, tres están casi tan juntos al Istmo que, de acuerdo con la regla anteriormente adoptada, podrían muy apropiadamente reducirse a una única posición representativa. Sin embargo, estando tan cerca al gran centro de atracción en el Caribe y teniendo diferentes razones específicas que constituyen su importancia, es esencial mencionarlas brevemente a todas y a cada una en un informe de condiciones estratégicas en ese mar. Ellas son: el puerto y pueblo de Colón, llamado a veces Aspinwall; el puerto y ciudad de Cartagena, trescientas millas al oriente de Colón, y la laguna de Chiriquí, ciento cincuenta millas al occidente de Colón, bahía encerrada, vasta y con muchas islas, que proporciona anclaje excelente y diversificado y con playas casi deshabitadas. Colón es el terminal caribeño del Ferrocarril de Panamá —y lo es también del proyectado canal— y está excavado en parte bajo el proyecto De Lesseps. Siendo el puerto bueno, aunque abierto a ciertos vientos, está naturalmente indicado como un punto en el que el tránsito del Istmo puede empezar o terminar. Como no existe intención de participar en la controversia sobre los méritos relativos de los proyectos de canal en Panamá y Nicaragua, será suficiente decir aquí que, si se lleva a cabo el primero, Colón es su punto controversial inevitable en una de sus costas. La ciudad de Cartagena es la más grande y floreciente en los alrededores del Istmo, y posee un buen puerto. Teniendo estas condiciones, su ventaja radica en el principio axiomático de que, siendo todas las demás condiciones casi iguales, un lugar donde se centre el comercio es una mejor posición estratégica que una en la que el comercio no se interese. Esta última es la condición de la laguna de Chiriquí. Esta masa de agua verdaderamente imponente, que fue visitada por el mismo Colón, y que registra tal hecho con el nombre de una de sus bahías, la Bahía del Almirante, tiene todas las adaptaciones naturales necesarias para una base puramente naval, pero no ha atraído hacia sí las operaciones del comercio. Allí habría que crear todo, y habría que mantenerlo continuamente. Está a mitad de camino entre Colón y la boca del río San Juan, donde se encuentra Grey-town, seleccionada como el punto clave del proyectado Canal de Nicaragua; por tanto, en una forma peculiar, Chiriquí simboliza la presente fase indeterminada del problema ístmico. Con todas sus posibilidades latentes, sin embargo, poco se puede decir ahora de Chiriquí, excepto que una apreciación aproximada de su existencia y carácter es esencial para una comprensión adecuada de condiciones ístmicas.

   La isla holandesa de Curazao ha sido marcada principalmente porque dadas sus características naturales no puede ser ignorada; pero ahora está, y se puede esperar que estará indefinidamente, entre las posiciones de las cuales se ha dicho que pueden ser neutralizadas por circunstancias políticas. Curazao posee un magnífico puerto que puede hacerse inconquistable, y está inevitablemente cerca de la ruta de cualquier navío que se dirija al Istmo y pase hacia el oriente de Jamaica. Tales condiciones constituyen innegable importancia militar, pero Holanda es un Estado pequeño, y parece improbable que se aliste de nuevo en una guerra general. De hecho, se siente en el ambiente una aprensión de que el Imperio alemán, con sus presentes pretensiones de extensión colonial, pueda estar deseoso de absorber a Holanda motivado por sus aún extensas posesiones coloniales. Tan improbable como pueda parecer esto, son aún más incomprensibles los recientes movimientos misteriosos en el tablero de ajedrez europeo, atribuidos por rumores comunes a la influencia dominante del emperador de Alemania, movimientos que nosotros, perplejos norteamericanos, hemos tratado en vano de entender en los últimos meses.

   La misma probable neutralidad debe admitirse para las demás posiciones que han sido distinguidas: Isla Mujeres, Bahía Samaná, y la Isla de Santo Tomás. La primera de éstas, en el extremo de la Península de Yucatán, pertenece a México, país cuyo interés en los asuntos del Istmo es muy real, porque al igual que Estados Unidos, tiene extensos litorales tanto en el Pacífico y —en el Golfo de México— en el Océano. La Isla Mujeres, por otra parte, no tiene otra cosa que ofrecer fuera de su ubicación en el Paso de Yucatán, la única vía partiendo des de cualquier puerto del Golfo hacia el Caribe y el Istmo. Su anclaje es apenas tolerable, sus recursos nulos, y su fortaleza defensiva podría ser impartida sólo mediante un gasto bastante desproporcionado para el resultado obtenido. El considerar las islas como posible situación militar no hace otra cosa que destacar el hecho, obvio aun ante la mirada más superficial, de que en lo que toca a ubicación Cuba no tiene rival posible en su dominio del Paso de Yucatán, así como no tiene competidor en lo relativo a fortaleza natural y recursos, para el control del Estrecho de Florida que conecta el Golfo de México con el Atlántico.

   La Bahía de Samaná, en el extremo nororiental de Santo Domingo, es sólo uno de varios buenos fondeaderos en esa gran isla, cuyo territorio está ahora dividido en dos repúblicas negras —francesa y española— por sus lenguas. Su selección para figurar en nuestro estudio, ante la exclusión de otras, ha sido determinada por su ubicación, y por el hecho de que estamos buscando tener una visión global de todo el Caribe, y no sólo de distritos particulares. Por ejemplo, en vista de la existencia de dos grandes puertos navales como Santiago de Cuba y Puerto Real en Jamaica, cerca al Paso del Viento, a través del cual está la ruta directa que va del litoral Atlántico al Istmo, podría argumentarse con vehemencia que el Muelle de San Nicolás, en las inmediaciones del pasaje, ofrece la posición natural para controlar las demás en caso de necesidad. La respuesta es que nuestro objetivo no es controlar nada ni a nadie; se trata de examinar de manera general las características estratégicas naturales, e incidentalmente, basados en tal examen, observar las condiciones políticas de una área marítima en la que Estados Unidos está particularmente interesado; porque como se ha dicho, las condiciones políticas ejercen un efecto inevitable en la valía militar.

   En una inspección tan abierta, la Bahía de Samaná y la Isla de Santo Tomás tienen derecho a la preeminencia que se les da aquí, porque ellas representan, en forma mejor y más eficiente que otras posiciones, el control de dos pasos principales del Atlántico hacia el Mar Caribe. El Pasaje Mona, donde se encuentra Samaná, entre Santo Domingo y Puerto Rico, es particularmente apropiado para los navíos que provienen del norte porque está libre de peligros para la navegación. En esta era del vapor, éste es por supuesto un asunto poco importante militarmente hablando; en este último sentido el Paso Mona es valioso por ser una alternativa al Paso del Viento, o para aquellos hacia el oriente en caso de predominio hostil en un lado o en el otro. Santo Tomás está en el Paso Anegada, que es en verdad bastante usado, y que representa mejor que ningún otro la ruta desde Europa hasta el Istmo, de la misma manera que lo hace el Paso del Viento desde los puertos norteamericanos del Atlántico. Ninguno de estos lugares puede jactarse de tener grandes fortalezas naturales ni recursos; Santo Tomás, por ser una isla pequeña con las debilidades que se ha dicho son inherentes a todas las islas pequeñas; la Bahía de Samaná, porque aunque la isla en la cual se encuentra es grande y productiva, no tiene en el momento, ni da señales de llegar a tener, la estabilidad política ni la prosperidad comercial que traen entre sus beneficios recursos y poder. Además, ambos necesitarían considerable desarrollo de obras defensivas para reunir los requerimientos de un puerto naval. A pesar de estos defectos, sus ubicaciones sobre los pasos nombrados las califican para tenerlas muy especialmente en cuenta en un análisis del Mar Caribe y el Golfo de México. Potencialmente, aunque no realmente, ellas tienen el control de los Pasos Mona y Anegada, tal como Kingston y Santiago tienen el del Viento.

   Dando por sentado que el Istmo es en el Caribe no sólo el interés comercial predominante —y que por tanto es de interés para todo el mundo— sino que también lo es en el sentido militar, y que hasta ahora ha representado peculiar preocupación para aquellas naciones cuyos territorios se ubican sobre ambos océanos, naciones que en el momento separa y unirá un día, entre las cuales Estados Unidos es la más prominente, dando esto por sentado, se da como consecuencia que la entrada al Caribe y el tránsito a través de este mar hasta el Istmo son de primordial importancia en el disfrute de las ventajas de este último. Por tanto, en caso de guerra, su control se convierte en objetivo militar de no menos importancia que el Istmo mismo, porque el acceso a él depende de ellos; y en su relación con ellas es forzoso contemplar las varias posiciones que se tienen en cuenta, primero individualmente, y más adelante en forma colectiva. El escritor ha pedido al lector tener fe en el primer proceso de consideración individual; ni el tiempo ni el espacio permiten explicarlo detalladamente aquí, pero las razones para escoger los lugares nombrados se han dado tan brevemente como ha sido posible. Miremos ahora el mapa y consideremos como un todo colectivo la imagen geográficamente representada.

   Poniendo los puntos ístmicos aparte, por lo menos por el momento, como indicando el objetivo más que los medios precedentes, vemos en el presente que las posiciones en los extremos del área examinada son dominadas por potencias de primera categoría —Martinica y Santa Lucía por Francia y Gran Bretaña, Pensacola y el Mississippi por Estados Unidos.

   Más aún, dominados por estos mismos estados de primer orden existen otras dos posiciones de avanzada, ampliamente separadas de las primeras bases de su poder. Ellas son Key West, que está a 460 millas de Pensacola, y Jamaica que está a 930 millas de Santa Lucía. Con referencia al Istmo, Key West está a una distancia de 1.200 millas, y Jamaica a 500 millas.

   Entre ambos, y separándolos de bases principales y puestos progresistas, se extiende la cadena de posiciones que va desde Yucatán hasta Santo Tomás. Hasta donde es posible en lo que concierne a ubicación, aparte de las fuerzas móviles, ellas —las más importantes— representan el control sobre las entradas del norte hacia el Mar Caribe. Nada en esta cadena pertenece a las potencias comúnmente reconocidas como de primera categoría en fortaleza.

   Las entradas en el norte del mar hasta el Paso Anegada, aunque sin incluirlo, se consideran las más importantes por ser tan poco numerosas, circunstancia que siempre aumenta valía; por estar mucho más cerca del Istmo que otras, y muy especialmente de Estados Unidos; porque por medio de ellas, y sólo por medio de ellas —a menos que se cubra un amplio trecho— se comunica el país con el Istmo, y en forma general, con todas las regiones localizadas dentro de los límites del Caribe.

   En un sentido muy literal el Caribe es un mar mediterráneo; pero este adjetivo debe ser usado con moderación cuando se hacen comparaciones con el Mediterráneo del Viejo Mundo o con el Golfo de México. Estas dos últimas masas de agua se comunican con los mares exteriores por pasos tan reducidos que pueden ser fácilmente observados desde posiciones vecinas, y para ambos existen posiciones excepcionalmente fuertes —en el primer caso Gibraltar y otras, y únicamente La Habana en el segundo caso. El Caribe, por el contrario, está encerrado en su lado oriental por una cadena de islas pequeñas, y los pasos entre ellas, aunque prácticamente no más amplios que el Estrecho de Gibraltar, son tan numerosos que la entrada al mar en ese lado puede decirse con exactitud que se extiende por un trecho de cerca de 400 millas. Es verdad que las islas representan muy variadas posiciones, algunas mejores, otras peores, y que desde ellas se puede ejercer control militar; no obstante, su número obstaculiza la concentración y certeza en el efecto que le son posibles a una fuerza militar suficiente con base en Gibraltar o en La Habana.

   En el lado norte del mar el caso es muy diferente. Desde el extremo occidental de Cuba hasta el extremo oriental de Puerto Rico se extiende una barrera terrestre de 1.200 millas —en contraste con las 400 en el oriente— interrumpida sólo por dos estrechos, cada uno de 50 millas de ancho, y un vapor de moderada potencia puede pasar de uno de sus lados al otro en tres o cuatro horas. Estas condiciones naturales que rigen las vías de entrada al Istmo reproducen hasta donde es posible el efecto estratégico que tiene Irlanda sobre Gran Bretaña. Allí, una barrera terrestre de 300 millas a mitad de camino entre el Pentland Firth y el canal inglés —situado en posición dominante, es decir, con referencia a todas las vías de llegada a Gran Bretaña por el Atlántico— confiere a una armada adecuada un poder único para flanquear y hostilizar a cualquiera de los dos o a ambos. Las condiciones políticas existentes y otras circunstancias modifican sin duda la importancia de estas dos barreras, en forma relativa para los dos países afectados por ellas. La comunicación abierta con el Atlántico es vital para Gran Bretaña; para Estados Unidos el Istmo no es vital por el momento. Existen sin embargo variados grados de importancia por debajo del punto vital. Teniendo en mente que de la barrera de 1.200 millas al Caribe, 600 millas son sólidas en Cuba, y que después de la brecha de 50 millas del Paso del Viento siguen 300 millas de Haití antes de llegar al Paso Mona, es indiscutible que una armada superior, con base en Santiago de Cuba o en Jamaica, podría estorbar seriamente todo acceso de Estados Unidos al Caribe continental, y especialmente al Istmo.

   En conexión con esto también debería considerarse la influencia que ejerce la Península de la Florida sobre nuestra comunicación mercantil y naval entre las costas del Atlántico y del Golfo de México, y la estrechez de los canales que separan a esta última del banco de las Bahamas y de Cuba. El efecto de esta larga y no muy amplia franja de tierra sobre nuestros intereses marítimos puede ser mejor comprendido imaginándola totalmente inexistente, o convertida en una isla por un posible canal que cruce su cuello. En el segundo caso, de hecho las entradas al canal tendrían que estar aseguradas, pero nuestros barcos no se verían forzados a pasar a través de un trancanil largo y estrecho, bordeado a lo largo de uno de sus lados por territorios extranjeros y posiblemente hostiles. En caso de guerra con Gran Bretaña o España, este canal posiblemente estaría infestado de cruceros enemigos, cercanos a sus propias bases, la mejor condición para una guerra destructora del comercio; y su protección por parte nuestra en las circunstancias presentes exigirá un esfuerzo mayor que el exigido por el supuesto canal, o que el que se requeriría si la Península de la Florida no existiera. El efecto de la península es empujar nuestra ruta del Atlántico al Golfo 300 millas hacia el sur, y hacer imperativa una base para el control del estrecho, mientras que el caso se hace peor debido a la ausencia casi total de puertos útiles. En el Atlántico, que es el lado más expuesto, no existe ninguno, y en el Golfo de México no existe ninguno a una distancia menor de 175 millas de Key West (Sigue Nota del Editor), donde está la Bahía de Tampa. De hecho no hay nada que se pueda decir acerca de los intereses de Estados Unidos en un canal ítsmico que no aplique ahora con la misma fuerza al Estrecho de Florida. Uno de ellos une al Atlántico con el Golfo, mientras que el otro uniría al Atlántico con el Pacífico. Se puede agregar aquí que el fenómeno de la larga y angosta Península de la Florida, con su estrecho, se reproduce en forma sucesiva en Cuba, Haití y Puerto Rico con los pasos que las dividen. Todas juntas forman una larga barrera, cuya significación estratégica no puede dejar de tenerse en cuenta en su efecto sobre el Caribe, mientras que el Golfo de México queda en absoluto aislamiento si los pasos están bajo control hostil.

   Las relaciones de la isla de Jamaica con la gran barrera formada por Cuba, Haití y Puerto Rico son tales que la convierten en el estriberón natural mediante el cual pasa de la entrada al Caribe, que ha estado ocupando nuestra atención, a la de tránsito que lo atraviesa desde la entrada al Istmo y que debemos analizar a continuación.

   En materia de entrada al Caribe y de control interior general de ese mar, Jamaica tiene una posición central singular. Es equidistante (500 millas) de Colón, desde el Canal de Yucatán, y del Paso Mona; es aún más cercano (450 millas) al territorio continental más próximo Suramérica en Punta Gallinas, y de América Central en el Cabo Gracias a Dios; y al mismo tiempo está tan inmediata a la parte posterior del Paso del Viento, que su dominio de este último escasamente puede ser considerado menor que el de Santiago. La analogía de su situación como base para una gran flota, a la de un ejército que cubre una frontera franqueable sólo por unos pocos puntos, apenas escapará a un lector militar. Una cadena comparativamente corta de veloces vapores vigilantes en cada dirección puede dar aviso oportuno de cualquier aproximación por cualquiera de los tres pasos mencionados, mientras que si la entrada es lograda por cualquier otro punto, los brazos extendidos hacia Gallinas y Gracias a Dios advertirán sobre tal tránsito antes de que sus propósitos puedan ser llevados a cabo sin encontrar obstáculo.

   Con tales ventajas de situación, y con un puerto susceptible de desarrollarse como estación naval para una gran flota, Jamaica es ciertamente la posición más importante en el Mar Caribe. Cuando uno recuerda que por una conquista accidental pasó a manos de Gran Bretaña en tiempos de Cromwell, ya que la expedición se dirigía originalmente a Santo Domingo; que en los dos siglos y medio que han transcurrido desde entonces no ha desempeñado un papel que le haya reportado beneficios como los que ahora se vislumbran; que dadas todas las probabilidades debería haber sido reconquistada y retenida por España en la guerra de la Revolución Americana; y cuando se recuerda que un incidente similar y una similar y consecuente incertidumbre concurrieron a la conquista y retención de las posiciones mediterráneas decisivas de Gibraltar y Malta, uno se pregunta si incidentes tan excesivamente separados en tiempo y lugar, tendientes todos a un fin —el predominio marítimo de Gran Bretaña— pueden ser accidentales, o si son simplemente la muestra de una intención personal, actuando todo el tiempo, con propósito deliberado y consecutivo, hacia fines que todavía no son claros.

   No obstante, cuando se la compara con Cuba, Jamaica no puede ser considerada la posición preponderante del Caribe. La cuestión militar de posición es tanto cualitativa como cuantitativa, y la ubicación, así sea excelente, por rareza puede por sí sola compensar por completo las carencias de capacidad y recursos que representa la propiedad natural del tamaño, de la dimensión. Gibraltar, sinónimo de fortaleza intrínseca, es una ilustración apropiada en este caso; su tamaño pequeño, su aislamiento y su carencia de recursos constituyen limitaciones para su capacidad ofensiva, y aun para su inexpugnabilidad, que son bien comprendidas por los hombres de armas. Jamaica, por su situación flanquea la ruta de Cuba al Istmo, como de hecho lo hace con todas las rutas provenientes del Atlántico y del Golfo hacia ese punto; pero como entidad militar es completamente eclipsada por la inmensa isla que confronta de manera tan visible. Si, como se ha dicho, gracias a su situación intercepta el acceso de Cuba al Istmo, su inmenso vecino le obstaculiza a ella una comunicación segura con el continente norteamericano, que es ahora como siempre la principal fuente natural de suministros para las Antillas, que no producen los productos básicos esenciales para la subsistencia. En relación amistosa o neutral con Estados Unidos, en una situación de guerra, no puede haber comparación entre las ventajas que le confieren a Cuba su situación y su tamaño, y las de Jamaica, que debido a las cualidades de su rival queda completamente aislada de esa fuente de suministros. La desventaja de Jamaica no es menos marcada en lo que se refiere a comunicación con territorios diferentes a Estados Unidos —Halifax, Bermuda y Europa. Su distancia desde estos puntos y desde Santa Lucía, donde se puede decir que los recursos de Europa se concentran, hacen que su situación sea de aislamiento extremo, condición que se hace peor por el hecho de que tanto Bermuda como Santa Lucía dependen ellas mismas de recursos foráneos para cualquier cosa que puedan enviar a Jamaica. En todos estos puntos, el carbón, el gran factor de la guerra naval moderna, debe ser almacenado y el suministro mantenido. Ellas no lo producen. El tamaño de Cuba, la cantidad de población que tiene, o debe tener, el número de sus puertos marítimos, el alcance de sus posibles industrias, conducen naturalmente a una acumulación de recursos tan considerable como las que las grandes comunidades mercantiles siempre procuran. Éstas, sumadas a su vecindad con Estados Unidos y sus demás ventajas de situación, hacen de Cuba una posición que no puede tener rival militar entre las islas del mundo, con excepción de Irlanda. Mientras tenga una relación amistosa con Estados Unidos, es imposible aislarla.

   El propósito de cualquier discusión como la presente debe ser el de limitar por eliminación gradual los distintos factores a ser considerados, de manera que los que son decisivos, los permanentes, puedan hacerse palpablemente visibles. Cuando disminuyen los árboles pueden aparecer las características estratégicas del paisaje. Los procesos fundamentales en el caso presente se han realizado antes buscando la atención del lector, a quien se le han presentado los primeros cálculos bajo tres encabezamientos. Primero, los dos centros decisivos, la boca del Mississippi y el Istmo. Segundo, se han especificado las cuatro rutas principales que conectan estos dos puntos con otros lugares. Estas rutas son: 1) la que comunica al Mississippi con el Istmo; 2) la que va del Istmo a las costas norteamericanas a través del Paso del Viento; 3) la que va del Golfo de México a la costa norteamericana pasando por el Estrecho de la Florida, y 4) la que comunica al Istmo con Europa, por el Paso Anegada. Tercero, se han establecido las principales posiciones militares a través de la región en cuestión, y se ha indicado su importancia individual y relativa.

   Del subsiguiente análisis se concluye que como las "comunicaciones" son un elemento primordial de estrategia en lo que se refiere a ubicación, la posición o posiciones que afecten en forma decisiva el mayor número o extensión de comunicaciones será el más importante. De las cuatro rutas principales mencionadas tres pasan cerca y están esencialmente controladas por las islas de Cuba y Jamaica; a saber, la que comunica al Mississippi con el Istmo por el Canal de Yucatán, la que va del Mississippi a la costa Atlántica de América por el Estrecho de la Florida, y la que parte del Istmo a la costa Atlántica por el Paso del Viento. La cuarta ruta, que representa aquellas que van del Istmo a Europa, pasa más cerca de Jamaica que de Cuba, pero estas dos islas ejercen más control sobre ella que el que pueda ejercer cualquier isla del archipiélago, ya que cualquiera otra puede ser evitada más fácilmente, y por un intervalo más amplio que Jamaica o Cuba.

   Por tanto, consideradas como posiciones, estas dos islas son las verdaderas rivales por el control del Caribe y el Golfo de México, y se puede agregar que el centro estratégico de interés para ambos, el Golfo y el Caribe, se encuentra en el Paso del Viento, porque representa la última prueba de la relativa capacidad de las dos islas para controlar el Caribe. Porque, como se ha dicho antes y nunca se repetirá con demasiada frecuencia, la sola posición no es decisiva en caso de guerra, no de la manera significativa en que lo es la fuerza móvil. En la combinación de estos dos elementos descansa la afirmación total en cualquier caso. En cuestiones de posición se ha fallado a favor de Cuba por las razones que se han expuesto. En caso de conflicto entre las potencias que mantienen el control de las islas, el problema del control del Paso del Viento sería la prueba de relativa fortaleza móvil, ya que el canal es la más corta y mejor ruta de comunicación para Jamaica con la costa norteamericana, con Halifax y con Bermuda, y como tal debe mantenerse abierto. Si la capacidad de Jamaica no es suficiente para mantener el paso abierto por la fuerza, esta isla dependerá de la evasión —de los recursos furtivos— para mantener suministros esenciales, dado que si no puede hacer valer hasta ese punto su fortaleza en ese aspecto, no puede, por razón de su cercanía, sobrepasar el alcance de Cuba en ninguna dirección. El abandono de la mejor ruta en este caso significa el aislamiento, y si tal condición se prolonga, el resultado es sólo un problema.

   Por consiguiente, el resultado final puede ser expresado en esta forma: las ventajas de situación, fortaleza y recursos favorecen grandemente a Cuba. Para lograr que Jamaica esté en un grado de igualdad o superioridad se requiere una fuerza móvil capaz de mantener el Paso del Viento continuamente abierto, no por un momento ni por un período calculado, sino a través de la guerra. Dadas las presentes condiciones de tenencia política, en caso de que una guerra involucre sólo a los dos estados en discusión, tal cuestión no podría admitir duda; pero en cualquier guerra generalizada que involucre a varias potencias marítimas el problema sería menos cierto. En la guerra de 1778 la tenencia, no sólo del Paso del Viento sino de Jamaica misma, fue considerada como casi desesperada por mucha gente en Gran Bretaña; y es cierto que sólo una afortunada concurrencia de desaciertos y mala suerte por parte de sus enemigos salvó entonces a la isla. Es concebible que las casualidades que se dieron en una ocasión puedan darse de nuevo.